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domingo, 28 de diciembre de 2014

Un cuchillo en el roble

El príncipe Ificlo era uno de los más famosos corredores de Grecia.
Se decía que podía correr tan velozmente por un campo de trigo que ni siquiera se doblaban las espigas a su paso: era capaz de ganarle una carrera al mismo viento.
Sin embargo, Ificlo no era feliz. No podía tener hijos y nadie sabía a qué se debía esa desgracia. Un día, su padre, el rey de Filacas, decidió consultar a un famoso adivino.
Melampo, el adivino de los pies negros (se decía que cuando era bebé su madre lo había olvidado un día con los pies al sol), tenía la virtud de comprender el lenguaje de los animales. Ordenó que mataran dos toros y los dejaran tirados en el campo, abiertos y despedazados, para atraer a las aves de rapiña. Los buitres no tardaron en llegar.
-¡Mmm, qué delicia de carroña! -comentó uno de los buitres.
-Sí, muy bueno -dijo otro. Pero... ¿por qué mataron estos dos toros y los dejaron aquí? ¿No será una trampa?
-No tengas miedo -explicó otro buitre. Es un sacrificio que hicieron por el príncipe Ificlo, que no puede tener hijos.
-¡Qué tontos! -se rio el buitre que había hablado primero. Lo que le pasa a Ificlo no tiene nada que ver con ningún toro. Sin querer, cuado era pequeño, cometió una ofensa contra los dioses. Su padre estaba castrando carneros y dejó el cuchillo junto a él. Asustado, el pequeño tomó el cuchillo y, para que su padre no lo encontrara, lo clavó en el tronco todavía tierno de un joven roble. ¡Nada menos que un roble sagrado! El árbol creció y a lo largo de los años la corteza fue ocultando el mango del cuchillo.
-¿Y cómo podría curarse Ificlo? -preguntó otro buitre, curioso.
-Fácil. Habría que encontrar el cuchillo, sacarlo con mucho cuidado de no dañar el árbol, y preparar una bebida medicinal con la herrumbre que lo recubre. Para curarse, bastaría que Ificlo tomara ese remedio durante diez días.
Melampo fue a ver a Ifclo con las novedades. El príncipe recor-daba perfectamente la impresión que se había llevado ese día y sabía cuál era el árbol en el que había clavado el cuchillo. Siguieron exactamente las instrucciones del buitre y un año después los habitantes de Filaca festejaban el nacimiento de un precioso bebé, hijo de su príncipe heredero.

0.060.4 anonimo (grecia) - 059

domingo, 31 de marzo de 2013

Jasón, medea, y el dragón de la cólquida

Jasón era hijo de Esón1 y Alcimedea. Siendo todavía un niño de pecho, murió su padre, y Pelias, el hermano de Esón, ocupó el trono. Su madre hizo que lo criara, secretamente, el centauro Quirón, quien, con el correr de los años, lo fue entrenando en todas las artes del combate.
Llegado a la edad adulta, Jasón regresó a su reino a reclamar el trono. Y se presentó con una lanza en cada mano y una sola sandalia.
Pelias se hallaba realizando un ritual y el corazón se le paralizó cuando lo vio, pues el oráculo lo había advertido del hombre con una sola sandalia.
Jasón reclamó el trono, pero Pelias -astuto como pocos- lo persuadió de que acometiese la conquista del famoso vellocino de oro (que poseía propiedades mágicas: aseguraba la salud, la felicidad y la prosperidad), pensando que, dado lo difícil de la empresa, no regresaría con vida.
La historia acerca del vellocino refiere que Frixo y su hermana Hele, hijos del rey de Beocia, habían tenido que huir de su malvada madrastra y escaparon montando un carnero, cuya piel era completamente de oro puro y que había sido regalado por el dios Hermes. Pero en el medio del viaje Hele cayó al agua y no se supo más de ella.
Frixo llegó al reino llamado Cólquida, junto al Mar Negro, muy lejos de Grecia. Allí lo recibió el rey Eetes,2 le dio la bienvenida y le entregó en matrimonio a su hija mayor llamada Calsíope. Frixo, muy contento, sacrificó el carnero a los dioses y le entregó la piel de oro, el vellón, al rey Eetes.
El viejo monarca, temeroso de que alguien alguna vez pudiera quitársela, la colgó de una rama del árbol más alto del bosque, un roble consagrado al dios Ares, y dejó en custodia un poderoso dragón que jamás dormía.
Por lo tanto, Jasón, habiendo aceptado ya con verdadero entusiasmo la propuesta de Pelias, mandó construir el barco más fuerte que jamás se hubiera visto en todo el mundo conocido.
Nació, entonces, el Argos, un barco indestructible de cincuenta remos hecho con madera de Pelión, aunque la pieza de proa era de encina procedente de Dodona, del bosque consagrado al dios Zeus. Esta pieza fue proporcionada por la diosa Atenea y tenía el don de la palabra y de la profecía.
Pero el Argos necesitaba tripulación y entonces fueron convocados los más grandes héroes de Grecia. En aquella empresa se embarcaron: Hércules, Calais, Cetes, Castor, Pólux, Idmón, Idas, Linceo, Heracles y Tifis, entre muchos otros.
Todos estos grandes guerreros fueron llamados, entonces, "argonautas", los tripulantes del Argos.
Luego de correr muchas aventuras, en las que algunos de los argonautas dejaban la nave para seguir su propio destino, Jasón llegó a las tierras de Cólquida.
El rey Eetes le dio la bienvenida y Jasón le dijo, sin rodeos, que había llegado a esas tierras para llevarse el vellcino de oro, pues pertenecía a Grecia.
El monarca no quería entregar tan preciado tesoro, pero no le negó el pedido; sin embargo, lo impuso de la dura prueba que debía pasar para hacerse con aquella piel dorada y mágica.
-Deberás atar los toros de cascos de cobre y que exhalan fuego por la boca, un regalo del dios Hefesto, y les pondrás el yugo.
Una vez que estén listos deberás arar este campo -dijo el rey mostrando una gran extensión de terreno- y plantar las semillas que te daré.
Todos comieron y bebieron y se retiraron a descansar.
Pero en la quietud de la noche una figura hermosa se acercó a Jasón, éste despertó y ella le puso un dedo en los labios.
El argonauta quedó impresionado ante tan bella mujer, que tenía los ojos dorados como el mismo sol y cuyos cabellos caían en cascada con el mismo brillo que sus ojos.
La muchacha no era otra que Medea, otra hija del rey Eetes, que había caído presa de amor por Jasón en cuanto lo vio y, por supuesto, no deseaba que muriera. Ella había sido entrenada en las artes de la magia por Hécate y tenía una solución para cada problema que planteaba la prueba; sin embargo, antes de revelarle esas soluciones, le hizo prometer a Jasón que la haría su esposa y que la llevaría a Grecia. Él se lo prometió.
-No dudo de tu fuerza, Jasón, y podrás ponerle el yugo a esos toros, pero el fuego te calcinará, a menos que uses este ungüento clue yo misma preparé.
Y sin decir más le pasó el filtro por todo su cucrho, sin descuidar ni un solo lugar de su piel.
Luego Medea agregó:
-Las semillas que te dará mi padre no son lo que parecen, sino que son dientes del dragón de Tebas, y en cuanto termines de "cmbrar, de cada diente surgirá un guerrero armado. Deberás arrojar una piedra entre ellos para que se peleen, pues son muy belicosos y pelearán por cualquier tontería y no repararán en ti.
Jasón agradeció a la bella muchacha y al día siguiente se pre,cntó ante el rey Eetes.
La prueba comenzó y el joven héroe se internó en las pasturas buscando los terribles toros. De pronto sintió que el suelo temblaba ante los cascos de bronce y, al darse vuelta, vio al toro más grande que jamás había visto, que tenía los ojos enardecidos de furia y arrojaba fuego por su boca.
Jasón, inmune al fuego gracias al ungüento de Medea, tomó el toro por las astas y lo obligó a hincarse por la fuerza, pero cuando lo estaba logrando sintió otro resoplido. Se volvió sin soltar al primer toro y vio al segundo, tan grande como el primero, que cargaba contra él, también expulsando fuego por su boca.
El argonauta aguardó sin temer, y cuando el toro iba a atravesarlo con sus cuernos, giró, y lo atrapó. Y así terminó sujetando los dos toros por los cuernos, uno en cada mano.
Una vez sometidos, ponerles el yugo no le causó ninguna dificultad, y luego Jasón comenzó a arar la tierra y a arrojar las extrañas semillas en los surcos recién abiertos. Al finalizar su tarea, se paró cerca de una piedra, pues sabía que los dientes de dragón "germinarían" de un momento a otro.
La escena fue aterradora, pues de la nada, de las mismas entrañas de la tierra, surgieron unos horribles guerreros cadavéricos, que portaban armaduras, escudos y armas.
Jasón no perdió tiempo y arrojó una piedra entre ellos.
Los guerreros se volvieron con sed de sangre y comenzaron a pelear por la piedra. Y a medida que se golpeaban y sus cuerpos se destrozaban, el número de ellos iba disminuyendo hasta que sólo quedó uno, al que Jasón atravesó con su lanza sin perder tiempo.
Después de tamaña hazaña, Jasón y los argonautas comieron, bebieron y se fueron a descansar.
Pero nuevamente Medea entró en el aposento donde dormía Jasón, lo despertó y le dijo:
-He oído en secreto las conversaciones de mi padre con sus hombres de confianza; planea matarte y también a todos tus compañeros e incendiará el Argos.
-¡Pelearemos! -dijo Jasón furioso.
-¡No!, debemos irnos ahora mismo.
-No me iré sin aquello que he venido a buscar. No me iré sin el vellocino de oro.
-Ven conmigo al bosque y juntos lo tomaremos.
Jasón despertó a los argonautas y les dio la orden de preparar el barco en secreto.
En el medio de la noche, Jasón y Medea corrieron por el espeso bosque en busca del vellocino de oro.
De pronto lo vieron, colgado y clavado a un roble muy alto. La plateada luz de la luna brillaba sobre el vellocino haciendo refulgir su color dorado.
Pero cuando Jasón se disponía a trepar al árbol escucharon un silbido que les erizó la piel. Allí, en la oscuridad de la noche, un par de ojos rojos como carbones encendidos comenzó a acercarse a ellos.
Y, sorprendentemente, Medea comenzó a cantar.
Jasón miraba a la hermosa mujer y no podía creer los efectos de su canto, pues el inmenso y terrible dragón amainó sus movimientos y, poco a poco, empezó a quedarse dormido.
Jasón aprovechó la oportunidad y comenzó a treparse por aquel árbol para rescatar el vellocino de oro.
El dragón hizo un intento para romper el hechizo, entonces Medea se le acercó y le hizo aspirar una pócima que llevaba en un pequeño frasco.
Jasón seguía trepando y casi podía tocar el vellocino.
El dragón volvió a hacer fuerza y estiró las patas.
Entonces Medea tomó una rama de enebro y, pronunciando un sortilegio, tocó la cabeza del dragón y éste se derrumbó en un profundo sueño.
Jasón bajó del árbol con la preciada piel y ambos corrieron al Argos que ya estaba preparado para partir.

