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domingo, 7 de octubre de 2012

Tot y el ojo de horus


El encarnizado conflicto entre Horus y Set se prolongó durante numerosas décadas. Por un lado, era una lucha en la que un hijo deseaba vengarse del asesino de su padre y, por otro, se trataba de una lucha cósmica para restablecer el orden universal.

Venido al mundo con el conocimiento de que su padre Osiris había sido asesinado por Set, Horus fue destinado a convertirse en un re­presentante de la venganza divina. Desde su primera tase de madurez, dedico todos sus esfuerzos para que se hiciera justicia con su malvado tío y se restableciera el or­den del mundo.
La competencia entre los dos dioses, uno en la flor de su juventud y el otro con un poderoso ingenio y una enorme fuerza, fue épica, y se prolongó durante numerosas décadas. Hubo una vez en la que Horus, con la ayuda de su madre Isis, estaba a punto de asesinar a Set cuando su progenitora, en un repentino gesto de bondad, intervino con su misericordia para salvarle la vida. En el frenesí de la lucha, Horus dirigió su cólera hacia su madre y la atacó salvajemente, lo que provocó la ira de los otros dioses. Batiendo con fuerza su cuchillo de cobre, logró incluso cortar la cabeza a su madre, pero al tratarse de la diosa de la magia, ésta, al poco tiempo, pudo reparar el daño.
Avergonzado por su actuación, Horus huyó hacia el desierto mientras los dioses peinaban la Tierra en su busca. Fue Set quien lo encontró, descansando junto a un oasis. Su anti­guo enemigo tomó la forma de un jabalí negro para lanzar su ataque. Antes de que Horus supiese lo que estaba ocurriendo, Set le había arrancado el ojo izquierdo y lo había lanzado más allá de los confines del mundo, a lo que Horus contraataco arrancándole a Set uno de sus testículos. Dado que los dos oponentes eran dioses, las heridas tenían con-notaciones cósmicas: el ojo izquierdo de Horus era la Luna, razón por la que su luz se había perdido en el mundo, mientras que la castra­ción parcial de Set se utilizó más tarde para explicar la infertili­dad del desierto, con la que se le vinculó desde los primeros tiempos.
Mientras tanto, en ausencia de la luz de la luna, la Tierra se sumió en la mas pro­funda de las oscuridades todas las noches. Ante la amenaza de un desastre inminente, el sabio Tot, con su cabeza de ibis, fue en su búsqueda, para lo cual recorrió el caos más allá de los confines del mundo hasta encontrar el ojo perdido. Éste se había hecho añicos con la caída, pero Tot volvió a unir las piezas y se lo devolvió a su dueño, lo que permitió que el cielo de la noche se iluminara de nuevo. El ojo de Ho­rus fue más tarde representado por el amuleto wedjat, un símbolo protector contra los pode­res del mal.

0.034. anonimo (egipto)

Siosiri y el hechizo de nubia


Un día, un altivo nubio se presentó ante la corte de Ramsés II de Menfis y desafió a los mejores eruditos de Egipto, poniendo a prueba sus habilidades para la magia. Alzando un pergamino sellado ante el rey, preguntó: «¿Puede alguien de los aquí presentes leer esta carta sin abrirla?».

