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viernes, 5 de octubre de 2012

Un heroe de las montañas sagradas

El héroe épico, o bogatyr, Svyatogor, un guerrero con una fuerza y un coraje en apariencia sin igual, dio con la horma de su zapato cuando menos se lo esperaba. Esta leyenda procede de uno de los primeros ciclos que existen de las byliny, o canciones, que con-memoran a los míticos «héroes ancianos».

Un día, Syvatogor se preparaba para iniciar un largo viaje por las estepas. Mientras colocaba su silla de montar favorita, silbaba una melodía familiar y acariciaba a su corcel. Luego lo mon­tó y se marchó al galope.
Se sentía lleno de vida. Apretaba con sus manos las riendas; se reía orgulloso de su propia fuerza, cuando miraba la inmensa planicie y gritaba alardeando de que era lo sufi­cientemente fuerte como para levantar la Tierra simplemen­te con las manos.
Un día, en el suelo, vio una alforja. Movido por la cu­riosidad, detuvo el caballo e intentó levantar la alforja con el mango de la fusta, pero no lo consiguió. Luego se agachó y probó levantarla con el dedo, pero era tan pesada como una roca. Todavía en su silla de montar, intentó sin éxito despla­zar la misteriosa alforja con una mano. Entonces Svyatogor se rió, ya que se percató de que la bolsa estaba encantada, lo que suponía todo un reto.
Tras saltar del caballo, agarró la alforja con las dos ma­nos. Resoplando por el esfuerzo, pudo levantarla hasta la altura de las rodillas, pero, al mirar hacia abajo, vio que se había hun­dido en la tierra y que la alforja seguía repo­sando sobre el suelo. Los brazos se le llenaron de gotas, que no eran más que las lágrimas de sangre que caían de sus ojos. Svyatogor intento salir trepando, pero estaba atrapado, retenido por arte de magia por el suelo pegajoso. Transcurrido un tiempo, su fiel caballo lo abandonó. El bogatyr se arrepintió amargamente de su fanfarronería. Y allí, en ese solitario lugar, el gran guerrero en­contró su muerte, mientras se consu­mía lentamente bajo un cielo aje­no a sus súplicas.

0.008. anonimo (eslavo)

Los reacios hombres lobo

los brujos mutantes, u oboroten, unas figuras muy populares en la mitología eslava, podían adoptar prácticamente cualquier forma: la de una piedra, un almiar o un ovillo, o incluso la de un animal. Sin embargo, no todos deseaban ser partícipes de estas transformaciones.La palabra oboroten se utilizaba también para referirse a aquellos cura apa­riencia había cambiado en contra de su voluntad por el hechizo de al­gún brujo. No eran seres malévolos, sino las trágicas víctimas de la magia diabólica. Y el más popular de estos mutantes era el volkodlak, también conocido como hombre lobo.
De hecho, existen numerosos ejemplos en la tradi­ción eslava de hombres lobo reacios a serlo. Cuenta una le­yenda polaca que un joven fue una vez amado por una bruja, pero despreció su amor apasionado, sin imaginar el peligro que, a partir de ese momento, correría. Un día, mientras su ganado pastoreaba en el bosque, decidió cortar un poco de leña, pero cuando levantó el hacha vio cómo sus manos se ha­bían convertido en garras delante de sus propios ojos. Sin po­der hacer nada, sus uñas se convirtieron en zarpas y por todo su cuerpo empezaron a aparecer grandes mechones de pelo. Cuando corrió hacia sus vacas con la intención de regresar a casa rápidamente, éstas salieron en estampida horroriza­das. Quiso llamarlas para que volvieran, pero sólo pudo aullar. Para su horror, se dio cuenta de que se había convertido en un solitario hombre lobo.
En Bielorrusia, se cuenta que una vez un desairado bru­jo arruinó todo un banquete de bodas al no dejar que nadie se marchara con la apariencia con la que había llegado. El novio y otros invitados se convirtieron en hombres lobo, y las muje­res en cotorras parlantes (la cotorra se ha vinculado a menudo con la brujería). La novia, a quien dejaron para el final, se con­virtió en cuco, tras lo cual buscó a su esposo desesperadamente por todo el mundo, intentando encontrarlo con un llanto me­lancólico y monótono.