1 Algunas versiones lo nombran Eesón y también Aesón.
2 Algunas versiones lo mencionan como Ectes y también Aetes.

0.060.4 anonimo (grecia y roma) - 016

Hércules contra la hidra de lerna

El poderoso Hércules -nombre latino de Heracles- era hijo de Zeus, el dios supremo del Olimpo, y de una hermosa mortal llamada Alcmena, que estaba ya casada con Anfitrión. Estando éste ausente y luchando, Zeus tomó su forma para seducir a Alcmena; de esta manera se engendró al héroe. Anfitrión aceptó de buen grado a Hércules, a pesar de que no era hijo suyo, pues lo consideraba un regalo de los dioses. Pero la diosa Hera, esposa de Zeus, ardía de celos por el hijo que éste había tenido con una mortal.
Ya desde su tierna infancia Hércules demostró su poderosa fuerza aniquilando con sus pequeñas manos dos serpientes enviadas por la diosa Hera para matarlo.
Transcurrido el tiempo, el medio hermano de Hércules, llamado Euristeo, asumió el trono de Micenas ayudado por las artimañas de la diosa Hera, cuyo odio por Hércules no había menguado en absoluto. Así fue que el rey Euristeo, por orden de Hera, pero también porque él lo odiaba con toda la furia de su negro corazón y deseaba que cayera muerto, le encargó a Hércules realizar doce trabajos imposibles, que el héroe, desde luego, llevó a cabo con éxito.
Capturar ciervos y jabalíes salvajes, desviar ríos, combatir contra leones... Todos los trabajos fueron difíciles, pero según cuenta el mito, el más difícil fue el de dar muerte a la famosa Hidra de Lerna.
La Hidra de Lerna era un terrible dragón que habitaba en una cueva próxima a una ciénaga, un apestoso pantano nauseabundo que se encontraba cerca del río Amimona.
El poderoso Hércules llegó al inmundo lugar y prendió un fuego para poder encender las flechas con las que obligaría a salir de su cueva a esa bestia que venía cometiendo toda clase de atrocidades desde tiempo inmemorial.
Cuando la Hidra salió de su habitáculo, Hércules no podía creer lo que veían sus ojos, pues por momentos la asquerosa criatura tenía siete cabezas, después nueve, luego como cincuenta...
Al ver a Hércules, el dragón aulló con todas sus cabezas y se lanzó sobre él para destruirlo enseguida.
El forzudo hijo de Zeus sabía que la sangre del maléfico dragón podía matarlo con el solo contacto sobre su piel, pero eso no lo atemorizó y, tensando su arco, le disparó varias flechas, pero las aguzadas puntas resbalaban por la piel viscosa del monstruo, sin herirlo. Entonces se lanzó al ataque golpeándolo con su imponente maza, pero tampoco ésta hizo mella en él. Le quedaba probar con la espada. Y Hércules empezó a cercenar con ella las cabezas de la Hidra. Grande fue su sorpresa cuando vio que arrancaba una cabeza y del lugar del corte surgían dos nuevas, y a medida que iba pasando el tiempo, en lugar de vencer a la bestia, la estaba haciendo más fuerte y terrible.
La Hidra de Lerna le arrojaba nubes de veneno que salían en forma de vapor tanto de sus fauces como de sus fosas nasales.
Pronto Hércules empezó a cansarse y a darse cuenta de que sus esfuerzos resultaban infructuosos, por lo que decidió retirarse hacia el lugar donde había encendido el fuego para prender las flechas que le había arrojado al principio. Allí, entre las llamas, colocó su maza de hierro y la dejó hasta que se volviera roja como la sangre.
Entonces volvió a atacar al dragón con renovadas fuerzas, pero esta vez, luego de arrancar cada una de las cabezas, cauterizaba el cuello con la maza caliente; de esta forma, evitaba que por las heridas brotara una nueva cabeza.
La Hidra de Lerna sintió que su fin estaba próximo y atacó a Hércules con todo el poder que aún le quedaba, pero el hijo de Zeus no se dejó amedrentar y continuó con su labor de cortar y cauterizar, hasta que finalmente a la bestia sólo le quedó una cabeza, la del medio.
Hércules había escuchado algunas versiones que decían que la cabeza del medio, la más importante, era inmortal. Desenfundó entonces su espada de oro y la cortó de un solo golpe.
La última cabeza rebotó sobre el terreno viscoso y nauseabundo del pantano. Aún seguía viva, pues sus ojos se movían y de su boca surgía una lengua bífida.
Hércules se apuró en cauterizar la última herida del cuello del dragón y luego cavó un profundo pozo. Después, se dirigió con aire triunfal hacia la cabeza, que aún permanecía en el suelo y lo miraba con odio y furia a través de sus ojos de serpiente monstruosa.
El héroe levantó la cabeza y la arrojó a lo profundo del pozo, luego lo rellenó y colocó sobre él una gigantesca piedra que nadie más que él podría mover.
Y ése fue el fin del terrible dragón llamado Hidra de Lerna. El más terrible de los doce arduos trabajos encomendados a Hércules.