Perplejo por el reto del nubio y temeroso de quedar en evidencia, el faraón mandó llamar al príncipe Setne, el más instruido de sus hijos. Éste también estaba desconcertado, pero en lugar de aceptar una derrota, solicitó diez días de gracia para estudiar el problema.
No tenía ni idea de cómo leer tan extraña carta, por lo que se quedo en casa in­tentando dar con la respuesta. Cuando su joven hijo Siosiri intentó reconfortarlo, dijo:
-Sólo tienes doce años. Un niño no me puede ayudar con esto.
Sin embargo, el pequeño logró que su padre le explicara todo. 
-Pero eso es sencillo -dijo el niño sonriendo. ¡Yo puedo hacerlo! 
-Y le pidió a Setne que le trajera el pergamino. Como el niño había prometido, fue capaz de leerlo mientras su padre lo mantenía enrollado.
Al día siguiente, Siosiri y su padre se reunieron con el faraón Y con el arrogante nubio. El niño procedió a leer el pergamino sellado ante la sorpresa del nubio.
Se trataba de un cuento ambientado en un pasado remoto, en el que el príncipe de Nubia había empleado los poderes del brujo Sa-Neheset para atraer con argucias al faraón a la corte nubia. Éste recibió allí una brutal y humillante paliza y el faraón, en contrapartida, recurrió a la magia de su principal brujo, Sa-Paneshe, de manera que la lucha entre las dos naciones se convirtió en un duelo encarnizado entre los dos grandes brujos, que Sa-Paneshe finalmente ganó. El joven Siosiri llegó al final de su lectura.
-Ahora, mi rey -dijo el chico, puedo decirle por qué está aquí este nubio. Se trata de Sa-Neheset, que ha vuelto a nacer. Pero yo también he renacido: ¡soy Sa-­Paneshe y lo reto una vez mas!
Durante horas, los hechiceros lucharon mediante conjuros. Al final, Siosiri (o Sa-Paneshe) envió un conjuro de fuego que el adversario no pudo soportar, y Sa­-Neheset se consumió por las llamas.

0.034. anonimo (egipto)

Set, dios del desorden


Al principio de los tiempos, Set era adorado en su centro de culto, Naqada, y debido a su vinculación con las espantosas tormentas de arena del desierto de la región, era importante apaciguarlo. En última instancia, se convirtió en el dios del desorden y el caos.

Al igual que la mayoría de los dioses egipcios, Set solía representarse con la cabeza de un animal, por lo gene­ral como un enorme y extraño monstruo, una criatura imaginaria vagamente similar a un oso hormiguero. En ocasiones se le representaba como uno de los ani­males considerados «impuros» por los egipcios, como son el hipopó­tamo y el cerdo.
En su condición de dios del desorden, era enemigo de Horus y el mundo organizado con el que se identificaba a este úl­timo. Esta enemistad, de hecho, formaba parte del orden egipcio. una oscuridad frente a la que la luz divina podía brillar.
A pesar de su villanía, los antecedentes de Set eran impe­cables como hijo de la diosa del cielo Nut, compartía el estatus de su hermano Osiris y de sus hermanas Isis y Neftis (la última fue, ademas, una de sus esposas).
De hecho, su fuerza y rango entre los dioses le va­lieron el apoyo de Ra durante gran parte de su amarga lucha contra Horus. Tras su derro­ta en la Tierra, viajó con el dios del sol du­rante las horas de la noche, defendiéndolo frente a la serpiente Apofis.
La inmensa fuerza de Set y su enér­gica sexualidad le aseguraron la devoción de, al menos, una minoría de morta­les. Aunque en raras ocasiones fue considerado un dios popular, tam­bién contaba con ciertos aspectos positivos uno de sus atractivos era precisamente que podía mantener alejado el mal tiempo. De hecho, esta faceta hizo que durante las di­nastías XIX y XX (1292-1075 a. C.) dis­frutara de un período de respeto y adoración.
Sin embargo, Set fue siempre un dios peligroso al que venerar. Durante las últimas di­nastías, se le caracterizó como el dios del daño y, en general, pasó a considerarse la personificación del mal.

0.034. anonimo (egipto)

Osiris, dios del más allá


La principal función de Osiris era reinar en el más allá, aunque también actuaba como dios de la fertilidad y de la agricultura. Al tratarse de una de las deidades más duraderas, fue adorado en Egipto como el benefactor de la muerte, el dios de la necrópolis y el garante de la resurrección.

