Translate

Mostrando entradas con la etiqueta 0.081.4 anonimo (sudamerica). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 0.081.4 anonimo (sudamerica). Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de marzo de 2013

Un bestiario siniestro

Los araucanos eran fieros guerreros y su colorida mitología resulta igual de intimidatoria. Abundan las historias sobre grotescas criaturas híbridas y monstruos que se alimentaban de almas inocentes.

Al vivir en una región cercana al mar, los araucanos contaban con numerosas historias cuyos protagonistas eran ani­males acuáticos, tanto reales como imaginarios. El camahueto era un enorme caballito de mar que podía provocar naufragios, mientras que al cuero, un pulpo con garras, le gustaba darse un festín con los animales o humanos lo bastante imprudentes como para sumergirse en el agua. En ocasiones, salía a la ori­lla para disfrutar del calor del sol y luego provocaba tor­mentas para que el viento lo llevara de nuevo al mar.
El neguruvilu, o guirivilo, era un cruce de zorro y ser­piente que abandonaba su guarida en el lecho del río para atrapar a sus presas y alimentarse de su sangre. Lue­go estaba el huallepen, una oveja con cabeza de ternero que vivía en las corrientes; si se le aparecía a una mujer encinta, ésta en­gendraba un hijo deforme. El colocolo era una pequeña criatura con saliva venenosa que vivía en cavernas subterráneas y el alicanto era un pájaro que se alimentaba de oro, lo que explicaba que brillara con gran intensidad; si se le apresaba, ocultaba su luz de modo que quien lo había cazado pereciera desorientado en medio de la montaña.
Quizá el más terrorífico era el horrible chon-chon. Esta temible criatura era una cabeza humana despojada del resto del cuerpo que uti­lizaba las orejas a modo de alas y acudía por la noche a las casas donde había enfermos. Una vez dentro, luchaba con sus almas y, si lograba derrotarlas, les chupaba la sangre.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Pachacuti y la joven de ica

Pachacuti fue el soberano inca de mayor relevancia y el principal artífice del imperio andino. Este cuento popular, que conmemora el amor que sentía por su pueblo, narra cómo hizo gala de su generosidad a una de sus súbditas, incluso después de que ésta hubiera rechazado sus proposiciones amorosas.

Cuando era un joven príncipe, Pachacuti no era el heredero directo del trono, sino que subió al poder cuando un ejército de la vecina Chanca atacó la capital inca, Cuzco. Cuando el heredero legítimo huyó, Pachacuti lideró la resistencia y derrotó a los invasores con gran superioridad, y a partir de ese momento, nunca re­nunció al poder.
Aunque para levantar el imperio tuvo que derra­mar mucha sangre, lo cierto es que se ganó también una sólida reputación como gobernante humanitario. Cuenta una historia cómo, mientras viajaba por la provincia de Ica, que­dó impresionado ante la belleza de una chica que trabajaba en los campos. Los cortesanos corrieron hacia ella para comunicarle que había tenido el honor de ganarse el favor del soberano, pero, a pesar de todos los obsequios de valor que le ofrecieron, la joven rechazó las proposi­ciones del soberano, alegando que estaba enamorada de otro hombre.
Los asistentes del monarca esperaban que éste la castigara, pero ensalzó la constancia de la chica y le ofreció que eligiera la recompensa que deseara. La joven, en lugar de pedir oro o joyas, dijo que lo único que deseaba era agua para su aldea, que estaba situada en una región árida. Complacido, Pacha­cuti ordenó a 40.000 soldados que cavaran canales de riego para abastecer a la comunidad todo un año. O eso es lo que cuenta la historia, pues, en realidad, los canales precedieron a los incas en varios cientos de años.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Los gigantes de la patagonia

La creencia en la gigantesca estatura de los habitantes de la Patagonia sobrevivió en Europa durante siglos, después de que Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes durante su expedición alrededor del mundo, escribiera un relato.

