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martes, 9 de octubre de 2012

El condor de oro

El Derrotero de Valverde contiene instrucciones detalladas de cómo encontrar un gran tesoro inca oculto en las montañas de Ecuador. Pero, a pesar de las copias exactas del documento original, lo cierto es que nadie ha sido capaz de encontrarlo.

En el año 1584, el joven soldado Juan Valverde se enamoró de una joven nativa, y juntos huyeron a la aldea natal de la chica, situada a gran altura en los Andes. Allí vivieron juntos, hasta que llegó una patrulla española, tres años más tarde. Valverde estaba aterro­rizado ante la posibilidad de ser capturado y ejecutado como desertor, y decidió volver a España, junto a su esposa. Con el fin de ayudarles a sufragar los gastos del viaje, los más ancianos de la aldea le dijeron que el general inca Ruminahui había es­condido una reserva de oro en las montañas. Valverde volvió con numerosos tesoros, entre los que había un cóndor de oro con ojos de esmeraldas y alas extendidas de plata, pero el jefe de la aldea dijo que el cóndor debía permanecer oculto hasta que los europeos fueran expulsados de los Andes. Así pues, se volvió a colocar en su sitio, pero, incluso sin él, Valverde tenía oro suficiente para ser rico.
Cuando regresó a España cargado con docenas de lingo­tes de oro, Carlos V le ordeno que revelara la fuente de su ri­queza o sería confiscada. El Derrotero de Valverde revela que el gran cóndor de oro se encuentra en un lago artificial de las monta­ñas Llanganuti. El camino hacia el lago se describe de forma detallada, pero hasta la fecha nadie ha sido capaz de encontrarlo.

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El alimento de los dioses

De acuerdo con la leyenda, los indios de Tiahuanaco fueron los responsables del descubrimiento de la planta de coca, cuyas hojas han masticado los pobladores de los Andes durante siglos con objeto de aliviar el mal de altura.

Las hojas de coca se presentaban como ofrenda a los dioses y se uti­lizaban para adivinar el futuro. Se cree que la planta la des­cubrieron los indios de la gran ciudad de Tiahuanaco, situada en el extremo sur del lago Titicaca, en la llanura de Callao. Un día, los habitantes de esta ciudad viajaron más allá de las montañas y, cuando descubrieron valles fértiles, se esta­blecieron allí y quemaron la vegetación para disponer de tierras de cultivo. Pero el humo molestó a Khu­no, el dios de las nieves, quien prococó una tor­menta que obligó a los viajeros a buscar refugio en unas cuevas.
La tormenta destruyó todo cuanto tenían. Cuando uno de los hombres, movido por el ham­bre, probó las hojas de un arbusto de color verde que crecía por todos lados, se sintió con una energía renovada, por lo que compartió las ho­jas con los demás. Llenos de vigor, regresaron a Tiahuanaco, donde plantaron hojas de coca en abundancia.
Una historia cuenta cómo la planta de coca creció del cuerpo de una mujer que había sido asesinada por romper el corazón a un gran número de amantes. En otra, se hablaba de una madre que, tras perder a su hijo, empezó a vagar sin rumbo, pero al encontrase con una planta de coca descubrió que sus hojas podían aliviar su terrible dolor.

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Taipan, la serpiente hechicera

En la mitología australiana, a la serpiente se le confiere un significado simbólico. Su mordedura podía ser mortal, pero sus sinuosos movimientos sugerían el acelerado impulso de la vida en pleno episodio de la creación.

Entre los wik kalkan de la península del cabo York, en el norte de Queensland, se cuenta el relato de la serpiente divina Taipán. En su condición de maga poderosa, podía tanto sanar a los enfermos como asesinar a los sanos a su antojo. No sólo era capaz de controlar la vida y la muerte humanas, sino también los elementos, de manera que los relámpagos destellaban y los truenos retumba­ban bajo sus órdenes.
Como esposas tenía a las serpientes de agua Uka y Tuk­nampa, así como a la mortífera víbora Mantya. De todas estas uniones, sólo nació un hijo, al que Taipán adoraba más que a todas las cosas.
Un día que el joven salió a cazar río abajo, se encontró con la serpiente de agua Tintauwa, esposa del lagarto de lengua azul Wala, y de inmediato se enamoró de ella. La ser­piente lo sedujo y huyeron juntos hacia el monte.
Wala persiguió entonces al hijo de Taipán y lo asesinó. El mago que­dó desolado ante semejante pérdida y tras convocar a todos los miem­bros de su familia, los embadurnó con la sangre de su hijo antes de en­viarlos a residir en la Tierra, en cuyas profundidades pronto se uniría a ellos. Entre tanto, envió a sus dos hermanas al cielo y les dijo que añadieran la sangre roja de su sobrino al resto de los colores del arco iris, en el que aún se puede contemplar el color más intenso del espectro del arco de la vida, que simboliza la sangre regenerativa de la mens­truación.