Osiris era de vital importancia en la mi­tología egipcia. Como dios de la ferti­lidad, se consideraba la fuerza vital que subyace a todo. Sin embargo, al mismo tiempo, era el dios del más allá, y esta com­binación de características ha llevado a identificarlo con la resurección.
Dicha conexión aparece explicada en detalle en la mayoría de los mitos egipcios con mayor resonancia. En ello, se habla de un tiempo en el que Osiris regía el mundo de forma justa junto a su hermana y espo­sa Isis como consorte. Esta feliz situación provocó los celos del hermano del monarca, Set. De acuerdo con las versiones más conoci­das de la historia, construvó una caja de madera (de hecho, el primer sarcófago) con las medidas exactas de Osiris, y durante una celebración retó a los invitados a comprobar quién encaja­ba mejor en ella. Cuando llegó el turno de Osi­ris cerró la tapa, la ató con una correa y arrojó el féretro al Nilo.
Horrorizada ante el asesinato de su ma­rido, Isis se dispuso a buscar su cuerpo. Cuando por fin lo encontró, Set volvió a intervenir, esta vez des-membrando el cuerpo y esparciendo los pedazos por Egipto. Una vez más, Isis emprendió la búsqueda del cadáver y encontró trece de las catorce partes en que lo había desmembrado su hermano (todas ex­cepto el pene, ya que se lo había tragado un pez, por lo que Isis tuvo que crear uno de oro). Más tarde volvió a unir las extremidades esparcidas hasta dar forma a lo que sería la primera momia, y recu­rrió a sus conjuros mágicos para insuflarle vida. La pareja pudo estar junta el tiempo su­ficiente para concebir a Horus, y más tarde Osiris tuvo que volver de nuevo al más allá para llevar a cabo sus obligaciones como juez misericordioso de la muerte.
El foco principal del culto a Osiris era Abido, en el alto Egipto, donde, según la tradi­ción, se encontraba inhumada su cabeza. Algu­nos sacerdotes llegaron incluso a afirmar que la tumba del monarca de la primera dinastía, Dyer, que reinó hacia el año 2900 a. C., era, de hecho, el lugar donde Osiris estaba enterrado. Sin em­bargo, el dios fue también descrito como «el que mora en Heliópolis», que era el lugar de culto central de Ra, por lo que quedó vincula­do con el dios del sol.

0.034. anonimo (egipto)

Las esposas de set


Tras la prolongada e infructuosa lucha contra Horus por el trono egipcio, la diosa Neit propuso al consejo de los dioses que se le otorgara a Set un premio de consolación: las hijas «extranjeras» de Ra, que se llamaban Anat y Astarté, le fueron ofrecidas como esposas.

Un día, mientras Set paseaba junto al Nilo, se encontró con la diosa Anat, que estaba bañán­dose en el río. Al instante, se transformó en carnero y la violó. Pero Anat sólo podía ser fe­cundada por el fuego divino, de manera que su cuerpo espul­só el semen con tal fuerza que golpeó a Set en la frente. Ra, que fue enviado por Isis para curarlo, alvió su agotador dolor de cabeza.
Según otro mito, del que sólo se ha conservado una parte, los dioses de Egipto estaban en guerra con el dios del mar Yam, y estaban saliendo mal parados. Aprovechán­dose de dicha circunstancia, Yam reclamó tributos de oro, plata y lapislázuli, que le fueron debidamente entre­gados por la diosa Renenutet. Sin embargo, tras re­cibir estos tesoros, quiso más e insistió en recibir más tributos amenazando con que, si sus demandas no se cum­plían, esclavizarla a todos los dioses de Egipto. Desesperada, Renenutet suplicó acuda a Astarté, célebre por su belleza y ferocidad. El mensajero, en forma de pájaro, rogó a esta últi­ma que llevara un tributo extra a Yam. A regañadientes, Astar­té aceptó, pero cuando llegó a la orilla del río se dejó llevar por su feroz naturaleza y comenzó a burlarse del dios del mar. Ultrajado por su descaro y embrujado al mismo tiempo por su belleza, Yam reclamó que le entregaran también a Astarté como tesoro. Renenutet se retiró entonces a deliberar con los dioses, quienes accedieron a las demandas del rey del mar y le proporcionaron a Astarté una dote, compuesta por el collar de Nut y la sortija sellada de Gueb.
Sin embargo, Set se rebeló ante la pérdida de su her­mosa esposa. Por desgracia, el resto de la historia es desconoci­da para nosotros, pues se ha perdido, si bien cabe imaginar que el fin del relato pudo ser que, ya fuera a la fuerza o sin malicia ni engaño, Set acabara derrotando al dios del mar, lo que su­puso la salvación del panteón de Egipto de la esclavitud, y que reclaramara a Astarté.

