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domingo, 7 de octubre de 2012

Yuki-onna, la doncella de las nieves

Tras retirar la capa de nieve, los miembros de la partida de rescate por fin dieron con el viajero perdido, en cuyo rostro podía verse una sonrisa. Lejos de tener el aspecto de alguien enterrado en una tumba helada, parecía haber pasado una noche de pasión entre los brazos de una hermosa dama.

Sin la agonía de la congelación, y aplacados sus arrebatos de miedo, un senti­miento de serenidad invadió a la víctima de hipotermia, preparándola para la más seductora de las muertes. Esta actitud de aceptación del destino final se personificó en la figura de Yuki-onna, la Doncella de las Nieves. que atraia a hombres desventurados. Con un horrendo rostro de color blanco fantasmagórico, tenía un cuerpo tan hermoso, y sus caricias eran tan dulces, que ningún hombre po­día resistirse a sus insinuaciones.
Un joven se encontró causalmente con Yuki-onna mientras viajaba por las montañas con un compañero de mayor edad. Tras encontrar refugio durante una ventisca en una cabaña remota, el joven se despertó por la luz de una estrella y vio que se aproximaba una hermosa mujer a su cabaña. Al llegar, la misteriosa figura se inclinó por encima del compañero de mayor edad y echó su aliento sobre el rostro del hom­bre. Luego le dijo al joven que le perdonaría la vida con la condición de que jurara no contar nunca su visita a un alma viva.
A la mañana siguiente se encontró solo: la mujer se había marchado y su com­pañero estaba muerto. Presa del terror, continuo su camino sin contar a nadie lo que había ocurrido. Años más tarde, se enamoró de una joven llamada Yuki, con la que se casó, tuvo hijos vivió feliz. Una noche, mientras veía el pálido rostro de su esposa por el reflejo de la luz de la tarde, se acordó de aquella noche en las montañas, muchos años antes. Ensimismado en sus recuerdos, le contó a su joven esposa la extraña histo­ria. De repente, su apariencia se transformó y allí mismo apareció la Doncella de las Nieves, con una expresión de furia en su blanco rostro.
-¿No habías prometido guardar el secreto? -preguntó ella. Si esta vez vuelvo a perdonarte la vida -prosiguió-, es sólo por el amor a tus hijos.
Y, tras la adcertencia, se fundió en la noche ti, la familia no volvió a verla más.

0.040. anonimo (japon)

Una hazaña innoble

Los mitos acerca de héroes que narran las poderosas hazañas de príncipes y guerreros constituían una parte esencial del legado mitológico japonés. Sin embargo, las tácticas empleadas por algunos de sus protagonistas, aunque efectivas, distan mucho del concepto moderno de coraje y nobleza.

Un héroe particularmente dado a los subterfugios era Yamato-takeru, un príncipe legendario de quien se decía que era hijo del duodécimo emperador de Japón. De acuerdo con las crónicas históricas, se con­virtió en un joven caliente a la par que pendenciero, deseoso siem­pre de buscar pelea. Después de matar a su hermano mayor en una de sus riñas, su padre se hartó. Temeroso de los líos que el problemático joven podía causar, lo en­vió a la isla sureña de Kyushu con la misión de someter a los forajidos que poblaban la región.
Desde el principio, Yamato utilizó su astucia para lograr sus objetivos. Para seguir el rastro de dos hermanos forajidos, se vistió como una joven y hermosa mujer con la finalidad de entrar en su campamento, donde la invitaron a quedarse para servir arroz y vino durante una fiesta. Cuando los dos estaban ebrios e indefensos, saco un cuchillo y los apuñaló.
Los métodos que utilizó para derrotar a Izumo-takeru, el jefe de los forajidos, fueron incluso más arteros. Inicialmente, Yamato se las arregló para acercarse a su objetivo proclamando una eterna amistad y, una vez ganada su confianza, construyó en secreto una espada de madera y la transportó en su propia vaina en lugar de la hoja habitual de acero endurecido.
Una calurosa tarde en la que el sol ardía de manera implacable. Izumo-takeru sugirió darse un baño en un río cercano, momento que el príncipe tanto había espe­rado. Cuando Izumo se sumergió confiado en el agua, Yamato, que se había detenido en la ribera, cambió su espada por la de su víctima. Una vez acabado el chapuzón, el príncipe sugirió un concurso de esgrima por mera diversión. Izumo ni siquiera tuvo tiempo de desenfundar su espada de madera cuando su supuesto amigo ya lo había cortado en pedacitos.