0.008. anonimo (eslavo)

La madre muerta


El vampiro era muy diferente al Drácula de la ficción popular. Más que un vengativo espectro del terror, podía ser un desgraciado espectro perdido por los caprichos del destino. Y, como se muestra en el siguiente relato, no era siempre un hombre.

Una joven pareja vivía felizmente unida y era la envidia de todos por el amor que se profesa­ban el uno al otro. Pronto, la mujer dio a luz a un niño sano y fuerte, pero a las pocas horas de su nacimiento, la pobre mujer murió. Su marido, desola­do por la pérdida de su esposa, se angustió pensando en el futuro del bebé: aunque pudiera ofrecerle todo su amor, necesitaba la leche y la ternura de su madre, algo que él no podía ofrecerle.
Una anciana se hizo cargo del niño, pero éste no co­mía nada de lo que la mujer le ofrecía; no le apete­cía leche a lo único que hacía era llorar y llorar. Sin embargo, con el paso del tiempo fue creciendo y durante un breve período sus quejas cesaron.
Una noche, el padre del niño decidió vigilar para ver qué estaba ocurri-endo y se tum­bó como si fuera a dormir, con una vela junto a la cama, con la llama oculta en un recipiente de barro.
Durante algunas horas lo único que pudo oír fue el incesante llanto del niño, pero al llegar la medianoche, la puerta se abrió con un crujido y una oscura silueta se coló dentro. La misteriosa figura se dirigió hacia la cuna donde el bebé no paraba de quejarse, tomó al pequeño y éste se quedó tranquilo y en silencio.
El padre destapó la llama de la vela y descubrló la visión que menos podía imaginar: allí estaba sentada la madre incier­ta, dando el pecho tranquila-mente a su hijo. Cuando vio la vela, alzó la vista con tristeza, pues no podía soportar su luz, y se marchó de la habitación en silencio mientras miraba hacia atrás. Más tarde, el padre se acercó a toda prisa a la cuna y en­contró a su bebé muerto.

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La ciudad de las almas perdidas

En las leyendas eslavas, espíritus vengativos podían asolar ciudades enteras, así como individuos y viviendas, y, como muestra este relato de la ciudad de Slavensk, podían llevar a las personas a realizar desesperados sacrificios.

Hace mucho tiempo, los esclavos del valle del Danubio fundaron la ciudad de Slavensk. Sin embargo, cuenta la leyenda que fue erigida sin las ofrendas a los rituales que solían hacerse para congraciarse con los espíritus. A los pocos años, la ciudad fue devastada por una plaga y los supervivientes decidieron volver a erigir la colonia, esta vez ofreciendo oraciones y sacri­ficios que garantizaran su prosperidad en el futuro.
Una mañana, enviaron mensajeros en todas direcciones con la misión de traer la primera criatura con vida que encontra­ran con la finalidad de sacrificarla para propiciarse la voluntad de los espíritus. Después de un breve período, uno de los enviados volvió con un niño pequeño. La pena no influyó en la determi­nación de los más ancianos, quienes no estaban dispuestos a omi­tir ninguna parte del rito. Así, el niño fue quemado vivo bajo los cimientos de la nueva ciudad, que fue bautizada con el nombre de Dyetinets. Sin embargo, la mala suerte de la primera ciudad persistió, hasta que un día Dyetinets fue consumida por las lla­mas. Sus aterrorizados habitantes supieron entonces que debían abandonar el lugar en busca de un nueva ciudad, la cercana Nóvgorod, que finalmente los liberó de sus desgracias y prosperó durante numerosas generaciones.

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El zorro sanador

Esta versión macabra del tema de Jack y las habichuelas mágicas gira en torno a un poderoso árbol del cielo, que en la antigua mitología eslava estaba vinculado a la tierra y al cielo, y era la clave de la creación.