0.034. anonimo (egipto)

La turquesa colgante

En el segundo de los tres relatos que se incluyen en el papiro de Westcar, el príncipe Baufre narra la historia del padre de su padre, el rey Esnofru, y su sacerdote Dyadyaemanj.

Era un día especialmente caluroso. Muerto de abu­rrimiento, Esnofru convocó a Dyadyaemanj, uno de sus sacerdotes lectores, y le pidió que lo distra­jera. A Dpadyaemanj (cuyo nombre quiere decir «el portador del libro de rituales») se le ocurrió un plan: el rey podía salir en barco al lago del palacio, donde podría re­frescarse y disfrutar de la belleza del paisaje. Para aumentar todavía más el disfrute de Esnofru, propuso que el barco fue­ra llevado a remo por veinte de las mujeres más atractivas del haren real.
El alicaído semblante del rey, por fin se iluminó.
-Vamos a equipar el barco con remos dorados de ébano y sándalo -mandó con entusiasmo. A las chicas se les ordenó que sustituyeran sus habituales vestidos de lino por telas transparentes con abalorios de cerámica vidriada que ape­nas ocultaban sus curvas.
Al principio, todo fue bien. El rey se reclinó feliz, mientras disfrutaba de las flores, los pájaros y los peces del lago, si bien en realidad dedicaba la mayor parte de su aten­ción a la tripulación ligera de ropa. Pero, al cabo de un rato, a una de las remeras se le cayó al lago la hermosa turque­sa colgante que llevaba en su tocado. Dio un grito de cons­ternación, e, inmediatamente, se detuvieron los remos. La pobre chica estaba abatida ante semejante pérdida. En una muestra de su indulgencia, el rey le ofreció sustituir el col­gante perdido por otro de su propia colección de turquesas, pero la chica insistía en que solo la satisfaría recuperar su propio abalorio.
-¡Dyadyaemanj! -dijo el rey. Soluciona el problema. 
-El sacerdote hizo una reverencia y pronunció un podero­so conjuro. Al instante, las aguas del río descendieron hasta dejar al descubierto el amuleto que yacía a salvo sobre el lecho seco del lago. Dyadyaemanj lo tomó entre seis manos y enton­ces pronunció otro conjuro para que las aguas recuperaran su nivel anterior.
Esnofru quedo profundamente impresionado por los prodigiosos poderes de Dvadvaemanj y, como conse­cuencia, decidió recompensarlo con un gran número de ri­quezas. La chica volvió a ponerse el amuleto en el cabello y todas continuaron remando durante una feliz y prolonga­da tarde.

0.034. anonimo (egipto)

La isla encantada


A su regreso de una misión comercial fallida en Nubia, un emisario egipcio se lamentaba de su suerte, por lo que un marinero intentó consolarlo contándole un cuento que comenzaba con una tragedia, pero que tenía un final feliz.

Un desconocido marinero iba navegando por el mar Rojo, en dirección a las minas reales. Su embarcación, de 60 m de longitud, estaba bien equipada y contaba nada menos que con 120 tripulantes. Pero entonces de repente, el cielo se cubrió y una fuerte tormenta zarandeó el barco, que se hundió bajo las olas, al igual que la tripulación al completo, con la única excepción del narrador.
El superviv¡ente pudo mantenerse a flote, meciéndose en la superficie del mar, ahora en calma, pero estaba empezando a perder sus fuerzas cuando, justo a tiempo, se vio arrastrado por la corriente a la orilla de una isla que pa­recía un paraíso terrenal, rebosante de frutas y verduras, así como de cuantos pescados y aves que el hambriento marinero pudiera desear. Sin embargo, una serpiente gigante con el cuerpo de oro y las cejas de lapislázuli que habi­taba en la isla amenazó al marinero con quemarlo si no le explicaba cómo había llegado hasta allí. Pero el pobre hombre estaba muerto de miedo, así que la serpiente se lo llevó a su guarida y, tras reconfortar al marinero, escu­chó su historia. Más tarde, la serpiente narró su propia y triste historia.
-Hubo un tiempo en el que había 75 serpientes aquí -dijo- inclui­da toda mi familia. Pero una estrella en llamas cayó y las mató a todas, ex­cepto a mí. El destino será más benevolente contigo. Dentro de cuatro me­ses llegará un barco que te llecará de vuelta a casa sano y salvo.
Como había prometido la serpiente, el barco llegó y el marinero se embarco en él, cargado de regalos del generoso monstruo. A su regreso a casa, el rey quedo tan complacido que nombró a su súbdito miembro del séquito real y, como tal, le otorgó un gran número de sirvientes.