0.040. anonimo (japon)

Una cosecha maravillosa y copiosa

Amaterasu, la gran diosa del sol, envió a su hermano Tsuki-yomi, el dios de la luna, para que cortejara a la diosa de los alimentos, Ogetsu-no-hime. Su encuentro divino desencadenó violencia, pero tuvo un resultado productivo.

Ogetsu-no-hime vivía en la planicie de juncos central, donde un día se establecieron los mor­tales, y Tsuki-yomi descendió del cielo para vi­sitarla. Al ver que se aproximaba un visitante tan augusto, la diosa produjo alimentos para darle la bienveni­da y agasajarlo.
Cuando dirigió su mirada hacia la tierra surgió el arroz, mientras que al mirar hacia las aguas del océano dio forma a los numerosos peces y a otras criaturas marinas. Entonces dirigió su mirada a las imponentes montañas cu­biertas de nieve y las numerosas criaturas terrestres, de piel suave o cubiertas de duros pelajes, surgieron de sus orificios corporales.
A Tsuki-yomi le indignó que le ofreciera alimento de su propio cuerpo, por lo que blandió su espada con ira y, con un solo golpe de la hoja, abatió a la diosa y volvió al murmu­llo celestial, que aplacó completamente su ira. Sin embar­go, la gran Amaterasu no quedo satisfecha al escuchar su aventura y, desde ese día, se hizo muy extraño ver juntos al Sol y a la Luna.
Amaterasu envió entonces a otra deidad celestial, Amekumabito («cielo-oso-hombre»), para que visitara a la diosa de los alimentos; se cree que pudo representarse mediante una nube, dado que, en la tradición japonesa, ésta era a menudo una mensajera divina. Al llegar, descubrió que la diosa de los alimentos estaba muerta, pero de su cuerpo emergió una maravillosa y abundante cosecha: en su frente creció mijo; en su estómago, arroz; en sus genitales, trigo y legumbres; en sus cejas aparecieron gusanos de seda, mientras que alrededor de cabeza nacieron los antepasados del buey y el caballo.

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Un nacimiento abrasador

El nieto de Amaterasu, Honinigi, se enamoró de la princesa Konohana desde el momento en que la vio caminando junto al mar, y le pidió que se casara con él minutos más tarde. La noche de bodas consumaron el matrimonio con gran júbilo bajo la tenue luz de la luna.

En sólo unas horas, la princesa quedó encinta, lo que provocó en Honinigi no pocas dudas, Ya que creía que el hijo no podía ser suyo. El asunto no dejaba de atormentar su mente y, con el tiempo, se lo echó en cara. Konohana, furiosa por el hecho de que su marido hu­biese dudado de su fidelidad, se fue muy ofendida en silencio, pensando en la forma de demostrar su inocencia.
Junto a la playa donde se habían encontrado por prime­ra vez, construyó una cabaña de paja y afirmó en voz alta que demostraría que sus hijos eran de Honinigi: cuando llegara el momento de dar a luz, entraría en la cabaña y le prendería fuego; si los bebés salían ilesos, se demostraría que disfrutaban de protección divina de la abuela de Honinigi, Amaterasu, la diosa del sol.
Konohana cumplió su promesa y, cuando estaba a pun­to de parir, se encerró en la cabaña. Entonces, de forma ce­remoniosa, prendió fuego a las paredes de paja de la diminuta morada. Las llamas no tardaron en devastar el lugar y los allí presentes dieron por muerta a la princesa.
Pero ésta parió tres niños sanos: el primero, Honoaka­ri, nació cuando se prendió fuego a la cabaña; el segundo, Ho­nosusori («brillo de fuego»), vino al mundo cuando las llamas ardían con mayor intensidad, y el tercero, Hono-ori-hikoho­ho, o Hiku-hoho («sombra de fuego»), llego cuando Konohana emergía del corazón de las llamas.
Ninguno de los bebés ni su madre sufrieron daño al­guno. La prin-cesa cortó los cordones umbilicales con un cuchi­llo de bambú y amamantó a los recién nacidos. Una vez de mostrada la inocencia de su esposa, Honinigi se alegro de poder hacer las paces después de haber dudado de ella, y la cuidó con gran cariño durante su convalecencia.