0.060.4 anonimo (grecia y roma) - 016

Perseo y el dragón

Cefeo era un monarca que reinaba en la misteriosa tierra de Etiopía y tenía por esposa a la bella Casiopea y una her­mosa hija, ya en edad de casarse, llamada Andrómeda.
Casiopea, que era muy vanidosa, solía jactarse de su belleza y de la de su hija. Pero cierta vez fue demasiado lejos: se atrevió a de­cir públicamente que Andrómeda era mucho más hermosa que las Nereidas, las ninfas de las aguas. Y eso era algo que ninguna mujer podía pronunciar sin recibir un castigo terrible de Poseidón, el po­deroso dios griego de los mares. Y éste se vengó, en Andrómeda, de la osadía de Casiopea, pues condenó a la joven a ser atada a una ro­ca para ser devorada viva por un monstruo marino. Esta condena cra inapelable y, si no se cumplía, todo el reino sería destruido.
Entonces la inocente Andrómeda fue cubierta con las joyas inás exquisitas del reino, llevada a la orilla del mar y atada a una roca. Atravesada de angustia y llena de terror, quedó a la espera de su trágico e injusto final. Cefeo y Casiopea se encerraron en su palacio para no ver el sufrimiento de su amadísima hija. A su vez, i mplacables emisarios de Poseidón permanecieron en la orilla pa­ra testificar cómo se cumplía la sentencia. Pero apareció Perseo y cl atroz castigo del dios del mar no habría de infligirse.
En efecto, Perseo, hijo del dios de los dioses, Zeus, y de una hermosa mujer mortal llamada Dánae, hija del rey de Argos, acababa de petrificar al gigante Atlas con la cabeza de la monstruosa Medusa, a la que previamente había decapitado él mismo, y venía volando montado en su caballo Pegaso. Luego de pasar por el jar­dín de las Hespérides, atravesó un largo desierto y desde las altu­ras vio las torres de una ciudad junto al mar. Decidió, entonces, bajar a tierra para que tanto él como su alado y blanco caballo pu­dieran descansar Un rato. Y cuando ya estaba cerca de la orilla, vio, horrorizado, el cuerpo desnudo y hermoso de una muchacha -que parecía desmayada- atada a una gran roca negra.
Por la calidad y cantidad de joyas que cubrían el cuerpo de la joven, Perseo comprendió que debía de ser hija del amo del lugar y, de inmediato, montó su caballo y se dirigió hacia el palacio que se divisaba no lejos de allí y, en cuanto desensilló, pidió hablar con el rey.
Cefeo, con cara transida de dolor, aceptó recibir al forastero. Éste se presentó y enseguida le preguntó:
-¿Por qué hay una muchacha desnuda atada a una roca?
-Esa joven es mi hija, la bella Andrómeda, y la he tenido que entregar en sacrificio y por castigo divino a un maléfico dragón. Este monstruo, que aparecerá de un momento a otro, devorará a mi hija o, de lo contrario, arrasará a todo mi reino.
-Si mato al dragón... ¿me concederás la mano de tu hija?
-Si matas al dragón, te entregaré a mi hija de buen grado.
Sin perder ni un solo momento más, Perseo montó sobre su brioso Pegaso y partió volando hacia los arrecifes.
Al llegar junto a la bella muchacha se quedó unos instantes embelesado por el armonioso contorno de su cuerpo.
-¡Andrómeda, Andrómeda...! -le gritó desde su caballo, has­ta que la joven entreabrió los ojos: Soy Perseo, hijo de Zeus. No temas. Mataré al monstruo antes de que se te acerque y vendré a rescatarte.
Pero en ese momento surgió de las aguas una criatura tan ho­rrenda como jamás el héroe había visto en su vida, que clavándo­le sus ojos rojos y terribles, se lanzó al ataque con una dentellada feroz.
Perseo animó a Pegaso y éste pronto esquivó esa primera bru­tal acometida del dragón. El desafiante guerrero se dio cuenta de que el monstruo era más grande de lo que esperaba y que sólo con la fuerza de sus brazos no sería suficiente para vencerlo. Así es que invocó la protección de una diosa:
-¡Atenea, ayúdame a matar a este dragón!
Y sin esperar respuesta voló rápidamente para esquivar las dentelladas y los golpes de cola de la horrible bestia acuática.
Era tan continuos y feroces los ataques del dragón, que Per­seo, entonces, activó su casco de la invisibilidad (que había obte­nido de la diosa Hera) y comenzó a arrojar sus flechas mágicas al cuerpo anillado del monstruo. Todas las flechas que disparaba da­ban en el blanco; sin embargo, el dragón era tan enorme y resis­tente, que no lograban hacerle demasiado daño.
El héroe, entonces -y siempre con su casco de la invisibiliclad puesto, desenfundó su hoz dorada y se lanzó al ataque dando ta­jos aquí y allá. La horrible bestia daba dentelladas al aire ya que no podía ver a su atacante.
En un momento, Perseo retrocedió subiendo hasta las nubes y desde allí se lanzó con toda la fuerza de la que era capaz y logró cortar al dragón en varias partes de su monstruoso cuerpo. La sangre de la bestia comenzó a manar abundantemente y las aguas del mar se tiñeron de color escarlata.
Perseo persistió un rato más en su ataque, mientras el dragón cada vez reaccionaba con mayor lentitud. La últimas dentelladas de la bestia fueron muy débiles e ineficaces y entonces ésta se dio cuenta de que se estaba muriendo. No obstante, se volvió hacia la hermosa princesa, que aún continuaba amarrada a la roca, en un desesperado intento por cumplir su horrenda misión. Pero el hé­roe se dio cuenta y con su hoz de oro y toda su furia le cortó la Cabeza y la mitad del cuerpo que asomaba del agua.
El dragón rugió con un último grito agónico, hundiéndose en las aguas, y desapareció para siempre.
Perseo descendió con su caballo sobre los arrecifes, desmontó y se apresuró a desatar a la joven. Una vez libre, la princesa apretó su icmbloroso cuerpo contra su musculoso salvador y lo besó.
Cefeo cumplió, después, su promesa, y Perseo y Andrómeda se casaron y tuvieron varios hijos.