Cuando se aproximaba al extremo sur del subcon­tinente americano, la flo­ta de Magallanes se refu­gió en una cala para pasar el invierno. Un día, se sobresaltaron al ver a un gigante desnudo en la orilla, danzando y cantando, y arrojándose tierra y polvo sobre la cabeza mientras hada cabriolas. Desconcertados ante semejante ima­gen, Magallanes ordenó a uno de sus hombres que se aproximara al extra­ño y que imitara su comportamiento para tranquilizarlo y poder comunicare, con él.
El hombre cumplió las órdenes de Magallanes, y condujo al gigante a un islote, en el que el resto de la tripulación esperaba. Una vez en él talló una impo­nente figura, que prácticamente lo dobla­ba en tamaño, con un enorme rostro pin­tado de color rojo, con la excepción del área que rodeaba los ojos, en la que la piel era de color amarillo. El habitante de la Patagonia también quedó impresionado ante la apa­riencia de los visitantes, y comenzó a señalar con los dedos ha­cia el cielo, convencido de que eran seres celestiales. Al reflejar­se su rostro en un espejo, quedó tan horrorizado que dio un salto hacia atrás, tirando al suelo a cuatro miembros de la tri­pulación.
Más tarde, llegaron varios gigantes más y Magallanes decidió que se llevaría a algunos de vuelta a Europa como prue­ba de las maravillas con las que se había encontrado durante su viaje. Así, subió a bordo a dos de los más jóvenes, a los que suje­tó con cadenas, y, al poco tiempo, reempredió la travesía. Pero su traicionero comportamiento no le sirvió de mucho: los dos nativos murieron antes de que terminara el año, incapaces de sobrevivir a las terribles condiciones de su cautiverio.
Magallanes también murió durante el viaje, pero Piga­fetta sobrevivió para informar acerca de tan extraño encuen­tro. Expediciones posteriores confirmaron su relato acerca de una raza de gigantes que habitaban las tierras australes. Con el paso de los años, se exageró su descomunal estatura, hasta con­vertirlos en seres que superaban en cuatro veces el tamaño de un hombre corriente. Es posible que los gigantes a los que ha­cen referencia estas crónicas fueran los tehuelche, una raza de gran estatura que habitaba por aquel entonces en la región. Por desgracia, muchos murieron debido a la represión guberna­mental en la década de 1870, y, de acuerdo con el último censo realizado en la actualidad, tan solo viven algo menos de 60.000.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Las mujeres valientes

Un mito del pueblo shavante, de la cuenca alta del río Xingú, en Brasil, habla de un tiempo en que las mujeres eran las responsables de atacar a otras tribus que se atrevían a atravesar sus tierras.

Hace mucho tiempo, antes de que existieran los jaguares, los hombres mas valientes del pueblo shavante habían muerto debido a los con­tinuos ataques entre tribus, por lo que las mujeres decidieron sustituirlos y se dispusieron a atacar a algunas personas de raza blanca. Aunque, en aquellos tiempos, los europeos vivían en tierras muy lejanas, las distancias eran más cortas y a las mujeres sólo les llevó unos días llegar a los hoga­res que pensaban que pertenecían a los blancos. Pero, al llegar allí, lo único que encontraron fueron espíritus de caras blancas y planas, y cuerpos cubiertos de plumas. Las mujeres no estaban seguras de si se trataba de gente blanca, ya que nunca la habían visto antes. Y sospecharon que podían tra­tarse de algo aún más peligroso. Ni los espíritus ni las mujeres sabían quién debía temer a quién, pero, al final, los espí­ritus huyeron a las mujeres saquearon su aldea y se llevaron las esterillas, las cestas y las armas, como se sigue haciendo en la actualidad durante la fiesta que se celebra para protegerse del demonio. Pero durante el camino de regreso a casa, enfermaron y les aparecieron forúnculos. Pensa-ban que iban a mo­rir v que estaban siendo castigadas por no haber pla­neado el ataque con el mismo cuidado con el que lo hacían los hombres. Sin embargo, cuidándose las unas a las otras y entonando cánticos que les dieran fuer­za, lograron regresar a la aldea, donde fueron veneradas por los hombres y perdonadas por no haber planifi-cado el ata­que correctamente.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Las doncellas de las estrellas

Algunas de las historias de terror más populares de la región del Amazonas cuentan las relaciones amorosas entre hombres mortales e irresistibles doncellas que descendían de las estrellas. De acuerdo con este relato, un joven debe pagar un alto precio por sucumbir ante los encantos de una mujer sobrenatural.