Una vez, un anciano plantó en su sótano un repollo, que, para sorpresa de todos, tuvo que hacer un agujero primero en el suelo de su peque­ña casita y luego en el techo, hasta que el sorprendente tallo alcanzó el cielo. Curioso por descubrir adónde conducía, el anciano trepó por el hasta llegar a una tierra extraña.
Allí se encontró un molinillo de mano, del cual salió mi pastel de carne, una tarta y una olla de avena. El anciano se atiborró de comer y se fue a dormir para descansar. Luego bajo por el tallo del repollo para contarle a su esposa lo que había encontrado.
Sorprendida ante tan extraña historia, la anciana insistió en ver la planta con sus propios ojos. Sin embargo, era demasiado débil pena trepar por el tallo, así que de­cidieron que se metiera en un saco, que el hombre agarraría con fuerza con sus dien­tes, y así tendría las manos libres para el arduo ascenso.
Cuando se aproximaban a las nubes, la anciana preguntó si les quedaba mucho más por trepar, pero cuando el marido intentó contestar se le soltó el saco de entre sus dientes y cayó en picado al suelo. Cuando el hombre bajó por el tallo, descubrió que su esposa estaba muerta.
En ese preciso momento, pasó por allí un zorro que le ofreció devover la vida a su esposa. Cuenta la leyenda que todo lo que el marido tenía que hacer era colocar a su esposa en la sauna y avivar el fuego hasta que la estancia estuviera bien caliente, y luego esperar en el exterior mientras el zorro realizaba su obra.
El hombre siguió las instrucciones que le había dado el misterioso animal, y esperó pacientemente durante varias horas. Por fin llegó el zorro y le dijo que ya podía abrir la puerta de la sauna y echar un vistazo a su esposa. Al hacerlo, el zorro se marchó corriendo, y se rió con maldad, y para su terror, el esposo entendió el motivo: todo lo que quedaba de su amada esposa era una pila de huesos bien roídos.

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El zar medved, rey de los osos

En la tradición eslava, el oso estaba asociado con el trueno, un vínculo que bien pudo basarse en la pasión de este animal por la miel, el alimento de los dioses. En este extraño relato, el zar Medved, rey de los osos, compite con un halcón, un águila y un becerro.

El zar Medved era un poderoso soberano que gober­naba sus dominios con toda su fuerza y poder. Una vez exigió un cruel tributo de un rey humano al pedirle que su hijo e hija vivieran con él como sus esclavos para que le permitieran cualquier capricho.
El soberano se negó a aceptar este acuerdo e intentó es­conder a sus amados hijos en un lugar seguro, pero el rey de los osos los encontró muertos de miedo en su escondite subterrá­neo y se los llevó a la fuerza.
Sin embargo, al día siguiente, un halcón salió a cazar y vio a los niños sin vigilancia en la guarida del zar. El ave bajó en picado y, tras tomar al príncipe sobre su ala derecha y a la prin­cesa sobre la izquierda, se marchó volando para entregárselos a su padre.
El oso miró hacia arriba y vio cómo el halcón esca­paba con sus preciados prisioneros. Bramó lleno de ira y se golpeó la cabeza violentamente contra el suelo. La tierra tembló a muchos kilómetros a la redonda y un relámpago recorrió el cielo hasta alcanzar las alas del halcón, que se vio obligado a dejar caer a los pequeños.
A la mañana siguiente, el oso salió de nuevo y esta vez lo vio un águila, que bajó en picado y liberó a los príncipes, pero, cuando volaba con ellos en busca de un lugar seguro, fue también abatido por un rayo arro­jado también por el iracundo zar.
Sin embargo, el tercer día, un becerro se encontró a los niños solos, los montó sobre su lomo y se fue galopando hacia la fortaleza. Medved oyó cómo se marchaban, y bramó y gritó lleno de rabia; sin embargo, el becerro lo ignoró y siguió avan­zando con el príncipe y la princesa sobre su lomo. El rey de los osos arrojó entonces sus rayos, pero rebotaron en la piel del be­cerro sin causar daño alguno; la tierra se estremeció, pero la bestia siguió avanzando impertérrita y logró llevar a salvo a los príncipes.

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El zar del mar

Este popular relato cuenta la historia de Sadko, un humilde ciudadano de Nóvgorod cuya única posesión era un instrumento tradicional similar a un arpa llamado gusli. En sus manos, este simple instrumento creaba una música llena de encanto.