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Los fantasmas de los taira

En el siglo XII, los clanes Taira y Minamoto libraron una guerra en la que los segundos se impusieron, gesta que dio lugar a numerosas leyendas. Son abundantes los relatos en los que los espectros de los guerreros Taira aparecen rondando por los campos de batalla en los que fueron derrotados.

Se decía que extrañas luces acallaban la noche y par­padeaban en las aguas del estrecho de Shimonoseki, donde los Taira fueron finalmente aplastados en la batalla de Dannoura. Algunos cangrejos frecuentan estas orillas: son los espíritus de los Taira fallecidos, que se resis­ten incluso ahora, a abandonar el campo de batalla.
Un intérprete de laúd o biwa, de nombre Hoichi, era célebre por sus melodías en que relataba la historia de los Taira. Vivía en el templo de la familia, situado junto al estrecho. Una noche, un samurái armado apareció ante él y lo invitó para que acudiera a tocar en un banquete de dignatarios que desea­ban escuchar los avatares de tan mítica batalla. El guerrero lo condujo a una enorme sala, donde un agradecido público en el que había numerosos samuráis y elegantes damas ataviadas a la antigua se deleitó con su recital. A partir de entonces, fue convocado una y otra vez para volver a actuar, hasta que una noche de tormenta un monje echó de menos a Hoichi en su habitación y, temiendo por su seguridad, comenzó a buscar­lo por todo el templo. Por fin lo encontró sentado sobre un monumento de piedra del cementerio, en medio del intenso frío, tocando su biwa y declamando sus poemas ante un públi­co compuesto por las tumbas de los Taira. Cuando el monje intentó convencerlo de que entrara, Hoichi reaccionó con fu­ria: ¿cómo se atrevía a interrumpirlo frente a una compañía tan distinguida?

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Los cuentos de izumo

Un ciclo de mitos ambientados en la región japonesa de Izumo comienza con el descenso de Susano de los cielos y continúa con las hazañas de su descendiente Okuninushi. De acuerdo con la tradición de Izumo, fue Okuninushi, y no Izanagi ni Izanami, quien creó las islas de Japón.

Desde el cabo Mipo en Izumo, Okuninushi vio aun diminuto dios a la deriva en una embarca­ción construida con la vaina de la planta del kagami. Al llamar al recién llegado para pre­guntarle su nombre, no obtuvo respuesta. Finalmente des­cubrió que el dios enano se llamaba Sukulabiko y que él y Okuninushi estaban destinados a dar forma a las islas de la tie­rra central de la planicie de juncos.
Una vez que los dos dioses llevaron a cabo su honorable misión, Sukunabiko viajó a bordo de su diminuta nave a Toko­yo-no-kuni, la lejana tierra de la eternidad, situada más allá de los océanos.
Cuando Okuninushi, con profunda pena, exigió saber cómo podría él solo mantener el orden en la Tierra, apareció de los océanos una misteriosa deidad que brillaba con luz celes­tial y que se ofreció a ayudarlo a gobernar Japón. Declaró que se mantendría siempre a su lado con la condición de que, a cambio, fundara un santuario para adorar al dios en la cumbre sagrada de Mimoro.
Un soberano posterior de Izumo fue Omitsunu («señor de la playa y el campo»), un nieto de Susano, que aumentó el territorio de Izumo de una forma muy original.
Preocupado por el hecho de que la región fuera tan pe­queña, vio a través de las aguas que había una tierra abandona­da en las orillas de Corea. Se hizo con una cuerda, ató uno de los extremos a la tierra coreana y el otro a una montaña de Izu­mo, el monte Sahime, y ordenó a sus súbditos que tiraran de ella para salvar sus vidas. Una gran masa de tierra se desprendió y se unió a Izumo. Más tarde, repitió el mismo truco y tiró de las islas del mar del Japón hasta llevarlas a Izumo. Los restos de la última cuerda dieron lugar a la playa de Yomi.