0.060.4 anonimo (grecia y roma) - 016

domingo, 7 de octubre de 2012

Una raza de horrorosos pastores

Los mitos griegos del origen del mundo mencionaban el nacimiento de los temidos gigantes con un solo ojo conocidos como cíclopes, que eran hermanos de los titanes. Más tarde, el héroe Odiseo (Ulises) protagonizó un dramático encuentro con uno de sus descendientes, Polifemo.

En la Teogoía, un relato acerca de los orígenes de los dioses, escrito por el poeta griego Hesíodo en el si­glo VIII a. C., se cuenta que los primeros cíclopes fue­ron los tres hijos del dios del cielo Urano y la madre Tierra Gea. Temeroso de su propia descendencia, Urano los arro­jó al abismo del Tártaro, por lo que, como venganza, Gea con­venció a otro de sus hijos, Crono, para que castrara a su marido.
Los tres cíclopes fueron más tarde liberados por Zeus, a quien, en contrapartida, ayudaron a hacerse con el poder supremo.
A partir de entonces, una tradición muy extendida ubi­có a los cíclopes en Sicilia, donde se cuenta que su descendien­te más conocido, Polifemo, se enamoró de la ninfa Galatea, sin que su amor fuese correspondido. En uno de los relatos con­servados, el cíclope, desairado, golpeó con una piedra a Acis, el amante de Galatea, hasta matarlo, pues estaba celoso de él. Ésta es la versión que se recrea en la ópera Acis y Galatea del célebre compositor alemán del siglo XVIII Georg Friedrich Haendel.
Polifemo desempeñó un papel incluso más popular en las aventuras de Ulises durante su viaje de regreso al concluir la guerra de Troya, como se describe en la Odisea de Homero. Con su afición por el canibalismo, encarceló al héroe y a sus hombres en una cueva en la que guardaba sus ovejas con la intención de ir comiéndoselos uno a uno. Para escapar de sus garras, Ulises emborrachó al gigante y le cegó su único ojo clavándole una estaca al rojo vivo. Los griegos entonces se ama­rraron a la panza de las ovejas y escaparon de la guarida del gi­gante, cuando éste sacó a los animales a pastar.
Se dice también que los cíclopes construyeron las mu­rallas de Micenas y Tirene, cuyos bloques de piedra se consi­deraban demasiado grandes como para ser obra humana. De hecho, el término ciclópeo todavía se utiliza para referirse a una empresa de gran envergadura.

0.060. anonimo (grecia y roma)

Una profetisa maldita

La más trágica de las historias de las doce hijas de Príamo, rey de Troya, fue la de la hermosa Casandra, quien, al igual que su madre Hécuba y los troyanos Calcas y Laocoonte, gozaba del don de la adivinación. Sin embargo, este don resultó ser una maldición, ya que estaba predestinada a que nadie la creyese.

Un día que Casandra visitaba el santuario de Apolo, éste quedo impresio-nado con su be­lleza y, en señal de afecto, le prometió el donde la adivinación. Sin embargo, cuando, en contrapartida, quiso mantener una relación con ella, la joven princesa se negó tajantemente a sus in­sinuaciones.
Apolo, enfurecido por tal deshonra, quiso en­tonces vengarse, pero como no podía arrebatarle el don que le había concedido, ya que no estaba en su poder la capacidad de deshacer ninguna orden di­vina, decidió imponerle una cruel condena que la acompañaría el resto de su vida: a cambio, nadie creería nunca sus profecías.
A partir de ese momento, Casandra pudo ver con claridad las tragedias que acechaban a su pueblo, pero siempre que intentaba ayudar­lo, advirtiéndole, por ejemplo, que su herma­no Paris, que se había fugado con Helena, trae­ría la desgracia a Troya, o que el caballo de madera era en realidad una estratagema de los griegos para asediar y conquistar la gran ciu­dad, lo único que recibía eran gestos de in­credulidad, pues todas las personas la toma­ban por loca.

0.060. anonimo (grecia y roma)

Orfeo y eurídice

En ningún lugar del mundo, los temas mitológicos sobre amor, muerte y creatividad han conmovido tanto como el relato de Eurídice y del gran músico y poeta Orfeo, cuyas melodías eran tan dulces que no sólo embelesaban a las bestias más salvajes, sino también a las rocas y a los árboles.

Orfeo y Eurídice no llevaban mucho tiempo casados cuando esta última pisó una serpiente y murió a consecuencia del veneno. Desesperado ante la muerte de la mujer que tanto amaba, Orfeo decidió devolverla a la vida. Con su lira como único equipaje, bajó al mundo de los muertos para suplicar a soberano, Hades, que resucitara a Eurídice. Allí entonó un canto de amor con tal tristeza que el mismo Hades se con­movió y accedió a devolverle a su esposa.
No obstante, Hades impuso una condición: no debía mirarla hasta que ambos hubieran salido del mundo de los muertos.
Orfeo empezó a guiar a su amada mientras tocaba con su lira en el difícil ascenso de las oscuridades. Pero en el úl­timo momento, su ansia por ver a Eurídice fue más fuerte que él, y se giró para abrazarla, aunque en ese instante vio con enorme tristeza cómo la espalda de su esposa se alejaba poco a poco entre las sombras.
Consternado ante la pérdida, ahora definitiva, de su ser querido, volvió a su hogar, negándose a enamorarse de otra mujer. Este hecho, y su relación con Apolo, provocó la furia de las salvajes ménades, seguidoras del dios rival Dio­niso, y en una de sus alocadas orgías se abalanzaron sobre el poeta y lo descuartizaron para luego arrojar su cabeza al río Hebro.
La cabeza, que siguió entonando melodías mientras flotaba en el mar, fue transportada por la corriente hasta la isla de Lesbos, donde finalmente se colocó e una cueva sagrada, para que sirviera de oráculo a todas aquellas personas que acudían a consultarlo.