0.034. anonimo (egipto)

La destrucción de la humanidad


Antes de que Egipto contara con reyes humanos, su soberano era el dios Ra. Durante los años de su declive, furioso por la falta de respeto de sus súbditos, envió su ojo, deificado como la diosa Hathor, para vengarse. Puede que el mito se creara para explicar el fracaso de la cosecha.

Ra, en tanto que soberano de los hombres, se había hecho mayor para desempeñar sus funciones. Sin embargo, su edad no evitó que se enterara de que había un grupo de hombres que se burlaban de él y conspiraban para derrocarlo. Tras realizar un llamamiento a los dioses para que acudieran a un congreso secreto, les pidió consejo. Nun, que era el mas anciano de todos, fue el dios al que escuchó con mayor interés.
Éste le aconsejó que castigara a los blasfemos quemándolos con su calor abrasador. Sin embargo, cuando Ra lo llevó a cabo, sus víctimas buscaron refugio en las rocas y logra­ron escapar de su furia. Así que volvió a convo­car de nuevo a los dioses, quienes le aconsejaron que enviara su ojo en forma de Ha­thor-Sacmis con objeto de castigar al género humano.
Tras adoptar la apa­riencia de una leona, Hathor perpetró una masacre. Cuando Ra la llamó de regreso, estaba poseí­da por una sed insaciable de sangre humana, por lo que decidió volver a la Tierra para destruir al resto de la humanidad. Ra entonces se alarmó, pues lo único que deseaba era dar una lección a los seres humanos y no ha­cerlos desaparecer. Mientras Hathor descansaba, envió a unos mensajeros a Asuán para que le llevaran ocre rojo y ordenó al sumo sacerdote de Heliópolis que lo moliera. Después, el dios ordenó a sus esclavas que fabricaran cerveza de cebada y mez­claran los dos elementos para producir 7.000 jarras de un brebaje tóxico similar a la sangre. Ra or­deno que las jarras se vaciaran por enci­ma de los campos en los que Hathor había planeado una destrucción para el día siguiente.
Hathor cayó en la trampa: mientras sobrevolaba los campos, vio lo que le pareció ser sangre y descen­dió para beberla, pero bebió demasiado y se sumió en un sopor etílico. Al recobrar la conciencia, se había olvidado de su obje­tivo original y se marchó de vuelta a casa.
Como un gesto de reconciliación, Ra decretó que los egipcios bebieran todo lo que quisieran en los festivales de Hathor, convertida desde entonces en la diosa de la embriaguez.

0.034. anonimo (egipto)

Jonsu y la princesa hitita

A finales del segundo milenio a. C., Egipto mantuvo una prolongada guerra con el Imperio hitita. El conflicto finalizó en el año 1256 a. C. con el matrimonio de Ramsés II con la hija del gobernador hitita, el rey de Hatti. Ramsés otorgó a su esposa el nombre de Nefertiti.

Poco después del enlace matrimonial, llegó un men­sajero del reino hitita con la noticia de que la herma­na de Nefertiti, Bentresh, estaba gravemente enfer­ma. El faraón reunió a los mejores médicos y magos para pedirles su opinión acerca de la enfermedad, pero tras ser incapaces de establecer un diagnostico, decidió enviar a su pro­pio doctor.
Tres años después, éste volvió a casa. La princesa, anun­ció, había sido poseída por espíritus malignos, y solo un dios po­dría curarla. Ramsés se lo consultó a los sacerdotes del templo de Jonsu en Tebas, quienes le formularon la pregunta al pro­pio dios, cuya estatua asintió con la cabeza para indicar que es­taba de acuerdo en que se lo llevaran para curar a la princesa.
Sin embargo, en su condición de protector de Tebas, el dios de la luna. Jonsu, tenía que permanecer en su ciudad, por lo que los sacerdotes se vieron obligados a buscar otra forma alternativa para que les ayudara «Jonsu, el dios que expulsa a los demonios».
Tras un viaje de diecisiete meses de duración, Jonsu lle­gó a la capital hitita y curó a Bentresh. Sin embargo, el padre de ésta quedó tan impresionado ante el poder de sanación de la es­tatua que se negó a dejarla marchar y construyó un santuario para ella en su propio reino. Durante casi cuatro años, la esta­tua permaneció retenida hasta que el rey de Hatti tuvo un sue­ño profético, en el que la figura del dios se alzaba desde su san­tuario en forma de halcón de oro y bajaba en picado hacia el rey, antes de volver a alzar el vuelo en dirección a Egipto.
Al caer en la cuenta de su error, el rey envió la estatua de vuelta a Tebas con una gran ceremonia. La estatua le entre­gó al padre Jonsu todo el botín hitita, pero éste no se adueñó de ningún objeto del tesoro como recompensa para los sacer­dotes de su propio santuario en Hatti.