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La venganza de los tengu

Los espíritus pájaro conocidos como tengus son unos de los seres sobrenaturales más populares que pueblan el imaginario colectivo japonés. Guardianes de las montañas y de los lugares salvajes, eran revoltosos, pero su imprevisible temperamento en ocasiones podía resultar letal.

En la actualidad, los tengus se han convertido en personajes cómicos, tras cambiar sus originales picos por histriónicas narices alargadas. Pero, inclu­so hoy en día, sus trucos parecen primitivos a la par que funcionales al re­cordar en ocasiones los extraños fenómenos (luces y ruidos poco comu­nes, roturas sin explicación) que se asocian a los espíritus burlones occidentales. Sin embargo, en su forma original, no estaban demasiado interesados en arrebatar la vida de los que maltrataban las tierras que guardaban.
Cualquier diversión a su costa debía pagarse cara. En una ocasión, un luchador llamado Tobikawa, muy dado a las bromas pesadas, decidió burlarse de las supersticio­nes de sus vecinos rurales y, vestido con una capa de plumas cual tengu, trepó por un pino y, se sentó en cuclillas sobre una rama, riéndose mientras los sobrecogidos campe­sinos le hacían reverencias y colocaban pequeñas ofrendas a los pies del árbol. Pero al espíritu de la montaña no le divertía aquella escena, y las risas de Tobikawa se torna­ron en gritos de terror cuando una repentina ráfaga de viento le hizo perder el equili­brio y se precipitó al vacío.
Otro individuo que se paso de listo intentó aprovecharse de un tengu. Tras cor­tar un pedazo de bambú, se dirigió a un bosque cercano, donde se sentó en un claro y se lo colocó en el ojo, dando un grito de asombro mientras lo hacía. Su extraño com­portamiento pronto llamó la atención de un tengu local, quien acudió a preguntarle qué estaba haciendo. El joven insistió en que el palo era un catalejo mágico con el que se podían ver lugares a gran distancia. Movido por la curiosidad, el tengu le ofreció un manto de paja que tenía el poder de hacer invisible al que lo llevara puesto a cambio de la ramita. Tras aceptar la oferta, el bromista se marchó corriendo con gran satisfac­ción, pero no pudo llegar muy lejos: el furioso espíritu lo atrapó a toda prisa y lo su­mergió en un río helado, del que le costó salir con vida.

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La esposa que regreso

Una joven pareja (O-Tei era el nombre de la mujer) se prometió en matrimonio. El mayor deseo de ambos era estar juntos. Pero, como suele ocurrir con frecuencia, el curso de aquel amor verdadero se vio sumido en la desgracia, en este caso por el alarmante empeoramiento de la salud de O-Tei.

Antes de que el enlace matrimonial tuviese lugar, su salud era crítica, pues sufría tisis, y era evidente que no viviría durante mucho más tiempo.
Convocó a su amado y le dijo que debía marcharse, pero que volvería con un cuerpo más fuerte sólo si la esperaba durante un tiempo. Él le dio su palabra y, cuando a la mañana siguiente su esposa murió, recogió la promesa por escri­to y enterró la nota junto a su amada.
Transcurridos unos años de luto, el recuerdo de O-Tei había comenzado a desvanecerse y los padres del joven insistían en que ya había pasado el tiempo su­ficiente como para que se olvidara de su amada, ya que actuando de esa manera estaba malgastando su vida.
Así que, cuando encontraron una posible esposa, hizo todos los pre-parativos y se casó con ella. El matrimonio vivió feliz y tuvo un hijo, aunque la familia es­taba destinada a no prosperar. En primer lugar, murieron los padres del joven y, al poco tiempo, su esposa y su hijo le fueron arrebatados. Tras recuperarse de esta cuá­druple pérdida, decidió marcharse muy lejos.
Transcurrido un tiempo, llegó a una aldea remota de una provincia lejana a la que nunca había tenido intenciones de ir. Cuando vio a una joven que aguardaba sentada en una mesa de la posada pensó que su aspecto le era familiar. Aunque no la había visto antes, le recordaba a la mujer que había amado hacía años.
Cuando le preguntó quién era, ella le contestó que era O-Tei. Le dijo que la carta que había dejado en la tumba le había reconfortado el espíritu y que había vuelto a estar con él, tal como había prometido. Su amor se reavivó y disfrutaron de un matrimonio duradero y feliz, aunque O-Tei olvidó cualquier recuerdo de una vida anterior.