Una vez, un joven del puehlo cherente alzó su mirada al cie­lo y quedó fascinado ante la belleza de la constelación de las Pléyades. Una estrella en particular llamó su atención, y quiso llevársela en su jícara. Cuan­do esa noche se fue a dormir, soñó con la estrella y, al despertarse, de repente se encontró a una bella mujer con ojos brillantes junto a él, quien dijo ser la estrella de sus sueños, e insistió en que la intro­dujera en su jícara.
Durante los días siguientes, miraba en su interior y veía sus ardientes ojos, mientras que, por las noches, la estrella salía para así poder admirar su belleza. Una noche, lo engatusó para que trepara por un árbol mágico, que transportó a ambos a un campo desolado en me­dio del cielo, donde la estrella le dijo que la esperara mientras iba a buscar comida. Tras quedarse solo en tan solitario lugar, de repente oyó una dul­ce melodía. Movido por la intriga, la siguió hasta llegar a un lugar donde había un grupo de cadáveres que danzaban mientras la carne podrida a he­dionda se desprendía de los esque-letos. El chico huyó aterrorizado, perse­guido por la doncella de las estrellas, quien le dijo que regresara. Ésta le echó en cara su desobediencia, pero el hombre no soportaba el mundo del cielo durante más tiempo y volvió a des­cender por el árbol hasta dar con suelo firme.
En su huida, oyó que la estrella le decía que regresaría muy pronto y, al llegar de vuelta a la aldea, apenas acabó de relatar su historia cuando cayó muerto.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Las distantes tierras del paraiso

El pueblo huarochirí cuenta con historias de un tiempo en el que su hogar era un paraíso fértil, antes de que el dios Pariacaca los obligara a marcharse a tierras más yermas. Quizás esta tribu viviera en valles exuberantes más cercanos a la costa, pero los invasores los forzaron a retirarse al altiplano.

El pueblo huarochirí ocupaba la región de lo que en la actualidad es la capital de Perú, Lima. La mayoría de lo que conocemos de sus mitos proviene de un sacerdote español, Francisco de Ávila, quien reco­piló las creencias tradicionales de los huarochirí, la mejor torma de extirpar todo vestigio de la anti­gua religión. De manera irónica, sus escritos sirvieron para pre­servar las historias que se había pro-puesto destruir.
Los mitos que Avila recopiló sostienen que los huarochirí estuvieron gober­nados en tiempos remotos por dos dioses, Yana Namca Y Tuta Namca, hasta que un tercer ser divinno, Huallallo Caruincho, los derrotó y se hizo con el poder, imponiendo estrictas reglas. Así, a las mujeres sólo se les permitía engendrar dos hijos, y se las obligaba a elegir uno para que viviera y a entregar al otro para que fuera consumido por las llamas del dios, quien adoptaba la apariencia de una bola de fuego. En aque­llos tiempos, las tierras eran fértiles y estaban plagadas de papa­gayos y tucanes de intensos y vivos colores. Cada semilla que se plantaba germinaba en cinco días. De manera similar, cuando al­gún hombre o mujer moría, volvía a cobrar vida después de cin­co días. Sin embargo, vivían de manera diabólica. Su fácil existen­cia llegó a su fin cuando un nuevo dios, Pariacaca, emergió de cinco huevos sobre el monte Condor Coto, derrotó a Huallallo Caruincho y condujo a su pueblo tierra adentro.
De acuerdo con Ávila, las exuberantes tierras se deno­minaban Yunca o Ande (el primer término hace re­ferencia a los valles fértiles que se extienden hasta la costa). De acuerdo con otra ver­sión, se llamaron «antitierras», término gé­nerico que podría hacer referencia a los cálidos paisajes de las tierras bajas.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

Las criaturas que cambian de forma

Los espíritus condenados a vagar por el mundo de los vivos durante la eternidad tras cometer un pecado mortal eran seres humanos destinados a cambiar de forma y de voz de modo que pudieran imitar a la persona que quisieran. Podían ser hombres, pero las mujeres eran las más temidas.

