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domingo, 28 de diciembre de 2014

Tidalik, el sapo gigante

En el tiempo de los sueños, cuando el mundo era tan joven como un bebé recién nacido, vivía en la llanura de Australia, cerca de un gran lago, un sapo gigante. Era inmenso, enorme, tremendo, más alto que el más alto de los árboles del bosque, más alto de lo que serían muchos árboles puestos uno encima del otro. Cuando caminaba, la tierra temblaba bajo sus pasos. Se llamaba Tidalik.
Un día entre los días, Tidalik se despertó con sed. Mucha sed. Muchísima sed.
-Siento que viene una gran sequía -dijo Tidalik. Debo asegurar mi reserva de agua.
Se acercó al lago y se bebió toda el agua hasta que se vio el fondo barroso, con plantas acuáticas y algunos peces moviendo desesperados las aletas. Después se tomó toda el agua de los ríos que desembocaban en ese lago. Después se bebió todos los lagos y los ríos y los arroyos y las lagunas y los estanques y los pozos del mundo. Después todo el agua del mar.
Los hombres y los animales, desesperados, se reunieron para buscar una solución. Si no conseguían que Tidalik devolviera el agua, toda la vida sobre la tierra moriría. El sapo ya no podía moverse de tanto líquido que guardaba en su estómago, pero de nada servía atacarlo. Las lanzas y los bumeranes eran inútiles contra semejante monstruo, rebotaban en su grosísima piel.
-Tenemos que hacerlo reír -dijo alguien.
Y todos estuvieron de acuerdo. Si Tidalik se reía, las sacudidas harían que el agua se derramara de su boca. Si conseguían que se riera mucho, tendría que apretarse el vientre con sus patas y el agua saldría todavía con más fuerza. Necesitaban a la cucaburra, el pájaro reidor de Australia. La voz de la cucaburra es una risa tan contagiosa que nadie se puede resistir.
Y allí fue la cucaburra, llena de ánimo y energía, dispuesta a reírse durante horas si fuera necesario. Por supuesto el primero en imitarla fue el pájaro lira, un ave capaz de reproducir el sonido de cualquier otra. Y cuando los dos se reían y se reían sin parar, poco a poco todos los demás comenzaron a contagiarse. Se reían los murciélagos y los perros dingo, los canguros, los koalas y los hombres. Todos reían y reían sin parar. Todos excepto el gran sapo Tidalik, que los miraba sin comprender, con cara de aburrido.
Agotados por tanta risa inútil, los animales trataron de inventar otras gracias. Los hombres hacían bromas. El dingo corría en círculos tratando de atrapar su propia cola. Los canguros saltaban y boxeaban entre sí de una manera desopilante. Cada uno de los animales intentaba una payasada todavía más cómica que la anterior. Y la cara del sapo estaba cada vez más triste. Ni la sombra de una sonrisa.
Noyang, la anguila, lo intentó también. Retorció su largo cuerpo en mil piruetas y finalmente se paró sobre la punta de su cola dando vueltas y vueltas como un tornado, tan rápido que casi no se la veía. ¿Quién puede adivinar lo que hay en la cabeza de un sapo gigante? Por alguna misteriosa razón, ver una anguila haciendo payasadas sobre la tierra parecía hacerle gracia al terrible Tidalik. Una débil sonrisa estiró su enorme boca de sapo y permitió que cayeran unas gotas de agua sobre las que se abalanzaron todos.
La anguila no se dejó tentar por el agua y siguió bailando locamente: tanto se movió y se retorció que terminó por caer sobre la arena convertida en un moño. El sapo lanzó una carcajada y el agua comenzó a salir de su estómago en grandes chorros. Ahora no podía parar de reír. Al principio toda la tierra se inundó y fue terrible: los hombres y los animales, que tanto habían clamado por el agua, estaban a punto de ahogarse hasta desaparecer para siempre. Pero las aguas fueron encontrando su cauce; poco a poco los ríos, los lagos, los pozos y los océanos comenzaron a llenarse, y la vida regresó a la tierra.
Dicen los que saben que a medida que el agua salía de su estómago, Tidalik se fue achicando hasta convertirse en un sapo común y corriente. En la meseta central de Australia viven hoy muchos sapos como ese. En tiempo de sequía beben y beben hasta inflarse como un balón, y luego se entierran en el barro. Cuando la sed los acosaba, los aborígenes australianos desenterraban estos sapos y se tomaban el agua que guardaban en su cuerpo. Esos son los descendientes del temible Tidalik.