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Iluminacion celestial

Las primeras fuentes proporcionan tres relatos diferentes acerca del nacimiento de la diosa del sol Amaterasu, y del dios de la luna, Tsuki-yomi. Todos atribuyen su creación al dios Izanagi, quien, junto a su hermana y esposa

Un relato narra cómo Izanami dio a luz a los dioses de una forma muy similar a la utilizada para en­gendrar las ocho islas principales del archipiéla­go japonés. Sin embargo, según otros dos relatos, Izanagi fue el único responsable de la creación del Sol y de la Luna.
Una versión, que aparece recogida en el Kojiki, narra cómo Izanami, tras haber engendrado las ocho islas, murió al dar a luz al dios del fuego Kagutsuchi. El consternado Izana­gi la siguió hasta la tierra de Yomi, el mundo de los muertos en la traición japonesa, pero, al poco tiempo, tuvo que huir al mundo superior a consecuencia de los horrores que allí pre­senció. Amaterasu y Tsuki-yomi, junto con su hermano Su­sano, nacieron del agua que había utilizado para limpiarse las impurezas a su regreso. De acuerdo con un tercer relato, Iza­nagi se encontraba solo en Onogoro, la isla japonesa original, y manifestó su intención de crear una prole que gobernara el mundo. Para ello, tomó un espejo de cobre blanco con la mano izquierda y, sólo con mirarse en él, creó a una deidad llamada Oho-hirume «la gran mujer del mediodía», una denominación alternativa para Amaterasu). Luego levantó un espejo idéntico con la mano derecha y con su mirada dio forma a Tsuki-yomi. Por último, miró a los lados del espejo creó a Susano.
Las primeras dos divinidades proyectaban a su alrededor un intenso brillo, por lo que Izanagi las colocó en el firmamento de manera que iluminaran la Tierra: Tsuki-yomi brillaría con una luminiscencia más pálida por la noche, mientras que los in­tensos rayos de Ohohirume iluminarían el día. Sin embargo, la tercera deidad, Susano, pronto demostró ser muy problemática, por lo que Izanagi la desterró para que gobernara el Yomi, la mo­rada de nauseabundos demonios y hechiceras.

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El viejecito que hacia florecer los árboles secos