0.034. anonimo (egipto)

Isis y los siete escorpiones


Después de asesinar a su hermano Osiris, marido y hermano de Isis, el malvado Set tomó como rehenes a la diosa y a su joven hijo. Una noche, los cautivos pudieron escapar con la ayuda del dios Tot, quien les proporcionó una escolta de siete escorpiones para que los ayudara en su arriesgada huida.

Isis se enfrentó a grandes dificultades a la hora de reunir las partes de su desmembrado marido para poder resucitarlo mediante conjuros mágicos Pero incluso después de conseguirlo, sus esfuer­zos no terminaron ahí, ya que murió una segunda vez, poco des­pués dc dejarla embarazada de su hijo Horus. Durante su reno­vada viudedad, cayó en manos del asesino de su marido. Su dia­bólico hermano la cautivó, a le or­denó que tejiera una mortaja para Osiris, quien había vuelto de nuevo al reino del más allá desde el que la ma­gia de isis lo había mandado llamar tempo­ralmente.
A pesar del elevado numero de infortunios, Isis con­taba con muchísimos amigos entre los dioses. El sabio Tot se enteró de su complicada situación y decidió ayudarla; para ello, creyó necesario liberarla del taller de lino en que perma­necía retenida. Así le proporcionó una escolta de siete escor­piones, que juraron proteger, de la venganza de Set, a la diosa y al hijo que iba a nacer.
El extraño grupo se dirigió a las marismas del delta del Nilo. Durante el camino, llegaron a un pueblo, en el que Isis decidió buscar comida y refugio. La primera casa a la que acudió pertenecía a una acaudalada mujer de la nobleza, quien, al no reconocer a la diosa, le cerró la puer­ta en las narices. Impertérrita. Isis pronto se encontró con una cam­pesina pobre, que la acogió en humilde morada.
Pero los escorpiones enfure­cieron por el tratamiento que la mu­jer rica había dispensado a la diosa, y ­decidieron vengar a su ama. Uno de ellos entró trepando a la casa de la mujer y picó gravemente a su joven hijo. Mientras éste ya­cía agonizante, su madre recorrió las calles gritan­do en busca de acuda, pero como castigo a su falta de hospi­talidad, nadie acudió.
Sin embargo, Isis se apiadó del chico, ya que no deseaba verle sutrir por culpa de su madre, y utilizo un poderoso con­juro para neutralizar el veneno. El niño se recuperó, y su ma­dre, arrepentida, ofreció todas sus pertenencias a Isis y a la hu­milde y amable campesina.

0.034. anonimo (egipto)

viernes, 5 de octubre de 2012

Isis y el nombre del dios del sol

Los antiguos egipcios creían firmemente en la magia. Se creía que la diosa Isis disponía de un poder especial para las artes mágicas, y uno de sus mayores logros tuvo lugar cuando convenció a Ra para que divulgara su nombre secreto con la finalidad de arrebatarle el poder.