Los «condenados» pertenecían a una categoría de fantasmas presente en distintas culturas, la de aque­llos atrapados entre los mundos de los vivos y los muertos.
Al no disponer de un hogar, deambulaban privados de compañía y despojados de toda esperanza de salvación. No es de sorprender, pues, que se enfadaran y buscaran venganza por los sufrimientos que debían padecer aquellos que habían corrido mejor suerte que ellos.
El clásico relato del condenado comienza con un joven que viaja solo por una solitaria ruta montañosa y que se sor­prende al encontrarse con una hermosa mujer, pero su sorpre­sa es aún mayor al ver que ésta se arroja en sus brazos y le ofre­ce su cuerpo para pasar la noche. El joven sucumbe ante sus encantos sin dudarlo y la pareja hace el amor de manera apa­sionada hasta el amanecer. Pero cuando sale el sol, la mujer le informa de que se trata de una condenada. Acto seguido desa­parece y, en cuestión de semanas, el desdichado chico se con­sume y muere.
En ocasiones, los condenados eran caníbales en lugar de seductores. Una truculenta historia cuenta cómo una jo­ven madre que aguardaba la llegada de su marido vio a una mujer vestida de blanco que corría a toda prisa por el sendero cercano a su casa durante el anochecer. La extraña parecía tener tanto frío que la mujer la invitó a su casa y, una vez den­tro, le pidió que sujetara a su pequeño de dos años mientras se agachaba para encender la hoguera. Pero al levantarse de nuevo y darse la vuelta, vio que la boca de la misteriosa mujer estaba manchada de sangre y que se había comido a su peque­ño hasta la cintura. La dueña de la casa pudo escapar escon­diéndose en una manada de vacas, cuyos bramidos asustaron al hambriento espíritu.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

La piedra que lloro lagrimas de sangre

Cuenta una leyenda de Cuzco que había una enorme roca más allá de los muros de la ciudad que lloraba lágrimas de sangre. Esta historia se basaba en una tragedia real que estropeó la construcción de uno de los mayores logros arquitectónicos de los incas.

Incluso en la actualidad, es difícil no maravillarse ante los extraordinarios lo­gros arquitectónicos de los incas, y la impresión que podamos tener hoy en día no es nada comparada con la que debieron de sentir los soldados españoles que   conquistaron el Imperio inca en el siglo XVI. La construcción que más les im­presionó fue la fortaleza de Sacsahuamán, que presidía la capital imperial de Cuzco. Erigida con enormes bloques de piedra, algunos de los cuales pesa­ban más de cien toneladas, maravilló a los conquistadores con su desco­munal mole, hasta el punto de que algunos la denominaron la octava maravilla del mundo. Sin embargo, una de las piedras destinadas a su construccibón nunca llegó a su lugar, sino que permaneció en una meseta frente a la fortaleza, tan agotada de su largo viaje desde las minas, según afirmaban los habitantes de Cuzco, que tuvo que detenerse a descansar y lloró sangre del esfuerzo realizado.
De acuerdo con el inca Garcilaso de la Vega, la realidad fue aún más trágica. De hecho, los tra­bajadores que la estaban transportando la dejaron allí en forma deliberada, después de que ocurriera un desastre durante el trayecto, cuando la enorme roca se soltó desde una montaña y aplastó a muchos de los que la arrastraban. De acuerdo con el historia­dor, eran estas víctimas (que sitúa en unas 3.000) quie­nes lloraban lágrimas de sangre, y la piedra permane­ció aislada fuera de la capital como monumento en su memoria.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

La llegada de la mandioca al mundo

Numerosas historias narran cómo un ser sobrenatural llevó la mandioca o la yuca al mundo. Sin embargo, por imprudencia de los humanos, éste fue sacrificado, lo que obligó a las personas a aprender los secretos de su cultivo y a respetar los alimentos básicos.

Las tribus de la cuenca del Amazonas que hablaban jíbaro creían que una mujer bajita y gorda llamada Nunghui, quien gozaba de poderes sobrenaturales, introdujo la mandioca en el mundo. A pesar de su aspecto, era muy querida porque su hijo podía producir mandioca con solo pronunciar su nombre.
Un día, Nunghui tenía que llevar a cabo un recado y, antes de salir, les pidió a algunas de las mujeres de la aldea que cuidaran de su hijo mientras estaba fuera. Sin embargo, mien­tras estaba bajo sus cuidados, un grupo de niños celosos del ta­lento del pequeño irrumpió en la cabaña en la que se encontra­ba y le tiró ceniza a los ojos, lo que provocó su muerte.
La comunidad no tardó en empezar a sufrir en sus pro­pias carnes la fechoría de los niños, ya que la mandioca era un ingrediente esencial de su dieta. Al no saber cómo cultivarla ellos mismos, comenzaron a sentir hambre. En su desespera­ción, buscaron a un chivo expiatorio al que culpar por el desas­tre, y decidieron que fuese la desafortunada Nunghui, quien, como castigo por perder de vista a su hijo, fue condenada a vivir bajo tierra.
De manera fortuita, el castigo supuso la salvación de la tribu, ya que, a partir de ese día, Nunghui extrajo a la superficie la mandioca y bailó con sus raíces para que crecieran. Los cam­pesinos aún realizan ritos para atraerla a sus terrenos y garanti­zar así una cosecha copiosa.
Otros pueblos, y en especial los que habitan en el no­roeste del Amazonas, cuentan con diferentes relatos acerca del origen del cultivo de este tubérculo. Según ellos, la man­dioca creció del cadáver de un niño blanco que nació de una virgen, o bien de una doncella que pidió ser enterrada viva.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