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Prestigio masculino

Los hombres de Melanesia ostentaban un alto estatus social que reforzaban llevando unas bolsas que, en su opinión, sólo contenían mitos sobre su origen.

Este sistema casi masónico era común en toda Melanesia y tuvo como resultado la aparición de sociedades secretas que actuaban como pelda­ños para el asenso social, así como depositarias de la sabiduría popular.
Rodeados de misterio, sus procedimientos iban acompañados de ela­borados rituales con una orientación espiritual que, no obstante, a menudo traían consigo períodos de caos y de libertinaje.
En las islas Banks, el prestigio masculino giraba en torno a la Suque, una sociedad secreta que incluía varias jerarquías. Un iniciado podía ser propuesto por su tío (a cambio de un cerdo), quien más tarde celebraba un banquete para los miembros de la Suque. Cada ascenso en la jerarquía suponía el pago de altas sumas y la celebración de elaborados banquetes, hasta que el estatus del miembro quedaba claro para todos.
Esta práctica queda, reflejada en un mito protagonizado por un héroe lla­mado Ganviviris v su benefactor, el espíritu del mar Ro Som. Éste fomentó a su protegido de forma tan excesiva que en un único banquete pudo ascender dos grados en la jerarquía de la sociedad Suque. Gracias a su ayuda, Ganviviris conti­nuó ascendiendo mediante el regalo de fantásticos cerdos, cuyos colmillos for­maban círculos perfectos. Sin embargo, una vez que alcanzó el estatus más alto, dirigió su mirada a otros miembros de la sociedad, a los cuales Ro Som le había prohibido que se acercara. Se produjo el desastre: uno de los banquetes de Ganvivi­ris quedo interrumpido por la llegada de una mujer embadurnada de tierra roja y con colas de cerdo en el cabello. Los hombres contemplaron horrorizados cómo la aparición se dirigía al hogar de Ganviviris. Apenas franqueó la puerta, los hombres fueron tras ella, pero había desaparecido. Ganviviris, incapaz de mantener su esta­tus, fue expulsado de la sociedad Suque y murió cinco días más tarde.

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Los primeros tasmanios

El origen de los seres humanos no se aborda en la mayoría de las tradiciones aborígenes. De hecho, mantenían una relación tan estrecha con la naturaleza que podían considerarse un elemento más del paisaje. Uno de los relatos acerca de los orígenes del género humano procede de Tasmania.

Hace mucho tiempo, las dos estrellas más bri­llantes del firmamento eran Moinee y Dromer­deener. Rivalizaban por el dominio supremo del cielo, así que decidieron resolver la cuestión mediante una guerra después de un largo período de tensión y continuas discusiones. El resto de las estrellas observaron impo­tentes hasta que Momee fue finalmente derrotada y expulsada del reino celestial. Dromerdeener irrumpió en el ciclo siguien­do la estela de su victoria, mientras que su rival, sumida en la más profunda de las tristezas, caía a la Tierra y, más concreta­mente, en la costa del sur de Tasmania, en Sandy Bay donde aún se la puede ver con la forma de una gran roca. Sin embar­go, antes de morir, concedió un obsequio a su hogar terrenal al crear a los primeros tasmanios, que poblaron sus tierras vacías. Sin embargo, debido a las prisas, los dotó de colas como a los canguros y se negó a proporcionarles rodillas articuladas, de modo que tenían que pasarse la vida de pie, sufriendo lo indecible para tumbarse o agacharse. Pronto rogaron al cielo que se compadeciera de su difícil situación. Dromerdeener por fin oyó sus súplicas y a pesar de lo despiadada que era, se compadeció y, tras descender del cielo, les cortó las colas y embadurnó las heridas con hierbas curativas. Más tarde, en la mitad de cada pierna, añadió una rodilla, y a partir de entonces tuvieron libertad para aga­charse o tumbarse.