En cierto lugar, cuyo nombre no hace al caso, vivía un anciano matrimonio que tenía puestos sus amores en un perrito.
Un día, cavando el ancianito en un sitio donde el perro había escarbado, se vió deliciosamente sorprendido al encontrar bajo tierra una regular cantidad de monedas de oro.
Es de saber que en la casa inmediata vivía otro matrimonio de ancianos; y éstos, que tenían muy mal corazón, verdes de envidia al saber la buena fortuna de sus bondadosos vecinos, pidieron que le les prestaran el perrito. Cuando lo obtuvieron, lo cual fue cosa fácil, lo llevaron por un camino, anda que te andarás; pero el animalito no escarbaba; hasta que ellos, impacientes, le obligaron á hacerlo.
Cayo el mal viejo en aquel sitio, y en lugar de oro lo que encontró fue, ya lo supondréis, un depósito inmundo de basura.
Furiosos por lo que juzgaron burla, no siendo sino justo castigo á su avaricia, los viejos mataron al perro y lo enterraron al pie de un pino joven que había junto al camino.
El pino, ¡oh prodigio! Creció de pronto desmesuradamente; y el buen viejecito lo cortó é hizo un mortero de su madera. Y cuando se muso á majar cebada en aquel mortero, el grano empezó a fluir del fondo, rebosando sin cesar, siempre, siempre, siempre…
De nuevo el vecino malo sintió envidia y pidió prestado el maravillosos mortero para majar en él su cebada; pero apenas trató de hacerlo, vió que su grano quedaba vano y carcomido.
Entonces su ira no tuvo límites, cogió un hacha y haciendo leña del mortero, la empleó en su horno.
El bondadoso y paciento viejecito recogió un poco de ceniza en que se había convertido su mortero, y arrojándola en las ramas de los árboles secos, conseguía que éstos floreciesen por encanto, aún en lo más crudo del invierno.
Aquella virtud obtuvo debida y generosa recompensa; el príncipe que regía el país premió con oro, plata y piezas de seda al anciano, á quien todos llamaban “el viejecito que hace florecer los árboles secos”
De nuevo el vecino malo sintió envidia, y quiso emular la maravillosa virtud del buen viejecito. Pero cuando arrojó un puñado de ceniza á las ramas de un árbol seco, no sólo éste no floreció, sino que algunas cenizas fueron volando y se metieron en los ojos del príncipe.
Los cortesanos, ardiendo en indignación, gritaban: "¡Qué insolencia es ésta!”; y cogiendo por su cuenta al viejo, no hubo mano que no le midiera las espaldas. Sangrando, y con la cabeza llena de chichones, por milagro pudo el triste criminal escapar vivo. Cuando su mujer le vió volver á lo lejos, se dijo con satisfacción: "Por lo que veo, el príncipe ha recompensado también á mi marido, puesto que viene vestido de púrpura."
Mas el júbilo le duró bien poco; al acercarse el desdichado y examinarlo más atentamente, vio que lo que ella había tomado por púrpura era la sangre que empapaba las ropas del viejo. Este, víctima de su avaricia, cayó en cama para no levantarse más.

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El heroe en miniatura

Cuenta la leyenda que una pareja sin hijos estaba tan desesperada por tener descendencia que rogó a los dioses que los bendijera con un vástago, aunque su tamaño no superara la punta del dedo meñique de un adulto. Los dioses respondieron concediendo a la pareja a Issun Boshi.

Los padres de Issun Boshi estaban encantados a pesar de su diminuto tamaño, y lo criaron con gran cariño hasta que, a la edad de quince años, anunció su deseo de salir al mundo para llevar a cabo hazañas heroicas. Utilizó un cuenco de arroz y un par de palillos a modo de barco y remos para desplazarse a través de la co­rriente, y una aguja y un palo hueco hicieron las veces de es­pada y funda.
Tras llegar a Kyoto, por aquel entonces la capital del rei­no, comenzó a trabajar para una familia noble. Un día tuvo que acompañar a la hija de los nobles al santuario de la diosa Kannon.
Cuando dos espíritus malignos los atacaron, Issun Boshi comenzó a brincar con furia para entretenerlos. Al verlo, un demonio descendió con desdén, lo inmovilizó y se lo tragó en­tero. Pero al atacarlo con su espada, el diminuto guardaespal­das provocó en el demonio un dolor interno tan insoportable que consiguió que lo escupiera antes de que su agonía fuera todavía mayor. Issun Boshi entonces saltó directo a uno de los ojos del otro demonio, donde una vez más clavó su espada.
Los dos demonios no tardaron en huir del escenario de la emboscada. Mientras Issun Boshi aceptaba el agradecimien­to de su señora, vieron una maza mágica que los espíritus ma­lignos habían dejado atrás durante su huida. En realidad, era la maza de la suerte: si se golpeaba el suelo con ella, concedía un deseo. La damisela a quien Boshi protegía la tiró contra el suelo con el deseo de que su guardaespaldas adquiriera un tamaño normal, e, inmediatamente, el valiente Issun Boshi adquirió el tamaño de un samurái corriente. Se casaron y vivieron felices, e Issun Boshi se convirtió en todo un héroe.

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El gran castaño de kurita

Un conjunto de relatos ilustran el papel esencial que desempeñaba la flora en la mitología japonesa. Según dicha tradición, estaba provista de un alma que vivía y sentía, al igual que ocurría con los animales y los seres humanos. Se decía, incluso, que habían existido vínculos de amor y respeto entre las diferentes plantas.