Un día, Sadko se encontraba sentado junto al lago Ilmen to­cando el gusli cuando se percató de una turbulencia en el agua. Las olas se separaron, y allí, frente a el, apareció Mors­koi, el Zar del Mar, quien le agradeció sus melodías y le pi­dió que arrojara una red dentro del lago. Sadko siquió sus instrucciones y recogió un fantástico tesoro.
Al cabo de algunos años. Sadko, que se había covertido en un acaudalado mercader, estaba viajando por el mar Caspio, cuando su barco se detuvo de forma repentina. Los temerosos miembros de la tripulación echaron las cartas para ver quién de los que se encontraban a bordo podía ser el causante del desastre, y a Sadko le tocó la carta más baja. El comer­ciante confesó entonces que durante años se había olvidado de cumplir su deuda con el Zar del Mar. Cuando se enteraron de esto, los navegantes lo arrojaron por la borda, y, justo en ese instante, un enérgico viento izó las velas y partieron de nuevo.
El mercader se hundió en el lecho marino, donde se encontró con Morskoi, quien le dijo que llevaba doce años esperando oírlo de nuevo. Entonces le pidió que tocara para volver a cautivar su corazón. Sadko tomó su gusli e interpretó una bonita melodía. Morskoi bailaba embelesado, provocan­do tormentas en muchos kilómetros a la redonda. El feliz rey del mar le ofre­ció entonces a Sadko que eligiera a una de sus treinta hijas para convertirla en su esposa, pero la mujer del Zar le aconsejó que eligiera a la mas sencilla, Chernava, y le advirtió de que no la besara. Sadko hizo lo que le habían dicho y a la mañana siguiente se despertó en las suntuosas riberas del río Cher­nava, en Novgorod, donde muy pronto se reuniría con su amada esposa.

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El rehén feliz

Los leshii, en las leyendas eslavas, eran los guardianes del bosque, espíritus de los árboles que inspiraban respeto y miedo. Capaces de cambiar de forma, adquirían la apariencia de inofensivos ancianos, pero si se sentían amenazados, podían aumentar de tamaño, sembrando el terror a su alrededor.

Un día, una niña deambulaba por el bosque y desapareció. A pesar de los enormes esfuerzos de su familia por encontrarla, no lo consiguieron y al final tuvieron que darla por muerta.
Transcurrieron tres años hasta que un cazador fue a pa­rar al mismo lugar del bosque en el que la niña se había extra­viado y allí, sobre un tronco del camino, vio a una extraña figu­ra. Al ver sus brillantes ojos, cayó en la cuenta de que se trataba de un leslii, levantó el arma y disparó. Entonces observó cómo la misteriosa figura caía y se arrastraba en dirección a la maleza, así que el cazador la siguió.
Sus huellas lo condujeron a una cabaña situada en un claro, y en su interior encontró al leshii muerto, con una joven llorando junto a él. Cuando el cazador le preguntó quién era, ella lo miró desconcertada. Tras llevarla con él al pueblo, sus padres la reconocieron como la hija que habían perdido tiempo atrás.
Al principio, la chica no entendía nada de lo que le decían, ya que había borrado todo recuerdo del pasado. Sin embargo, con el tiempo, recuperó la memo­ria y, con ella, su entusiasmo por la compañía huma­na. Se casó con el cazador que la había encontrado y la pareja vivió feliz durante numerosos años.
Cuando se hicieron mayores, fueron a deambu­lar por el bosque en busca de la cabaña en la que había estado confinada durante tanto tiempo.
Pero, por más que buscaron, no lograron encon­trarla: se había esfumado como si nunca hubiese existido.

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El porqué del rápido fluir del dnieper


Hace mucho, mucho tiempo, los ríos Volga, Dvina y Dniéper eran unos pobres niños huérfanos que tenían que trabajar duro en los campos para poder alimentarse. Un día, Dniéper y sus hermanas Dvina y Volga decidieron transformarse en ríos para escapar de sus monótonas vidas.