0.060. anonimo (grecia y roma)

Menelao y los vientos propicios

Tras ayudar a derrotar a Troya, el rey griego Menelao partió en barco a Esparta con su esposa Helena, cuya fuga con un amante troyano había desencadenado la guerra. Tras negarse a realizar sacrificios en honor a Atenea antes de partir, su flota sufrió no pocas penalidades.

Poco después de salir de Troya, la flota de Menelao fue devastada por una enorme tormenta. Sólo sobrevivie­ron cinco barcas, entre los que se incluían el del propio rey de Esparta. El viento los condujo hasta Egipto, don­de se vieron obligados a permanecer nada menos que ocho años.
En la isla de Faros, Menelao se encontró con la ninfa del mar Eidotea, quien le dijo que debía capturar al padre de ésta, Proteo, una divini­dad marina que alimen­taba a peces y a otros animales marinos y que, al conocer todo acerca del pasado, el presente y el futuro, podría decirle la me­jor manera de atraer vientos favorables.
Menelao y tres de sus hombres se disfrazaron de focas en una playa y, cuando Proteo salió del agua y se tumbó para dormir, se abalanzaron sobre él. Éste intento escapar transformándose en león, en serpiente e incluso en una corriente, pero todo fue en vano. Finalmente, le contó a Menelao que Agame­nón había sido asesinado y que Odiseo era prisionero de la nin­fa del mar Calipso, y le ordeno regresar a Egipto para realizar un sacrificio en honor de los dioses. Una vez hecho esto, apare­ció un viento favorable que lo llevó de regreso a casa.
Menelao y Helena llegaron a Micenas, donde supieron que, en un acto de venganza, el hijo de Agamenón, Orestes, había matado a los asesinos de su padre, Clitemnestra y Egisto, y que estaba a la espera de juicio. Entonces, el hijo de Agamenón acudió pidiéndole ayuda, pero Menelao se negó a socorrerla. Orestes y su hermana Electra raptaron a Helena e intentaron acabar con su vida, pero fue rescatada por Afrodita. A final, Menelao y su esposa viajaron a Esparta, donde se establecieron. Tras su muer­te, Menelao recibió el don de la inmortalidad y pudo ir a los Campos Elíseos, el reino sagrado de los vir­tuosos, en compañía de su esposa.

0.060. anonimo (grecia y roma)

Las andanzas de ío

En la relación amorosa entre Zeus e Ío, el mensajero divino Hermes desempeña el papel habitual al ayudar al dios a salir de una situación difícil. Es posible que la historia se inspirase en la figura de Hathor, la diosa con cabeza de vaca del antiguo Egipto, cuyos mitos llegaron a Grecia desde muy antiguo.

Al igual que numerosas mortales bellas, Ío, una sacerdotisa de Hera, había sido seducida por Zeus, marido de aquélla y rey de los dioses. La celosa esposa sorprendió un día a la pareja mientras coqueteaba en un prado, por Lo que Zeus convirtió a su amante en una vaquilla con la esperanza de que un ani­mal de aspecto tan inofensivo pudiera escapar de los celos de su mujer.
Pero Hera se olió la artimaña e insistió en llevarse al animal a su centro de culto en la península del Peloponeso, donde le enco­mendó a Argos Yanop­tes, su monstruoso sir­viente con cien ojos, que la vigilara día y noche sin descanso.
Para recuperar a su amada, Zeus recurrió a la ayuda de Hermes, el mensajero de los dioses y un esce­lente músico. Tras disfrazarse de cabre­ro, se aprosimó a Argos tocando una melo­día tan dulce con su llama que el gigante se quedó dormido. Cuando por fin cerró el úl­timo ojo, Hermes agarró una roca y lo mató de un solo golpe en la cabeza. En honor a su guardián, Hera dispersó los ojos de Argos por la cola del pavo y, furiosa, envió un tábano para atormentar a la vaquilla, quien corrió deses­perada huyendo del aguijón del insecto.
Tras atravesar a nado el Bósforo (el cual tomó su nom­bre de ahí, ya que significa «paso de la vaca»), llegó por fin al mar que mas tarde recibiría el nombre de Jónico. Después de arrojarse a él, fue nadando hasta Egipto.
No obstante, al llegar allí, la suerte de Ío cambió, pues Zeus le de­volvió su forma humana. Entonces dio a luz a un hijo, Épafo, y a una hija, Keroessa. Una vez que Zeus perdió por comple­to el interés por la bella Ío, ésta se caso felizmente con un rey egipcio.
Mas tarde, los mitógrafos sugerirían que esta historia pudo ha­berse inspirado en su origen en los an­iguus relatos protagonizados por Hathor, la diosa con cuernos de vaca del antiguo Egipto.

0.060. anonimo (grecia y roma)

La infancia de aquiles

Obligada por Zeus a casarse con un mortal, la ninfa del mar, Tetis, tenía miedo de que su hijo, el guerrero Aquiles, sufriera la deshonra de su mortal esposo, por lo que hizo todo lo posible por protegerlo de todo peligro. Sin embargo, el destino hizo que sus esfuerzos fueran en vano.

Tetis arrojó a su primeros seis vástagos al fuego, con la esperanza de eliminar de ellos todo cuanto no fuera divino, pero ninguno logró sobrevivir. No obstante, cuando nació el séptimo hijo. su es­poso Peleo impidió que fuera pasto de las llamas y le salvó la vida. Aquiles creció como un chico fuerte Y atractivo y Tetis no tardó en aceptarlo. Sin embargo, llevó a cabo un último inten­to por protegerlo. Tras llevárselo al Estigio, el río del Hades, cuyas aguas tenían el poder de conceder la inmortalidad a quienes se bañaban en ellas, lo sumergió en él lodo el cuerpo quedó sumergido, con la única excepción del talón, que era el lugar por el que su madre lo sujetaba, de ahí que esa parte del cuerpo permaneciera para siempre como su punto más débil.
Bajo la tutela del sabio centauro Quirón, el joven creció con inigualables habilidades para la guerra y la paz, de modo que, cuando llegó la noticia de que los mejores guerreros de Grecia debían reunirse para atacar Troya, Tetis temió que su hijo fuera llamado a filas. Así, lo disfrazó de chica y lo envió a la isla de Esquiro. La hija del rey, Deidamía, se alegró al descubrir la verdad del impostor y, tras mantener una relación con él, le dio un hijo.
Sin embargo, los enviados griegos siguieron el rastro de Aquiles. Al principio tuvieron problemas para reconocer­lo, pero entonces Odiseo, uno de los líderes del ejército griego, recurrió a una estratagema: envió varios regalos a las depen­dencias de las mujeres, entre los que se incluían joyas v otros ornamentos, algunas armaduras y una espada, de modo que, cuando una de las «doncellas» fue descubierta practicando con la espada, los enviados identificaron a Aquiles. Éste, a instancias de la comitiva griega, partió hacia la guerra, haciendo así rea­lidad los peores temores de su adorada madre.