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Los hombres iguana

Las parejas de hermanos, tanto animales como humanas, desempeñan un papel muy importante en la mitología del Dreamtime. Kurukadi y Mumba, los hombres iguana, constituyen un buen ejemplo de la pareja mítica que con tanta frecuencia aparece en los relatos aborígenes australianos.

Existen varios mitos aborígenes cuyos pro­tagonistas son los hermanos Yuree y Wanjel, quienes acabaron ascendiendo al cielo nocturno como las estrellas geme­las conocidas en Occidente como Cástor y Pólux. Otras hablan de los perros legisladores de Melatji, dos perros salvajes que viajaron por el sur del conti­nente cavando abrevaderos y difundiendo por el cami­no el conocimiento de las leyes fundamentales de la naturaleza.
Es probable que la importancia de los hermanos en la mitología refleje en parte el hábito aborigen de utili­zar los términos «hermano» y «hermana» para referirse a la mayoría de los parientes cercanos de una misma genera­ción. Sin embargo, resaltaba también un dualismo recu­rrente en el pensamiento tradicional, Así, Kurukadi y Mumba no eran sólo hermanos, sino también identidades gemelas, en parte humanas y en parte lagartos. Según la le­yenda, viajaron al sureste desde la región de Kimberley dando nombre a las plantas y a las criaturas, y dando forma al paisaje de gran parte del desierto occidental. A medida que iban avanzan­do, iban arrojando sus bumeranes mágicos: mientras planeaban por las inmensidades, la tierra cobraba forma bajo su vuelo.
Se dice que el viaje de los hombres iguana no finalizó hasta que cruzaron todo el subcontinente, tras recorrer las tie­rras de numerosas personas. Como ocurre con tanta frecuen­cia en la cultura aborigen, cada tribu conoce su propia sección de songline («estela de sueños») sin saber la del resto de los clanes. Para el observador externo, se hace evidente, sin embar­go, que el mito de los hombres iguana constituye uno de los relatos que se extendieron por toda Australia, uniendo a sus diferentes pueblos de forma involuntaria.

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Las doncellas cisne

El relato de las doncellas cisne se extendió por toda Melanesia. El personaje principal, al que se le aparecían estos seres celestiales, podía ser uno de los héroes de las islas o, en ocasiones, como en el caso de este relato del pueblo efate de Vanuatu, un sencillo humano.

Existía una raza divina de mujeres que visitaban la Tierra disfrazadas de cis­nes. Descendían por la noche, cuando no había marcas, y se deshacían de sus alas para ir a pescar. Al amanecer, cuando la marea volvía, recogían las alas y alzaban el vuelo de vuelta a casa. Sin embargo, una noche, un hom­bre las vio trabajar, robó un par de alas y las enterró bajo su casa. Con la llegada del alba, las doncellas cisne volaron de vuelta a casa, con la excepción de una hermosa mujer que no pudo encontrar sus alas. El hombre la atrapó y la con-virtió en su esposa. Tuvieron dos hijos. ambos varones, cuyos nombres fueron Tafaki y Karisi Bum.
Sin embargo. llego el momento en el que el hombre se cansó de su esposa y comenzó a golpearía. La mujer lloró amargamente e hizo que sus lágrimas abrieran el suelo de tierra de la casa. Cuanto más lloraba, más se abría el suelo, hasta que un día vio las alas que su marido había escondido bajo tierra. Se las colocó inmediatamente y ascendió volando al cielo, no sin antes decir a sus hijos que intentaran encontrarla.
Con el tiempo, los chicos se convirtieron en unos hombres ricos e inteligentes, y tal era su poder que treparon por una palmera armados con porras con la intención de someter a los vientos. Aunque no lo lograron, consiguieron hacer que el siento del suroeste pasara al olvido.
Un día que estaban cazando, arrojaron una flecha a un ave que volaba alto en el cielo. Pero la flecha no alcanzó su objetivo, sino que impactó contra una higuera celes­tial de Bengala. Continuaron arrojando flechas, que fueron uniéndose hasta formal una cadena que unió el cielo y la Tierra. Tras trepar por ella, se encontraron no con su madre cisne, sino con su abuela ciega, que cuidaba de los ñames. Tras curar su ceguera, descendieron por la cadena de flechas con una cesta que contenía, como muestra de agradecimiento, cerdos, aves, ñames y todo tipo de plantas que pudieran servir de uti­lidad al género humano.

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