La ira de chibchachum

Los habitantes de la llanura de Bogotá provocaron la ira del dios Chibchachum con sus quejas y desobediencia, por lo que envió una riada que anegó la región, y obligó al pueblo a pedir ayuda al dios Bochica.

Este apareció montado a horcajadas en el arco iris que presidía majestuoso la ciudad de Soacha. Hizo salir el sol para que se secaran las aguas, luego tomó su bas­tón de oro y lo arrojó al monte Teguendama, donde creó una sima en las rocas por la que la mayoría de la riada comenzó a alejarse. En la actua­lidad, la magnífica cascada que el dios creó con­tinúa vertiendo sus aguas en el lago sagrado de Guatavita.
Bochica desterró a Chibchachum al reino de los muertos y le asignó la tarea de soportar el mundo sobre sus hombros para la eternidad. De vez en cuando, el peso es demasiado para él y se lo cambia de hombro, lo que provoca un terremoto en el que la tierra tiem­bla y rechina.
El arco ris que ayudó a liberar al pueblo chib­cha de la riada se empezó a venerar bajo la forma de la diosa Chuchaviva, a quien es costumbre dirigirse para librarse de la maldición de Chibchachum, quien desde su exilio decretó que cada aparición del arco iris implicaría muerte. La subversiva esposa de Bochica, Chia, cedió su magia a Chibchachum para crear el gran diluvio, ya que, de acuerdo con otros mitos, es la responsable de las riadas.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

El paso de un mundo a otro

Numerosos pueblos sudamericanos creían que un árbol del mundo unía la Tierra y el cielo. Sin embargo, incluso después de que las capas del universo se hubieran separado y el árbol sagrado se hubiera cortado, continuaba siendo posible viajar entre los dos reinos.

La zona en la que los canelos quechuas viven en la actualidad se encuentra en Ecuador, al este de los An­des, en las tierras bajas de la cabecera del Amazonas. Al igual que los pobladores de otras selvas tropi­cales, tradicionalmente creían que los fenómenos climáticos actuaban como intermediarios entre la tierra y el cielo. La niebla transportaba la vida a las alturas, mientras que la lluvia hacía des-cender a los espíritus y a otras criaturas celestiales. Las aves eran, además, mensajeros que transportaban cánticos entre el cielo, la Tie­rra y el mundo de los muertos. Creían también que la anaconda gigante, que vive en los ríos, conectaba las regiones acuosas con el cielo, al transformarse en un arco iris.
Para los canelos, incluso la gente corriente podía viajar entre los dos mundos. En ocasio­nes, los esposos viajaban en sueños jun­tos y se despertaban antes del alba para comparar e interpretar sus experiencias.
Sin embargo, en la mayoría de las culturas amazónicas, un chamán debía unir los dos reinos, quien, por lo general, viajaba entre ellos durante un estado de trance inducido por alguna droga alucinógena.
El chamán de los por ejemplo, bebía kaahi, que preparaba con una vid que se decía que tenía su origen en las ribe­ras del lago Akuena, situado en el cen­tro del cielo (se trata, en realidad, de una forma de ayahuasca, un mejun­je alucinógeno elaborado a partir de las lianas gigantes de la selva tro­pical amazónica y cuyo nombre botánico es Banisteriopsis). Después, era capaz le hacer viajar a su alma a la capa del ciclo donde se encon­traban sus espíritus ayudan-tes, o bien hacia la oscuri­dad, el reino subterráneo y cenagoso del pueblo de la anaconda.
Una tercera opción era viajar a las montañas don­de moraba el padre de los pecaríes, un dios de los animales responsable de cerdos y otros animales de los que la tribu de­pendía para su sustento. Una vez allí, podía negociar con el mundo espiritual en nombre de su pueblo. También lo podían enviar para rescatar las almas secuestradas de los enfermos, o para negociar que se llevara una provisión de animales a la Tierra para, de ese modo, disponer de caza abundante.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

El origen de los extranjeros

Incluso los grupos más aislados mantenían algún tipo de contacto con extranjeros y, aunque la principal preocupación de una tribu era, por lo general, su propio origen, numerosos mitos explican el origen de otras razas.