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La huida de telémaco

El hijo de Ulises, Telémaco, era un bebé cuando su padre partió a la guerra de Troya. Con el paso de los años, se convirtió en un refinado joven, pero no pudo mantener a raya a los pretendientes de su madre, Penélope, que invadieron su palacio con la pretensión de que se casara con uno de ellos.

Atenea llegó al palacio de Ítaca disfrazada de un rey extranjero y le dijo a Telémaco que enviara los pretendientes de vuelta a casa. Más tarde, debía ir en barco a Pilos y a Esparta en bus­ca de noticias de su padre. Una vez que terminó de hablar, la diosa desapareció a través del techo y Telémaco, al advertir la identidad del misterioso visitante, se sintió muy animado. Con-vocó a los preten­dientes, los reprendió por su conducta, y les rogó que se marcharan, pero su líder, Antino, contestó que no se marcharían hasta que Pe­nélope accediera a casarse con uno de ellos.
Telémaco decidió entonces partir en secreto hacia Pilos, y Atenea recorrió la ciudad para buscar un barco v reclutar a la tripu­lación. Más tarde, bajo la apariencia del viejo amigo de Ulises, Men­tor, condujo a Telémaco al barco y se subieron abordo.
Telémaco y Atenea, disfrazada en todo momento de Mentor, pronto llegaron a Pilos, donde fueron recibidos por el rey Néstor, quien, como obsequio, les contó historias acerca de la valentía de Ulises, aunque no pudo decirles nada acerca de cuál había sido su destino. Tras proporcionar a Telémaco un carro y sus mejores caballos, le ofreció a su hijo como acompañante. Atenta volvió y los jóvenes se dirigieron a Esparta. Una vez allí, Menelao le contó a Telémaco su encuentro con Proteo, el viejo hombre del mar, quien comentó haber vis­to a un afligido Ulises atrapado en una isla con Calipso. De vuelta en Ítaca, los pretendientes enviaron un barco para tender una emboscada a Telémaco y asesinarlo, pero Atenea advirtió al príncipe del peligro y éste regresó a casa por una ruta diferente. Al llegar allí, encontró a su padre disfrazado de mendigo.

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La huida de ifigenia

Agamenón, rey de Micenas, había ofendido a Artemisa, la diosa de la caza, al alardear de ser buen cazador, por lo que le envió viento para entorpecer los esfuerzos del rey por conducir su flota hasta Troya.

De acuerdo con la versión original de la historia, Agamenón sa­crificó a su hija Ifigenia en honor a Artemisa para lograr cientos favorables. Sin embargo, en una versión posterior, la diosa apa­reció en persona justo cuando la joven se tumbaba bajo el cu­chillo expiatorio y se la llevó rápidamente, dejando a una cierva para que fuera sacrificada en su lugar. En concreto, se la llevó a Táuride, junto al mar Negro, en lo que hoy en día se conoce como Crimea. Allí, la princesa griega se con­virtió en sacerdotisa en un templo que albergaba una popular imagen de la diosa.
En estas tierras bárbaras, era costumbre que todos los extranjeros que llegaban al país realizaran sacrificios en honor a Artemisa, y, durante numerosos años, Ifigenia fue obligarla a presidir estos sangrientos rituales. Un día, su propio hermano, Orestes, llegó a las orillas de Táuride y le fue entregado a  figenia para que lo matara.
Al reconocerse el uno al otro, la pareja, que había permanecido separada mucho tiempo, reprimió su alegría ante tal ines­perado encuentro, lo suficiente hasta poder escapar llevándose consigo la estatua de Artemisa, para la que desea­ban encontrar un hogar más apropiado en Gre­cia. De vuelta en casa, lfigenia volvió a convertirse en sacerdotisa de la diosa.

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La caceria del jabalin de calidón

Cuando el inofensivo Meleagro era todavía un bebé, las parcas le dijeron a Altea, su madre, que la vida del niño duraría tanto como un tronco de árbol que estaba ardiendo en la chimenea. Entonces Altea sacó el tronco del fuego, lo apagó y lo guardó en un lugar secreto de su palacio.

Cada año, el padre de Meleagro, Eneo, rey de Calidón, ofrecía un sacrificio a los doce dioses del Olimpo, y su reino pros­peraba gracias a ellos. Pero un año se olvidó de Artemisa, quien, como venganza, envió un jabalí gigante que asoló los campos y causó gran mortandad entre el ganado y los pastores.
Eneo mandó heraldos solici­tando ayuda, prometiendo los col­millos y la piel del animal a quien lo matara. Numerosos héroes de toda Grecia acudieron para capturar a la bestia, liderados por Meleagro; se dice que entre ellos estaban Jasón y Teseo. Acudió también Atalanta, una chica que, tras haber sido abandonada cuando era un bebé, fue amamanta­da por una osa y creció junto a los cazadores de las montañas. Era, por tanto, muy diestra en el arte de la caza y, además, era la corredora más veloz del mundo.
Pero, en realidad, Artemisa estaba utilizando a Atalanta como artimaña para arruinar a Eneo, y Meleagro se enamoró de ella. Así, cuando el resto de los cazadores se quejó de que una mu­jer podría traerles mala suerte, los mandó callar, mostrándole así su incondicional apoyo.
En el bosque, Hileo y Reco, dos centauros que for­maban parte de la cacería, in­tentaron violar a Atalanta, pero ésta les disparó, mientras el ca­zador Anceo moría descuarti­zado por los colmillos del jaba­lí. Atalanta fue la primera en herir al temible, pero fue Melea­gro quien finalmente lo mató. Éste ofreció la piel a la joven, pero semejante acto de genero­sidad resultó excesivo para al­gunos de los cazadores. En concreto, Toxeo y Plexipo, dos de los hermanos de su madre, no estuvieron de acuerdo con la deci­sión de Meleagro y, en un arrebato de ira, asesinó a los dos.
La madre de Meleagro, al ver cómo traían los cadáveres de sus hermanos, maldijo a su hijo, sacó el tronco medio que­mado del arcón en el que lo había guardado y lo arrojó al fue­go. En ese instante, Meleagro murió. Sus hermanas rompieron a llorar y Artemisa las convirtió en gallinas de Guinea. Más tar­de, Aitea, llena de remordimientos, se ahorcó.

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Helio y faetón

Los titanes y su prole desempeñaron un papel en el establecimiento del orden natural sobre la Tierra. Helio, el hijo del titán Hiperión, el dios del sol, y su compañera Tea conducían el carro del astro rey por el cielo.

