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viernes, 5 de octubre de 2012

El rehén feliz

Los leshii, en las leyendas eslavas, eran los guardianes del bosque, espíritus de los árboles que inspiraban respeto y miedo. Capaces de cambiar de forma, adquirían la apariencia de inofensivos ancianos, pero si se sentían amenazados, podían aumentar de tamaño, sembrando el terror a su alrededor.

Un día, una niña deambulaba por el bosque y desapareció. A pesar de los enormes esfuerzos de su familia por encontrarla, no lo consiguieron y al final tuvieron que darla por muerta.
Transcurrieron tres años hasta que un cazador fue a pa­rar al mismo lugar del bosque en el que la niña se había extra­viado y allí, sobre un tronco del camino, vio a una extraña figu­ra. Al ver sus brillantes ojos, cayó en la cuenta de que se trataba de un leslii, levantó el arma y disparó. Entonces observó cómo la misteriosa figura caía y se arrastraba en dirección a la maleza, así que el cazador la siguió.
Sus huellas lo condujeron a una cabaña situada en un claro, y en su interior encontró al leshii muerto, con una joven llorando junto a él. Cuando el cazador le preguntó quién era, ella lo miró desconcertada. Tras llevarla con él al pueblo, sus padres la reconocieron como la hija que habían perdido tiempo atrás.
Al principio, la chica no entendía nada de lo que le decían, ya que había borrado todo recuerdo del pasado. Sin embargo, con el tiempo, recuperó la memo­ria y, con ella, su entusiasmo por la compañía huma­na. Se casó con el cazador que la había encontrado y la pareja vivió feliz durante numerosos años.
Cuando se hicieron mayores, fueron a deambu­lar por el bosque en busca de la cabaña en la que había estado confinada durante tanto tiempo.
Pero, por más que buscaron, no lograron encon­trarla: se había esfumado como si nunca hubiese existido.

0.008. anonimo (eslavo),

El porqué del rápido fluir del dnieper


Hace mucho, mucho tiempo, los ríos Volga, Dvina y Dniéper eran unos pobres niños huérfanos que tenían que trabajar duro en los campos para poder alimentarse. Un día, Dniéper y sus hermanas Dvina y Volga decidieron transformarse en ríos para escapar de sus monótonas vidas.

Estuvieron deambulando durante tres años hasta que por fin encontraron una ciénaga que parecía un buen punto de partida para los tres grandes ríos, y se prepa­raron para dormir con la intención de empezar sus nuevas vidas al día siguiente. Sin embargo, Volga y Dvina deseaban adelantarse a su hermano y en cuanto escucharon sus ronquldos encontraron una suave pendiente y se alejaron con la corriente.
A la mañana siguiente, Dniéper no encontró ni rastro sus hermanas. Tras montar en cólera, decidió salir a buscar­las y corrió todo lo rápido que pudo. Pero entonces cayó en la cuenta de que las alcanzaría antes si avanzaba entre las riberas, ya que ningún hombre a pie podía dejar el río atrás con vida. Pisando el suelo con todas sus fuerzas, se convirtió en una corriente.
Su rabia le otorgó una podero­sa fuerza que le permitió abrir­se paso entre las riberas y descender las empinadas pendientes donde se forman los rápidos. Sus hermanas, al enterarse de que las estaba buscando, se separaron a toda prisa y se dirigieron al mar. Dniéper se relajó cuando se aproximaba a la ori­lla y fluyó con suavidad hacia las aguas del mar Negro.

0.008. anonimo (eslavo)

El granjero desagradecido

Aunque el domovoi se consideraba el más benevolente de los espíritus domésticos, su comportamiento no se podía predecir. Pasar por alto su influencia a la hora de favorecer la suerte de una familia era poco sensato, pero rechazarlo era una locura, como sugiere este relato.

En las afueras de la ciudad de Kupiansk, en la pro­vincia ucraniana de Kharkov, vivía un joven cam­pesino. Era trabajador e independiente, hasta el punto de la tozudez, y siempre tenía presente la ayuda recibida en la granja, las ventajas que sus ancestros le habían legado e, incluso, de su domovoi.
Muy pronto, comenzó a sentir que le faltaba espacio en la casa en la que su familia había vivido durante generaciones y se planteó mudarse a otra que había construido en las proxi­midades, pero ni se le pasó por la cabeza invitar a su domovoi a que se mudara con él. Sin pensar en el pasado ni en el futu­ro, demolió su antigua casa y cortó la madera para hacer leña.
Desde el inicio, la mudanza resultó un desastre: las co­sechas se marchitaban en los campos, el ganado enfermaba en los establos, y el propio granjero comenzó a sufrir achaques. Toda su fortuna se fue perdiendo poco a poco.
Un noche pasó junto al lugar de su antigua casa. Des­de el montón de cenizas que reposaban donde un día estu­vo la cocina, se oía una voz llorosa que se quejaba de cómo sus antiguos ocupantes habían abandonado a su abuelo. Asus­tado y, a la vez, extrañado, quedó conmovido por la mística voz, y se marchó pensando qué significado podría tener lo que la voz había dicho. Luego acudió a los ancianos del pue­blo para preguntarles de qué forma podría apaciguar a su antiguo domovoi.
Siguiendo sus consejos, una noche volvió a la pila de cenizas con una ofrenda de pan y sal y le rogó al domovoi que se fuera a vivir con él a su nueva casa. A partir de entonces, nunca volvió a mirar atrás. Su salud se recuperó, al igual que el estado de su granja. Una vez más, su casa prosperó gracias a la mano protectora del domovoi.