Por lo general, se consideraba que los extranjeros habían llegado más tarde. De acuerdo con los bo­roro de Brasil y Bolivia, su ancestro fue el super­viviente de una gran riada, mientras que un mono aburrido que golpeó el suelo con un palo creó con bastante posterioridad a los primeros humanos de raza blanca, de raza negra y otros pueblos extranjeros. Los yanomami de Brasil y Venezuela cuentan que una vez hubo una terrible lucha en una de sus aldeas junto a la cabecera de un río. Un adolescen­te, que permanecía recluido en una cabaña sagrada, se unió a la lucha y, de repente, las orillas del río estallaron y la corrien­te se llevó a los guerreros, que fueron devorados por nutrias y caimanes negros gigantes. Su sangre formó una espuma en la superficie del río y un ser sobrenatural llamado Remori la re­tuvo entre sus manos ahuecadas y le habló hasta dar forma a los extranjeros, motivo por el que los yanomami describen las len­guas de otros como «fantasma­góricas». De forma excepcional, los chamacoco de Paraguay creen que el ser supremo creó primero al resto de las razas y, cuan­do llegó el momento de crearlos a ellos, tuvo tanta prisa que los fabricó repletos de imperfecciones, razón por la que se consideran estúpidos y con dificultades para el apren­dizaje.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

El origen de las formas de vestir

De acuerdo con un mito inca, el origen de las diferentes razas andinas podría remontarse a la repoblación del mundo tras una gran riada, cuando el dios creador les dio forma, al igual que en tiempos imperiales.

Las tierras gobernadas por los incas contaban con una dilatada tradición de diversidad cultural, fomentada por la escarpada orografía de la región andina. que limitaba el contacto incluso entre valles vecinos. Como resultado. los distintos pueblos andinos contaban con sus propias tradiciones locales, que se diferenciaban por sus costum-bres y estilos de vestir.
Con el paso del tiempo, surgió un mito que explicaba el origen de dicha situación. Según el cronista Cristóbal de Molina, Viracocha creó a los diferentes seres humanos con arcilla más tar­de les pintó encima las prendas que vestirían. A cada grupo se le otorgó, además, su propio idioma, así como canciones y alimentos, e in­cluso un estilo de peinado distinto, corto o largo según la zona.
Más tarde, el creador los envió, a través de diversos pasajes subterráneos, a las distin­tas regiones que se les habían asignado. Con el tiempo, las cuevas, los lagos y las monteñas desde los que se suponía que habían sa­lido al mundo fueron venerados como lugares sagrado. Asimismo, cuenta la leyenda que la primera generación de humanos se transformó en piedra y, pos­teriormente, estas rocas se convirtieron también en objetos de culto.
Parte de la diversidad cultural de la región sobreviviió a la con-quista española e incluso en nuestros días, cada valle andino cuenta con sus propias costumbres tradicionales, y sus habitantes continúan mostrando un gran respeto por las ro­cas y piedras.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

El nacimiento de las estrellas

Los movimientos de las constelaciones determinaban un calendario que permitía regular el ciclo de las estaciones. De esa manera, el nacimiento de las estrellas estaba vinculado con el tiempo en sí mismo, un terrible evento que destruyó a los primeros seres y llevó la mortalidad al mundo.