Faetón era el hijo de Helio, pero sus amigos se nega­ban a creer que tuviese como padre a un dios. De hecho, incluso su madre dudaba de que fuera ver­dad, así que le aconsejó que visitara a Helio y se lo preguntara directamente a él.
Faetón se dirigió, pues, al magnífico palacio del dios del sol para averiguar la verdad. En un primer momento no pudo acercarse a su padre, ya que los rayos que salían de su cabeza lo cegaban. Helio entonces los apartó a un lado v mostró a su hijo todo su afecto, jurando concederle cuanto le pidiese. Sin dudarlo un momento, Faetón le pidió que le permitiese conducir el carro del sol durante un día entero.
Helio intentó por todos los medios disuadir a su hijo, pero éste insistió tanto que no tuvo más remedio que ceder a su petición. Tras untar el rostro de Faetón con un aceite que lo protegiese del calor de los raros solares, le instruyó acerca del camino que tenía que seguir, pero el joven estaba demasiado impaciente como para escucharlo.
En cuanto los caballos se elevaron hacia el cielo, se dieron cuenta de la falta de experiencia del jinete v se desboca­ron. El aterrorizado chico no pudo controlar el carro v los caballos se dirigieron hacia abajo, quemando a su paso gran parte de la Tierra con el calor del sol. El desierto nubio, antaño tierra fértil, nunca logró recuperarse, y los habitantes del sur se quemaron tanto que su piel se tornó negra.
Consciente del riesgo de destrucción total que corría el mundo, los dioses tuvieron que enviar un rayo a Faetón para de­tener el carro v el cuerpo del joven impetuoso cayó a la Tierra envuelto en llamas. Para salvar otras tierras de la devastación, los dioses enfriaron el mundo con un aguacero torrencial.

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Escila y caribdis

El estrecho entre la península Itálica y Sicilia es muy peligroso para los navegantes, ya que está plagado de inesperados remolinos y corrientes. Estos accidentes naturales sirvieron de inspiración a los relatos de Escila y Caribdis, el terror del estrecho de Mesina.

Escila era una hermosa ninfa de la que Poseidón, el dios de los océanos, se sentía irresistiblemente atraí­do, hecho que provocó los celos de su esposa, Anfi­trite. Para castigar a su desdichada rival, ésta vertió en secreto el jugo de algunas hierbas venenosas en las aguas de la fuente en la que la ninfa solía bañarse.
Tan pronto como se sumergió en el agua, se transfor­me, en un monstruo con doce pies y seis cabezas, cada una de las cuales tenía una boca con tres hileras de dientes, y la parte inferior del cuerpo se convirtió en una manada de perros que ladraban sin cesar. Consternada por su nuevo aspecto, Escila se arrojó desde los acantilados del sur de Itálica, aunque este acto no puso fin a su sufrimiento, pues los dioses la confinaron en una cueva, desde la que atacaba a todas las embarcaciones que se aproximaban, secuestrando a los hombres que estaban en la cubierta.
Los marineros no podían evitar a la temible Escila aden­trándose en el mar, porque allí Caribdis (quien antaño fuera mujer, pero convertida ahora en un malvado remolino) esta­ba al acecho. Era hija de Poseidón y Gea, pero, a pesar de su noble linaje, era ambiciosa y había intentado robar los pre­ciados bueyes de Heracles. Éste se quejó a Zeus, su padre, quien lanzó a Escila un rayo, cayo al mar y se transformó en un remolino que tragaba gran cantidad de agua marina tres veces al día y otras tantas la volvía a vomitar. Sus hambrientas fauces podían lanzar a las pro­fundidades embarcaciones enteras.
Y así surgió el dicho «atrapado entre Escila a Caribdis», similar a la expresión «entre la espada y la pared», que su utilizaba para describir una situación en la que al­guien debía elegir entre dos opciones peligrosas, donde evitar un peligro implicaba inevitablemente enfrentarse al otro.

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El trágico desafío de antígona

La tragedia de Edipo, rey de Tebas, es una de las más memorables de todos los mitos clásicos. Sin embargo, el drama de su hija es menos popular, y fue el tema central de la obra Antígona, de Sófocles, el célebre dramaturgo griego del siglo V a. C.

Tras la muerte de Edipo, sus dos hijos se disputa­ron la sucesión al trono, pero al final decidieron gobernar por turnos. Eteocles opto por ser el pri­mero, pero cuando su mandato concluyó, se negó a entregar el reino a su hermano, tal como había prometido.
Polínico reclutó entonces a un ejército con la ayuda de seis líderes aliados (los famosos siete contra Tebas). Sin embargo, las fuerzas militares volvieron de la ciudad tras haber sufrido un gran número de bajas. Los hijos de Edipo murieron en un duelo y, con sus muertes, el trono pasó a manos de su tío Creonte.
El principal objetivo de este último consistió en evitar futuras rebeliones, por lo que dio órdenes de que Eteocles fue­ra enterrado de forma solemne según su condición de antiguo soberano de Tebas, pero no así su hermano Polínico, que debía quedar sin sepultura, y decreto que quien osara des-obedecer sus ordenes moriría.
A pesar de la amenaza, había una persona decidida a de­safiar la voluntad del rey. Esa noche, la hermana de Polínico, Antígona, visitó el campo de batalla y, tras encontrar el cuerpo de su hermano, lo cubrió de tierra para darle una sepultura digna. Sorprendida mientras llevaba a cabo el enterra-miento. Fue conducida ante su tío, quien la reprendió. Ella se negó a disculparse, alegando en su defensa la preeminencia de la ley divina, y continuo negándose a darle la razón al rey, a pesar de que éste la había condenado a muerte.
La crueldad de la sentencia provoco un gran revuelo en Tebas, pero Creonte se negó a acceder a las numerosas peticiones de clemencia. Sólo cuando el viejo profeta Tiresias advirtió al rey que los dioses lo castigarían por semejante actua­ción, Creonte por fin se planteo la posibilidad de perdonarla.
Sin embargo, este cambio de opinión llego demasiado tarde: al entrar en la estancia de piedra donde la había encarce­lado, el rey descubrió que la princesa se había ahorcado con su velo. Pero la tragedia no termina aquí. El hijo de Creonte, He­món, que era el prometido de Antígona, se suicidó clavándose su propia espada al enterarse del trágico destino que había co­rrido su prometida, y cuando la esposa de Creonte, Eurídice, conoció de la suerte de su hijo, se apuñaló mortalmente.

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El rapto de europa

Zeus era famoso por sus aventuras sexuales, que protagonizan no pocas de las historias de la mitología clásica. Por ejemplo, se dice que la ciudad de Tebas se fundó como resultado del rapto de Europa, hija del rey de Fenicia, por parte del soberano del panteón olímpico.