Estuvieron deambulando durante tres años hasta que por fin encontraron una ciénaga que parecía un buen punto de partida para los tres grandes ríos, y se prepa­raron para dormir con la intención de empezar sus nuevas vidas al día siguiente. Sin embargo, Volga y Dvina deseaban adelantarse a su hermano y en cuanto escucharon sus ronquldos encontraron una suave pendiente y se alejaron con la corriente.
A la mañana siguiente, Dniéper no encontró ni rastro sus hermanas. Tras montar en cólera, decidió salir a buscar­las y corrió todo lo rápido que pudo. Pero entonces cayó en la cuenta de que las alcanzaría antes si avanzaba entre las riberas, ya que ningún hombre a pie podía dejar el río atrás con vida. Pisando el suelo con todas sus fuerzas, se convirtió en una corriente.
Su rabia le otorgó una podero­sa fuerza que le permitió abrir­se paso entre las riberas y descender las empinadas pendientes donde se forman los rápidos. Sus hermanas, al enterarse de que las estaba buscando, se separaron a toda prisa y se dirigieron al mar. Dniéper se relajó cuando se aproximaba a la ori­lla y fluyó con suavidad hacia las aguas del mar Negro.

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El granjero desagradecido

Aunque el domovoi se consideraba el más benevolente de los espíritus domésticos, su comportamiento no se podía predecir. Pasar por alto su influencia a la hora de favorecer la suerte de una familia era poco sensato, pero rechazarlo era una locura, como sugiere este relato.

En las afueras de la ciudad de Kupiansk, en la pro­vincia ucraniana de Kharkov, vivía un joven cam­pesino. Era trabajador e independiente, hasta el punto de la tozudez, y siempre tenía presente la ayuda recibida en la granja, las ventajas que sus ancestros le habían legado e, incluso, de su domovoi.
Muy pronto, comenzó a sentir que le faltaba espacio en la casa en la que su familia había vivido durante generaciones y se planteó mudarse a otra que había construido en las proxi­midades, pero ni se le pasó por la cabeza invitar a su domovoi a que se mudara con él. Sin pensar en el pasado ni en el futu­ro, demolió su antigua casa y cortó la madera para hacer leña.
Desde el inicio, la mudanza resultó un desastre: las co­sechas se marchitaban en los campos, el ganado enfermaba en los establos, y el propio granjero comenzó a sufrir achaques. Toda su fortuna se fue perdiendo poco a poco.
Un noche pasó junto al lugar de su antigua casa. Des­de el montón de cenizas que reposaban donde un día estu­vo la cocina, se oía una voz llorosa que se quejaba de cómo sus antiguos ocupantes habían abandonado a su abuelo. Asus­tado y, a la vez, extrañado, quedó conmovido por la mística voz, y se marchó pensando qué significado podría tener lo que la voz había dicho. Luego acudió a los ancianos del pue­blo para preguntarles de qué forma podría apaciguar a su antiguo domovoi.
Siguiendo sus consejos, una noche volvió a la pila de cenizas con una ofrenda de pan y sal y le rogó al domovoi que se fuera a vivir con él a su nueva casa. A partir de entonces, nunca volvió a mirar atrás. Su salud se recuperó, al igual que el estado de su granja. Una vez más, su casa prosperó gracias a la mano protectora del domovoi.

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El carpintero, perun y el demonio

La deidad más importantes del panteón de la Rusia precristiana era Perun, el dios del trueno y de la guerra. En este cuento popular de la era cristiana, se convierte en el compañero del demonio y de un humilde carpintero.