Si bien muchos mitos están relacionados con especies concretas, algunas pa­recen demasiado extravagantes como para haber existido, por lo que cabe imaginar que el valor de estos relatos es simbólico. El relato del roble de Tsukushi, por ejemplo, que era tan alto que proyectaba su sombra a lo largo de cientos de kilómetros, comienza a tener sentido sólo al final, cuando el árbol cae y mide su longitud sobre el suelo. Siempre que una cadena de montañas era lo bastan­te ancha como para que cientos de personas pudieran caminar por ella juntas, su his­toria parecía haberse ideado para explicar la existencia de un rico filón de carbón.
El objetivo de otro árbol gigante, el gran castaño de Kurita, situado en la región de Omi, fue dar una lección de moralidad. Era tan alto que su sombra oscurecía los campos de arroz de numerosos distritos, por lo que, al final, el gobernador de la pro­vincia ordenó que lo talaran.
Sin embargo, por más fuerza que empleaban, sus hombres no lograban echarlo abajo, ya que todos los cortes que hacían en el tronco durante el día aparecían repara­dos de forma misteriosa a la mañana siguiente, lo que los obligaba a volver a empezar desde cero.
El resto de las plantas de la religión honraban al árbol como a su rey y le presta­ban su propio bálsamo cada noche para sanarlo, y, mediante esta solidaridad ecológica ganaban la batalla. Sin embargo, un exceso de orgullo supuso la perdición del árbol: cuando, una noche, la hiedra le ofreció su bálsamo para sanar las heridas, el castaño rechazó con altanería la ayuda de una trepadora tan humilde. Profundamente ofendi­da, la hiedra decidió vengarse y, en un sueño, se apareció a los leñadores, les contó el motivo por el que no lograban cortar el roble y, por si fuera poco, les enseñó a evitar que surtiera efecto la savia curativa de otras plantas. Así, en pocos días, el poderoso castaño casó con gran estrépito.

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El craneo y la mujer araña

Existen algunos relatos en los que el gran héroe Yorimitsu se enfrentaba con coraje y astucia a monstruos diabólicos. Este ejemplo del cronista Kenko Hoshi es uno de los más siniestros e inquietantes de la mitología japonesa.

Según el relato de Kenko Hoshi, Yorimitsu se encontra­ba cabalgando junto a Tsuna, su compañero de mayor confianza, cuando ambos quedaron perplejos al ver un cráneo enfrente de ellos, flotando en el aire. Tras seguirlo por la meseta durante una distancia considerable, todavía quedaron más impre-sionados al ver cómo desaparecía a través de la puerta abierta de una mansión en ruinas, de la que ninguno de los dos ni siquiera había oído hablar. En su interior, se encontra­ba una marchita y vieja bruja de cabello cano, cuyos párpados caían hacia atrás sobre su cabeza a modo de sombrero y cuyos pe­chos le colgaban por debajo de las rodillas: era, sin duda, la viva imagen de la horrible decrepitud. Tenía doscientos años, les dijo, y era la guardiana de una mansión plagada de demonios, pero mientras los hombres la escuchaban con atención, no pudieron oír las pisadas fantasmagóricas de un grupo de espíritus diabólicos.
Yorimitsu intentó desenfundar su espada para defender­se, pero se quedó helado de repente ante la visión que tenía delan­te: donde antes había una horrible bruja, ahora se encontraba la más hermosa de las damiselas. Durante unos segundos que se hi­cieron eternos, permaneció sin habla antes de darse cuenta de que la tentadora mujer lo estaba envolviendo con una pegajosa tel­araña. Yorimitsu la apuñaló con su espada, pero la misteriosa figura desapareció sin dejar rastro. Con la ayuda de Tsuna, busca­ron por el edificio en ruinas hasta que encontraron una araña gi­gante en un rincón del desván que yacía enferma y herida, con una punta de espada quebrada incrustada en el cuerpo. Tras ob­servar su propia espada, Yorimitsu comprobó que le faltaba la punta: aquel horrendo monstruo era la damisela que había esta­do a punto de atraparlo con su red de encanto. Tras sacarla a ras­tras de su guarida, los héroes la mataron y le abrieron el tórax, donde encontraron los restos de miles de víctimas humanas.

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