Todas las culturas del mundo cuen­tan con historias sobre las estrellas que salpican la bóveda celeste du­rante la noche. Los pueblos ama­zónicos no constituían ninguna excepción, y las largas horas que pasaban en hamacas alre­dedor de las fogatas mirando el cielo ayuda­ban a estimular su fantasía. Los diferentes grupos aporta-ron sus propias historias, que se transmitían de generación en genera­ción como parte del legado tribal al corpus común de mitos.
Los toba, de la región del Gran Cha­co en Argentina v Paraguay, cuentan con mitos acerca de los orígenes de más de trein­ta cuerpos celestiales. La mayoría de ellos remiten a un desastre cósmico, con incendios devastadores o un diluvio universal. Sin em­bargo, uno de ellos veía evidencia celestial en los animales de caza, y describe la oscu­ra nebulosa Saco de Carbón como la cabeza de un ñandú, un ave no voladora similar a un pequeño avestruz, cuyo cuerpo está compues­to por la constelación Ofiuco y cuya pata es la parte de la Vía Láctea que se extiende desde Escorpio. Según dicha leyenda, el ñandú fue perseguido hasta el cielo por un niño y su perro, quienes se transformaron en dos de las estrellas de la constelación de Centau­ro. Una versión alternativa identifica a las dos estrellas de la constelación de Centauro como perros, los antepasados de los perros de caza actuales, que se crearon a partir de los pechos de dos ancianas.
Algunas constelaciones se conside­raban, en general, animales de caza o mari­nos, ya que su aparición en el cielo se inter­pretaba como una prueba de la vuelta a la vida al final de la estación sin lluvias.
Para los karina de Venezuela, el tapir, una criatura pequeña similar al cerdo que bus­ca sustento durante las noches, es el soberano de los alimentos, porque hubo un tiempo en el que sólo él conocía el paradero del árbol allepantepo, que lo suministraba todo. Cuando los gemelos divinos Pia y Makunaima lo cap­turaron, pasó al cielo y dio lugar a las Híades, mientras que sus asesinos se con-virtieron en Orión y las Pléyades.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

El manto brillante de manco

Los cronistas españoles concibieron un relato que sugería que la supuesta condición de los incas como hijos del sol fue un engaño. De acuerdo con los españoles, el ropaje del primer inca engañó a los indígenas, lo que puso de manifiesto la credulidad del pueblo llano y el cinismo de sus gobernantes.

Para llevar a cabo su primera entrada en la futura ca­pital de Cuzco, el primer inca, Manco Cápac, lucía una capa de oro según el relato o, de acuerdo con otra versión de la historia, dos delgadas placas del metal sobre el pecho v la espalda, respectivamente.
Había enviado a emisarios para que difundieran la noticia de que el mismo hijo del sol iba a bajar a la ciudad. Cuando los habitantes lo vieron bañado en la supuesta gloria reflejada de su padre, se postraron a sus pies y lo adoraron como a un dios.
Antes de su ejecución en el año 1572, el último inca, Tu­pac Amaru, reveló en un discurso que las afirmaciones que él y sus antepasados habían realizado acerca de las conversaciones entabladas con el Sol no eran ciertas, y explicó que su predecesor en el trono, Titu Cusi, le había acon­sejado qué debía hacer para in­fluenciar a su pueblo. Primero te­nía que dirigirse al Punchao, el disco solar de oro que era el emblema más sagrado de los incas. Después, tenía que aparecer y decir que había hablado con él, y entonces decir lo que quisiera. «Pero no hablaba, sólo lo hacíamos nosotros, ya que un objeto de oro no puede hablar.»
Es probable que pronunciara estas pala­bras bajo coacción. Aunque también es posible que la intención de Tupac Amaru fuera aconsejar a su pueblo que no depositara tanta fe en las anti­guas creencias, que comenzaban a hacer aguas.

0.081.4 Anonimo (sudamericano)

martes, 9 de octubre de 2012

El condor de oro

El Derrotero de Valverde contiene instrucciones detalladas de cómo encontrar un gran tesoro inca oculto en las montañas de Ecuador. Pero, a pesar de las copias exactas del documento original, lo cierto es que nadie ha sido capaz de encontrarlo.