0.008. anonimo (eslavo)

El carpintero, perun y el demonio

La deidad más importantes del panteón de la Rusia precristiana era Perun, el dios del trueno y de la guerra. En este cuento popular de la era cristiana, se convierte en el compañero del demonio y de un humilde carpintero.

Los tres encontraron un lugar donde vivir en el bos­que, y el carpintero construyó una cabaña. Comen­zaron a cultivar hortalizas hasta que una noche apareció un ladrón que se llevó todos los nabos. A la siguiente noche, Perun espero la llegada del ladrón y, tras oír el chirrido de las ruedas de un carro, se adentró en la oscuridad, pero fue alcanzado por una fusta y cayó de rodillas. El diablo se burló y prometió vengarse, pero a la noche siguien­te él también fue golpeado por el misterioso bellaco.
La tercera noche, el carpintero esperó en el mismo lugar, sentado con un violín como única arma. A medianoche comenzó a tocar una melodía muy popular y apareció el ladrón, una anciana, que le pidió que le enseñara la melodía.
El carpintero le prometió a la hechicera que haría que sus dedos fueran lo suficiente­mente suaves como para tocar las notas. Tras conducirla a un árbol que había cortado con un ha­cha, colocó las manos de la bruja en la grieta y luego retiró la cuña de un golpe, de modo que le dejó los dedos atrapados. Una vez hecho esto, le hizo prometer a la bruja que no volvería a la cabaña y entonces se la llevó en su carro, que más tarde se quedaría para su uso personal.
Perun, el demonio y el carpintero decidieron sepa­rarse, pero, como los tres deseaban permanecer en la cabaña, acordaron celebrar una competición, en la que el ganador sería aquel que fuera capaz de asustar a los otros dos. En primer lugar actuó el demonio, que provocó un furioso viento. Perun huyó, pero el carpintero no se movió. La noche siguiente Peru desató un a ensordecedora tormenta y, en esta ocasión, el demonio se esfumó, pero el carpintero permaneció sentado tranquilamente.
Cuando le llegó el turno, el hombre se dirigió a la caba­ña en el carro de la bruja, burlándose del fracaso de los otros dos. El demonio y Perun huyeron y no volvieron nunca; así, el carpintero pudo disfrutar de una vida feliz en solitario.

0.008. anonimo (eslavo)

El campesino y los santos


Famoso por su bondad, san Nicolás fue la inspiración de la célebre figura de Santa Claus. En este cuento popular ruso, su clemencia contrasta con la rabia del profeta Elías, que, en la doble fe de la Rusia medieval, fue identificado con el dios pagano de la tormenta.

Había una vez un cam­pesino que sentía gran devoción por san Nicolás, pero en cambio no solía en­contrar tiempo para el profeta Elías. Con gran devoción, solía encender una vela ante el icono de san Nicolás el día de la festi­vidad del santo, pero cuando llego el día consagrado a Elías; se fue a sus nego­cios como hacía habitualmente, sin prestar atención a la festividad. Furioso ante la impertinencia del campesino, el profeta le prometió a san Nicolás que mandaría tormentas de granizo y rá­fagas como relámpagos para destruir las cosechas del campesino.
El santo se dirigió entonces al campesino y le advirtió que vendiera sus cosechas al sacerdote de la iglesia del pue­blo erigida en honor a Elías. El campesino hizo lo que le dijo y, en una semana, una tormenta de granizo destruyó los cultivos.
Elías alardeaba frente a san Nicolás de haberse vengado del irrespetuoso campesino, pero el santo le comentó que en realidad el perjuicio no había sido para aquél, sino para su propio sacerdo­te, quien hacía poco había adquirido las tierras de cultivo. Enton­ces Elías prometió devolver al campo su antigua gloria. Al oír esto, san Nicolás le dijo al campesino que volviera a comprar su campo de cultivo. El sacerdote, como era de esperar, aceptó vendérselo de buen grado.
El profeta envió luz del sol y suaves lluvias, y en el campo floreció una nueva cosecha de centeno. Pero cuando supo que le habían engaña­do, se enfureció y prometió que, por muchas maravillas que el campesino plantara en la era, no producirían ni un solo grano.
Entonces. el santo le dijo al cam­pesino que trillara las gravillas de una en una, de manera que al hacerlo pudo acumular una gran reserva de grano. Cuando Elías vio esto, se dio cuenta de que san Nicolás había estado ayu­dando al campesino, y esta vez se negó a contarle al santo cuál era su siguiente plan. Pero éste le dio al campesino un último consejo.
Al día siguiente, Elías y san Nicolás, disfrazados de pere­grinos, se encontraron con el campesino en un camino cercano a sus cultivos, portando una vela grande y otra pequeña. Cuan­do el santo le preguntó adonde iba, el hombre contestó que te­nía intenciones de encender una enorme vela frente al icono del profeta, por haberle concedido una cosecha tan maravillosa, mientras que la pequeña estaba destinada a san Nicolás. La ira de Elías por fin se vio aplacada y, apartir de ese día, el campesino rindió honores a ambos santos y vivió una vida feliz y tranquila.