Los tres encontraron un lugar donde vivir en el bos­que, y el carpintero construyó una cabaña. Comen­zaron a cultivar hortalizas hasta que una noche apareció un ladrón que se llevó todos los nabos. A la siguiente noche, Perun espero la llegada del ladrón y, tras oír el chirrido de las ruedas de un carro, se adentró en la oscuridad, pero fue alcanzado por una fusta y cayó de rodillas. El diablo se burló y prometió vengarse, pero a la noche siguien­te él también fue golpeado por el misterioso bellaco.
La tercera noche, el carpintero esperó en el mismo lugar, sentado con un violín como única arma. A medianoche comenzó a tocar una melodía muy popular y apareció el ladrón, una anciana, que le pidió que le enseñara la melodía.
El carpintero le prometió a la hechicera que haría que sus dedos fueran lo suficiente­mente suaves como para tocar las notas. Tras conducirla a un árbol que había cortado con un ha­cha, colocó las manos de la bruja en la grieta y luego retiró la cuña de un golpe, de modo que le dejó los dedos atrapados. Una vez hecho esto, le hizo prometer a la bruja que no volvería a la cabaña y entonces se la llevó en su carro, que más tarde se quedaría para su uso personal.
Perun, el demonio y el carpintero decidieron sepa­rarse, pero, como los tres deseaban permanecer en la cabaña, acordaron celebrar una competición, en la que el ganador sería aquel que fuera capaz de asustar a los otros dos. En primer lugar actuó el demonio, que provocó un furioso viento. Perun huyó, pero el carpintero no se movió. La noche siguiente Peru desató un a ensordecedora tormenta y, en esta ocasión, el demonio se esfumó, pero el carpintero permaneció sentado tranquilamente.
Cuando le llegó el turno, el hombre se dirigió a la caba­ña en el carro de la bruja, burlándose del fracaso de los otros dos. El demonio y Perun huyeron y no volvieron nunca; así, el carpintero pudo disfrutar de una vida feliz en solitario.

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El campesino y los santos


Famoso por su bondad, san Nicolás fue la inspiración de la célebre figura de Santa Claus. En este cuento popular ruso, su clemencia contrasta con la rabia del profeta Elías, que, en la doble fe de la Rusia medieval, fue identificado con el dios pagano de la tormenta.

Había una vez un cam­pesino que sentía gran devoción por san Nicolás, pero en cambio no solía en­contrar tiempo para el profeta Elías. Con gran devoción, solía encender una vela ante el icono de san Nicolás el día de la festi­vidad del santo, pero cuando llego el día consagrado a Elías; se fue a sus nego­cios como hacía habitualmente, sin prestar atención a la festividad. Furioso ante la impertinencia del campesino, el profeta le prometió a san Nicolás que mandaría tormentas de granizo y rá­fagas como relámpagos para destruir las cosechas del campesino.
El santo se dirigió entonces al campesino y le advirtió que vendiera sus cosechas al sacerdote de la iglesia del pue­blo erigida en honor a Elías. El campesino hizo lo que le dijo y, en una semana, una tormenta de granizo destruyó los cultivos.
Elías alardeaba frente a san Nicolás de haberse vengado del irrespetuoso campesino, pero el santo le comentó que en realidad el perjuicio no había sido para aquél, sino para su propio sacerdo­te, quien hacía poco había adquirido las tierras de cultivo. Enton­ces Elías prometió devolver al campo su antigua gloria. Al oír esto, san Nicolás le dijo al campesino que volviera a comprar su campo de cultivo. El sacerdote, como era de esperar, aceptó vendérselo de buen grado.
El profeta envió luz del sol y suaves lluvias, y en el campo floreció una nueva cosecha de centeno. Pero cuando supo que le habían engaña­do, se enfureció y prometió que, por muchas maravillas que el campesino plantara en la era, no producirían ni un solo grano.
Entonces. el santo le dijo al cam­pesino que trillara las gravillas de una en una, de manera que al hacerlo pudo acumular una gran reserva de grano. Cuando Elías vio esto, se dio cuenta de que san Nicolás había estado ayu­dando al campesino, y esta vez se negó a contarle al santo cuál era su siguiente plan. Pero éste le dio al campesino un último consejo.
Al día siguiente, Elías y san Nicolás, disfrazados de pere­grinos, se encontraron con el campesino en un camino cercano a sus cultivos, portando una vela grande y otra pequeña. Cuan­do el santo le preguntó adonde iba, el hombre contestó que te­nía intenciones de encender una enorme vela frente al icono del profeta, por haberle concedido una cosecha tan maravillosa, mientras que la pequeña estaba destinada a san Nicolás. La ira de Elías por fin se vio aplacada y, apartir de ese día, el campesino rindió honores a ambos santos y vivió una vida feliz y tranquila.