Un día, la princesa Europa salió con sus amigas a recoger flores a un prado junto al mar. El gru­po de las risueñas chicas constituía, una visión muy atractiva, en medio del calor de los ratos del sol, y la más deliciosa de todas era, sin duda alguna, Europa. Era tan atracos a que Zeus no pudo resistirse a sus encantos y se enamoró perdidamente de ella. Pero consciente de que la joven era tan hermosa como casta, decidió recurrir a un enga­ño con el fin de seducirla.
En los prados en los que las muchachas jugaban, había una manada de vacas que pastaban tranquilamente. Una de las chicas no tardó en reparar en la presencia de un nuevo toro en la manada, el ejemplar más hermoso, fuerte y grande que hu­bieran visto nunca. La princesa se dirigió entonces hacia el ani­mal y éste, a pesar de toda su fuerza y tamaño, se mostró man­so y juguetón. En un momento dado se agachó y la princesa se subió a su lomo.
Pero tan pronto como lo hizo, el animal salió corrien­do en dirección a la orilla del río, obligando a Europa a sujetar­se a él, hasta que finalmente llegaron a orillas de Creta, donde el dios reveló su identidad a la joven. Esta no pudo resistirse a sus encantos y engendró a tres hijos: Minos, Rada-mantis y Sarpedón.
Mientras tanto, en Fenicia, la familia de la princesa llo­raba desconsolada su pérdida. Cadmo, sintiéndose en la obliga­ción de actuar, decidió ir a buscar a su querida hermana, aun­que para ello tuviera que recorrer el mundo entero. Sin em­bargo, jamás logró descubrir el lugar donde Zeus la había es­condido e, incapaz de regresar a casa y enfrentarse al dolor de su padre, decidió fundar una nueva ciudad en Grecia: Tebas.

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El profeta tiresias

A Tiresias, una figura única de la mitología clásica, se le atribuía una sabiduría que sobrepasaba la de cualquier mortal, así como un conocimiento del futuro y de todos los aspectos de la condición humana sin igual. Tanto dioses como reyes deseaban beneficiarse de sus extraordinarias cualidades.

Tiresias no era un mortal corriente, pues había vivido siete vidas, durante las cuales fue tanto mujer y como hombre. Para su desgracia, se quedó ciego, aunque también adquirió el poder de la profecía.
La primera transtormación de Tíresias tuvo lugar en el monte Cilena, situado en el Peloponeso, donde tras encontrar­se a dos serpientes copulando, las golpeó con su bastón hasta herir de muerte a la hembra. Este hecho provocó la ira de Hera, quien, de forma instantánea, lo transformó en una mujer. Sie­te años después, vio a otro par de serpientes en idéntica situación, pero esta vez decidió asesinar al macho, y volvió a convertirse en hombre.
Transcurrido un tiempo, Zeus y Hera estaban discu­tiendo acerca de quién de los dos disfrutaba en mayor medi­da del acto sexual y, para resolver la disputa, decidieron con­sultárselo a una persona que hubiera experimentado el sexo como hombre y como mujer. La respuesta de Tiresias fue que, sobre diez, la mujer disfrutaba nueve, mientras que el hombre tan sólo una, una afirmación que enfureció tanto a Hera que cegó de inmediato al desdichado mortal. Zeus, en compensación, le otorgó el don de la adivinación y una larga vida.
Tiresias alcanzó entonces gran fama por su habilidad para predecir el futuro. Anfitrión y Alcmena, los padres de He­racles, le pidieron su opinión acerca de la concepción del céle­bre héroe, y brindó consejos decisivos a los soberanos de Tebas durante dos asedios sucesivos. Según el dramaturgo Sófocles, fue Tiresias quien reveló a Edipo, rey de Tebas, que había mata­do a su padre sin darse cuenta.
Los poderes de Tiresias continuaron tras su muerte, pues al llegar a las sombras del Hades, se le permitió conservar el don de la palabra y del entendimiento, lo que le permitió continuar su función como profeta. En la Odisea, Homero na­rra cómo Odiseo acudió a él en el reino de los muertos para conocer el resultado de su viaje de vuelta a casa.

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El lenguaje de los animales

Un día, un joven curandero llamado Melampo fue a la corte del rey Preto Tirinto. Melampo era una persona de extraños dones que era capaz de comprender el lenguaje de los animales, lo que le permitió curar la impotencia del hijo de otro rey, Filaco.

Cuando Filaco pidió a Meleagro que curara a su hijo, de nombre Ificlo, sacrificó a dos toros en honor a Apolo, y cuando dos buitres acudieron para alimentarse de los restos, oyó la conversación que mantenían.
Recordaban que, en cierta ocasión, cuando Iflico toda­vía era un niño, habían visto a Filaco castrando carneros en ese mismo lugar. El rey se dirigió hacia el niño con el cuchillo ensangrentado e Iflico se asustó, pensando que él también iba a ser castrado. El rey clavó entonces el cuchillo en un árbol cercano para consolar a su hijo, pero el miedo lo había dejado impotente. Los buitres le dijeron que Iflico podría curarse si se extraía el cuchillo del árbol, se raspaba la sangre del carne­ro y se la daba a beber a Iflico. Melampo llevó a cabo la suge­rencia de los buitres y curó a Iflico.
Entretanto, Preto también sufría con sus propios pro­blemas sus tres hijas vagaban por las montañas asaltando a los viajeros. Melampo pudo encontrarlas y purificarlas, y se casó con una de ellas. Lisipe, por lo que heredó el reino de Preto tras la muerte de éste.

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El héroe de troya

Desde nuestra mentalidad moderna, Aquiles es una egocéntrica máquina de matar, mientras que el troyano Héctor resulta una figura más atractiva al preocuparse por el destino de su familia y de su país.

Tras agotar todas las opciones para instaurar la paz, Héctor se resignó a entrar en una guerra que sólo podía acabar en desastre. Lideró con gran valentía a los troyanos logrando que los invasores griegos volvieran a sus barcos, y se enfrentó cara a cara con el gran amigo de Aquiles, Patroclo. Tras matarlo, se convirtió en objeto de la mortífera ira del héroe griego, en cuyas manos encontró la muer­te con la ayuda de la diosa Atenea, enemiga acérrima de Troya.
Dos escenas de la Ilíada, el célebre poema épico sobre la guerra compuesto por Homero, añaden una nota de patetismo a la muer­te de Héctor. Una es la despedida de su esposa Andrómaca y de su joven hijo. Cuando intenta besar a este último para despedirse, el pequeno se echa para atrás, aterrorizado por el casco de bronce, con su cresta de pelo de caballo. Sonriendo, Héctor se quitó enton­ces el casco para mostrar su rostro así poder estrechar entre sus brazos a su querido hijo.
La otra escena hace referencia a un momento de debilidad del héroe. Cuando Aquiles se enfrenta a él en solemne duelo, sufre una crisis nerviosa y huye de su adversario, quien lo persi­gue junto a las murallas de Troya. Al poco tiempo, Héctor se arma de valor y se enfrenta a su perseguidor para dirigirse con dignidad hacia su vaticinada muerte. Es posible que ese mo­mento de debilidad, inimaginable en su poderoso adversario, no haya aumentado su reputación como guerrero, pero en cambio le otorga una dimensión humana de la que sin duda carece su resuelto oponente.

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