0.008. anonimo (eslavo)

Dobrynya y el dragón


Dobrynya personificaba a simple vista todas las cualidades del héroe cristiano, y su combate con el temible dragón Gorynych a menudo se ha interpretado como una lucha en contra de la oscuridad pagana. Sin embargo, distaba mucho de ser el héroe perfecto.

Un caluroso día de verano, mientras Dobrynya se bañaba en las aguas del Puchai, los cielos se abrieron para arrojar a un enorme dragón con tres cabezas y siete garras de cobre. La bestia, de nombre Gorynynch, habló: había oído hablar mu­cho de Dobrynya y de que su destino era saltar a su pueblo dándole muerte a él, pero se proponía demostrar quién era realmente el héroe. Entonces, Dobrynya le contestó desafiante que primero debería salir victorioso antes de alardear y, tras agarrar el sombrero que había dejado en la orilla, lo llenó de arena y utilizó el ala a modo de cuchilla, con la que cortó una de las cabe­zas al dragón. Cuando se disponía a cortarle las otras dos, la bestia le rogó clemencia, prometiéndole que no volvería a causar ningún daño a Rusia ni a sus habitantes.
Era tal la honradez de Dobrynya que no dudó ni por un momento que Gorynynch no cumpliera su promesa. Sin embargo, unos días después, oyó que el dragón había secuestrado a Zabava Putatishna, la sobrina del príncipe Vladimlr de Kíev. Éste quedó horrorizado ante la benevolencia de Dobrynya con el dragón, y le ordeno que fuera a las montañas donde Gorynynch tenía su guarida: esta vez debía asesinar al dragón y regresar con la princesa Zabava.
Tras un prolongado y arduo v¡aje, el guerrero encontró por fin la morada de Gorynynch. El hombre y la bestia mantuvieron una lucha que duró tres días y tres noches y, finalmente, el primero dio muerte al dragón. Al instante, se dirigió a su guarida y encontró a la princesa Zahava junto a cuarenta cautivos que llevaban encadenados allí varias generaciones. Todos lo siguieron sin poder abrir los ojos por la intensa luz del sol y Dobrynya se convirtió en el gran héroe de Rusia.

 0.008. anonimo (eslavo)

Baba iaga y el joven valiente


A pesar del terror que infundía, Baba Iaga, la bruja que moraba en el bosque, no siempre derrotaba a sus adversarios. De hecho, en algunas historias se burlaban de ella con facilidad, como muestra este relato de un joven que vivía con un gato y un gorrión.

Un día, el gato y el pájaro se fueron al bosque en busca de madera, no sin antes advertir al joven que, si aparecía Baba Iaga, no debía decir nada. Al poco tiempo, llegó la bruja y hurgo por los cajones de la cocina. El joven se quedó en silencio hasta que vio cómo la misteriosa figura agarraba una de sus cucharas y rompió a llorar por el enfado. Baba Iaga se dio cuenta de su presencia y se lo llevó con ella. El joven entonces pidió ayuda al gato y al gorrión, quie­nes, después de numerosos picota­zos y mordiscos, lograron liberarlo.
Al día siguiente, volvieron a salir al bosque y dejaron al chico solo tras darle el mismo consejo. Pero, una vez más, gritó al ver cómo la bruja contaba las cucharas De nuevo lo secues­tró y el chico tuvo que ser liberado otra vez.
Sin embargo, al ocurrir lo mismo el tercer día, el joven no corrió igual suerte: mientras Baba Iaga se lo llevaba, de nada sirvieron sus gritos, ya que sus amigos estaban lejos y no pudie­ron oírlo. La anciana se lo llevo a su casa, donde le dijo a su hija mayor que lo asara mientras iba a hacer un recado. Cuando le pidió que se tumbara en el recipiente del horno, el joven fingió no entender lo que le decía.
-¿Cómo me tengo que po­ner? -preguntó.
Exasperada ante su estupi­dez, la mujer se metió en el reci­piente para mostrárselo ella misma.
Entonces, el joven la empujó dentro del horno y cerró la puerta: quedó asada y crujiente. Utilizó el mismo truco con la se­gunda hija de la bruja y, cuando la más joven tuvo igual destino, Baba Iaga supo que te­nía que haber hecho el trabajo ella misma.
Sin embargo, se tragó el engaño del jo­ven y también acabó asada en el horno.

0.008. anonimo (eslavo)