En el año 1584, el joven soldado Juan Valverde se enamoró de una joven nativa, y juntos huyeron a la aldea natal de la chica, situada a gran altura en los Andes. Allí vivieron juntos, hasta que llegó una patrulla española, tres años más tarde. Valverde estaba aterro­rizado ante la posibilidad de ser capturado y ejecutado como desertor, y decidió volver a España, junto a su esposa. Con el fin de ayudarles a sufragar los gastos del viaje, los más ancianos de la aldea le dijeron que el general inca Ruminahui había es­condido una reserva de oro en las montañas. Valverde volvió con numerosos tesoros, entre los que había un cóndor de oro con ojos de esmeraldas y alas extendidas de plata, pero el jefe de la aldea dijo que el cóndor debía permanecer oculto hasta que los europeos fueran expulsados de los Andes. Así pues, se volvió a colocar en su sitio, pero, incluso sin él, Valverde tenía oro suficiente para ser rico.
Cuando regresó a España cargado con docenas de lingo­tes de oro, Carlos V le ordeno que revelara la fuente de su ri­queza o sería confiscada. El Derrotero de Valverde revela que el gran cóndor de oro se encuentra en un lago artificial de las monta­ñas Llanganuti. El camino hacia el lago se describe de forma detallada, pero hasta la fecha nadie ha sido capaz de encontrarlo.

0.081.4 anonimo (sudamerica)

El alimento de los dioses

De acuerdo con la leyenda, los indios de Tiahuanaco fueron los responsables del descubrimiento de la planta de coca, cuyas hojas han masticado los pobladores de los Andes durante siglos con objeto de aliviar el mal de altura.

Las hojas de coca se presentaban como ofrenda a los dioses y se uti­lizaban para adivinar el futuro. Se cree que la planta la des­cubrieron los indios de la gran ciudad de Tiahuanaco, situada en el extremo sur del lago Titicaca, en la llanura de Callao. Un día, los habitantes de esta ciudad viajaron más allá de las montañas y, cuando descubrieron valles fértiles, se esta­blecieron allí y quemaron la vegetación para disponer de tierras de cultivo. Pero el humo molestó a Khu­no, el dios de las nieves, quien prococó una tor­menta que obligó a los viajeros a buscar refugio en unas cuevas.
La tormenta destruyó todo cuanto tenían. Cuando uno de los hombres, movido por el ham­bre, probó las hojas de un arbusto de color verde que crecía por todos lados, se sintió con una energía renovada, por lo que compartió las ho­jas con los demás. Llenos de vigor, regresaron a Tiahuanaco, donde plantaron hojas de coca en abundancia.
Una historia cuenta cómo la planta de coca creció del cuerpo de una mujer que había sido asesinada por romper el corazón a un gran número de amantes. En otra, se hablaba de una madre que, tras perder a su hijo, empezó a vagar sin rumbo, pero al encontrase con una planta de coca descubrió que sus hojas podían aliviar su terrible dolor.

0.081.4 anonimo (sudamerica)

domingo, 7 de octubre de 2012

El robo del fuego

En un gran número de mitos, el fuego marca la aparición de la civilización. Suele llegar como una llamarada que destruye a las criaturas peligrosas, o bien como un don que permite cocinar y ahuyentar a los animales.

Los pobladores de la cuenca alta del río Paraguay afirman que la madre del jaguar fue la primera guardiana del fuego, y que luego el resto de los anima­les intentaron arrebatárselo uno a uno.
Primero llegó el armadillo, quien le hizo cosquillas en una pata con una pluma hasta que se quedó dormida, y luego le robó una rama ardiendo, pero en cuanto el cosquilleo finalizó, el jaguar hembra se despertó y llamó a su hijo, que persi­guió al ladrón y recuperó la brasa.
El tapir fue el siguiente en intentarlo tras aburrir a la madre conversando hasta dejarla dormida. Entonces salió de puntillas con una ramita ardiendo, pero cayó al suelo al tropezar con una raíz, con lo que despertó a la madre del jaguar y su intento de robo fracasó.
El resto de los animales intervinieron, a su vez, de forma sucesiva, pero si bien todos lograban con éxito hacer que la madre del jaguar cayese dormida, ninguno de ellos conseguía escapar con el secreto del fuego. Hasta que le llegó el turno al prea, una especie de conejillo de indias, quien, en lugar de hacer que la madre del jaguar se quedara dormida, se limite a entrar para decirlo que deseaba un poco de fuego y, más tarde, salió corriendo con él. Durante un momento, la madre del jaguar quedó demasiado desconcertada como para gritar, por lo que el prea logro esca­par. En su camino de regreso a casa, algunos humanos queda­ron fascinados ante tan preciado objeto, y el prea les entregó el fuego. Aunque el jaguar ya no tiene fuego y está condena­do a comer sus alimentos crudos, el recuerdo de las llamas puede contem-plarse aún en sus ardientes ojos.

0.081.4 anonimo (sudamerica)