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Dobrynya y el dragón


Dobrynya personificaba a simple vista todas las cualidades del héroe cristiano, y su combate con el temible dragón Gorynych a menudo se ha interpretado como una lucha en contra de la oscuridad pagana. Sin embargo, distaba mucho de ser el héroe perfecto.

Un caluroso día de verano, mientras Dobrynya se bañaba en las aguas del Puchai, los cielos se abrieron para arrojar a un enorme dragón con tres cabezas y siete garras de cobre. La bestia, de nombre Gorynynch, habló: había oído hablar mu­cho de Dobrynya y de que su destino era saltar a su pueblo dándole muerte a él, pero se proponía demostrar quién era realmente el héroe. Entonces, Dobrynya le contestó desafiante que primero debería salir victorioso antes de alardear y, tras agarrar el sombrero que había dejado en la orilla, lo llenó de arena y utilizó el ala a modo de cuchilla, con la que cortó una de las cabe­zas al dragón. Cuando se disponía a cortarle las otras dos, la bestia le rogó clemencia, prometiéndole que no volvería a causar ningún daño a Rusia ni a sus habitantes.
Era tal la honradez de Dobrynya que no dudó ni por un momento que Gorynynch no cumpliera su promesa. Sin embargo, unos días después, oyó que el dragón había secuestrado a Zabava Putatishna, la sobrina del príncipe Vladimlr de Kíev. Éste quedó horrorizado ante la benevolencia de Dobrynya con el dragón, y le ordeno que fuera a las montañas donde Gorynynch tenía su guarida: esta vez debía asesinar al dragón y regresar con la princesa Zabava.
Tras un prolongado y arduo v¡aje, el guerrero encontró por fin la morada de Gorynynch. El hombre y la bestia mantuvieron una lucha que duró tres días y tres noches y, finalmente, el primero dio muerte al dragón. Al instante, se dirigió a su guarida y encontró a la princesa Zahava junto a cuarenta cautivos que llevaban encadenados allí varias generaciones. Todos lo siguieron sin poder abrir los ojos por la intensa luz del sol y Dobrynya se convirtió en el gran héroe de Rusia.

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Baba iaga y el joven valiente


A pesar del terror que infundía, Baba Iaga, la bruja que moraba en el bosque, no siempre derrotaba a sus adversarios. De hecho, en algunas historias se burlaban de ella con facilidad, como muestra este relato de un joven que vivía con un gato y un gorrión.

Un día, el gato y el pájaro se fueron al bosque en busca de madera, no sin antes advertir al joven que, si aparecía Baba Iaga, no debía decir nada. Al poco tiempo, llegó la bruja y hurgo por los cajones de la cocina. El joven se quedó en silencio hasta que vio cómo la misteriosa figura agarraba una de sus cucharas y rompió a llorar por el enfado. Baba Iaga se dio cuenta de su presencia y se lo llevó con ella. El joven entonces pidió ayuda al gato y al gorrión, quie­nes, después de numerosos picota­zos y mordiscos, lograron liberarlo.
Al día siguiente, volvieron a salir al bosque y dejaron al chico solo tras darle el mismo consejo. Pero, una vez más, gritó al ver cómo la bruja contaba las cucharas De nuevo lo secues­tró y el chico tuvo que ser liberado otra vez.
Sin embargo, al ocurrir lo mismo el tercer día, el joven no corrió igual suerte: mientras Baba Iaga se lo llevaba, de nada sirvieron sus gritos, ya que sus amigos estaban lejos y no pudie­ron oírlo. La anciana se lo llevo a su casa, donde le dijo a su hija mayor que lo asara mientras iba a hacer un recado. Cuando le pidió que se tumbara en el recipiente del horno, el joven fingió no entender lo que le decía.
-¿Cómo me tengo que po­ner? -preguntó.
Exasperada ante su estupi­dez, la mujer se metió en el reci­piente para mostrárselo ella misma.
Entonces, el joven la empujó dentro del horno y cerró la puerta: quedó asada y crujiente. Utilizó el mismo truco con la se­gunda hija de la bruja y, cuando la más joven tuvo igual destino, Baba Iaga supo que te­nía que haber hecho el trabajo ella misma.
Sin embargo, se tragó el engaño del jo­ven y también acabó asada en el horno.

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