Isis «era una mujer inteligente», puede leerse en un rela­to, «más inteligente que muchos dioses... Conocía todo lo relacionado con el cielo y la tierra». Su deseo era si­tuarse, junto a su hijo Horus, a la cabeza del panteón de los dioses, y la única forma de conseguirlo era descubriendo el nombre secreto de Ra.
Un día se acercó a este último mientras dormía y ronca­ba escandalosa-mente. Desde la comisura de sus labios abiertos colgaba un largo hilo de saliva que, al aumentar de colúmcn, acabó cayendo al suelo. Entonces Isis se abalanzó, recogió las habas, las mezcló con arcilla y moldeó una serpiente venenosa, a la que dio vida por arte de magia.
Isis conocía los movimientos de Ra y sabía que a menu­do abandonaba el palacio para dar un paseo, durante el cual recorría un cruce de caminos. La diosa aprovechó la ocasión para dejar la serpiente y esperar a ver qué ocurría.
Ra regreso de su excursión y, como Isis había planeado, le mordió la serpiente. El desdichado dios no vio nada y, al sen­tir un enorme dolor, llamó a los otros dioses para que lo ayudaran. Tenía fiebre, estaba sudoroso y sentía escalofríos, pero nadie fue capaz de ayudarlo, por lo que todo el mundo empezó a lamentar la inminente pérdida del sol.
Más tarde, Isis realizó una entrada triunfal. Lo curaría, dijo, pero solo si le confiaba su nombre, a lo que el dios se negó. Ella le ofreció su ayuda una y otra vez, pero él continuó recha­zándola. Finalmente su agonía llegó a un punto tal que ya no pudo soportarla durante más tiempo, por lo que accedió a re­velar a Isis el secreto con la condición de que sólo se lo contara a su hijo, Horus. Isis aceptó las condiciones y, al pronunciar en voz alta el verdadero nombre del dios, logró eliminar el vene­no. El dios del sol se curó, e Isis y Horus lograron el poder que tanto habían ansiado.

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El festival de bastis

Herodoto hablaba de un festival que se celebraba todos los años en Bubastis en honor a la diosa Bastis. Se creía que su relato se trataba de mera ficción hasta que un grupo de arqueólogos descubrieron restos que confirmaron que el suceso realmente había tenido lugar.

La hija del dios del sol Ra y madre del dios de la luna Jonsu, la deidad felina Bastis, era mup popular en el antiguo Egipto. Durante el último período, el festi­val de Bastis, que se celebraba en abril y en mayo, se convirtió en uno de los más importantes dentro del calendario de los rituales. Con fines ceremoniales, la mejor vía de acceso a la ciudad de Bubastis (situada a unos 25 km al noreste de El Cai­ro moderno) era en barco. «Vienen en barcazas -escribió el his­toriador griego Herodoto sobre el festival- hombres y mujeres por igual, un gran número en cada barca; en el camino, algu­nas de las mujeres repiquetean sin cesar con castañuelas algunos hombres tocan la flauta, mientras el resto, tanto hom­bres como mujeres, cantan y baten palmas. Cuando pasan por la ribera del río de alguna ciudad, acercan el barco a la costa y algunas de las mujeres continúan actuando como se ha re­ferido antes, mientras, el resto insulta a las mujeres del lugar, o bien comienzan a bailar, o se ponen de pie y se levantan la falda. Cuando llegan a Bubastis, celebran el festival con ela­borados sacrificios, y se bebe más vino que durante el resto del año junto.»
El historiador griego habla de al menos 700.000 perso­nas («sin contar con los niños») que llegaban de forma parecida para presentar sus respectos al templo de granito rojo erigido en honor a la diosa. Según relata, «los gatos que habían muer­to eran llevados a Bubastis para ser embalsamados y enterra­dos en receptáculos sagrados».
Miles de las criaturas muer­tas eran momificadas e inhu­madas en galerías subterrá­neas del lugar y en otras ubi­caciones, de modo que pudieran transmitir con mayor facilidad los mensajes de sus dueños al reino de los dioses.
La magnitud del Festival les pareció algo increíble a los primeros egiptólogos, pero en 1887 el suizo Henri-Édouard Naville, al ex­cavar el lugar, descubrió que Herodoto había contado la verdad. Sacó a la luz el principal templo de Bubastis, las catacumbas de los ga­tos momificados a un grupo de santuarios fa­raónicos, que demostraron una veneración aún mayor en Bastis que la relatada por el céle­bre historiador.

0.034. anonimo (egipto)