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Por que existe la muerte

En el tiempo de los sueños, cuando todo empezaba a ser, cuando la serpiente Arco Iris apenas había terminado de dar forma al territorio de Australia, y los animales eran todavía como personas, Adambara, la araña, y Arta-puda-puda (un insecto) se sentaron a discutir acerca del problema de la muerte. Cuando la gente enfermaba o sufría un accidente o era herida en combate y moría ¿qué debía suceder a continuación?
Arta-puda-puda, el insecto, estaba muy seguro. Afirmaba que cuando una persona se muere, su cuerpo debe quedarse en la tumba y pudrirse. Solo su espíritu sobrevivirá, y se levantará de la tumba tres días después del entierro.
Adambara, la araña, no estaba de acuerdo. Tenía su propia idea acerca de la mejor decisión, que guardaba relación con sus habilidades de tejedora. Cuando un hombre se moría, había que envolverlo en una red bien tejida y colocarlo en una tumba que tuviera una puerta trampa. Después, cerrando la puerta, había que dejarlo en esa especie de capullo durante tres días. En ese tiempo su cuerpo se curaría de cualquier herida o enfermedad y podría salir renovado para habitar la tierra otra vez, como sale una mariposa de su crisá-lida.
Discutieron y discutieron. Arta-puda-puda usó tan buenos argumentos y habló con tanta fuerza y tanta inteligencia, que ganó la discusión. Cada uno se fue por su lado. Adambara estaba muy triste y se sentía culpable por no haber logrado imponer su punto de vista.
Un tiempo después murieron el padre y la madre de Arta-puda-puda, y sufrió mucho. Pero cuando uno de sus hijos enfermó y murió, Arta-­puda-puda se dio cuenta de que, por más que su espíritu se elevara hacia el cielo, él ya no lo vería más en este mundo. Su dolor fue tan terrible que se arrepintió muchísimo de haber ganado esa estúpida discusión. Pero ya era tarde.
Desde entonces, avergonzado de su tonta propuesta, Arta-puda-puda, convertido en insecto, se esconde debajo de la corteza de los wida, los árboles de goma roja. En cambio, Adambara, la araña, sabiendo que hizo lo posible por salvar la vida de los seres humanos, no se oculta, y por eso se la puede ver por cualquier lado.

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martes, 9 de octubre de 2012

Taipan, la serpiente hechicera

En la mitología australiana, a la serpiente se le confiere un significado simbólico. Su mordedura podía ser mortal, pero sus sinuosos movimientos sugerían el acelerado impulso de la vida en pleno episodio de la creación.

Entre los wik kalkan de la península del cabo York, en el norte de Queensland, se cuenta el relato de la serpiente divina Taipán. En su condición de maga poderosa, podía tanto sanar a los enfermos como asesinar a los sanos a su antojo. No sólo era capaz de controlar la vida y la muerte humanas, sino también los elementos, de manera que los relámpagos destellaban y los truenos retumba­ban bajo sus órdenes.
Como esposas tenía a las serpientes de agua Uka y Tuk­nampa, así como a la mortífera víbora Mantya. De todas estas uniones, sólo nació un hijo, al que Taipán adoraba más que a todas las cosas.
Un día que el joven salió a cazar río abajo, se encontró con la serpiente de agua Tintauwa, esposa del lagarto de lengua azul Wala, y de inmediato se enamoró de ella. La ser­piente lo sedujo y huyeron juntos hacia el monte.
Wala persiguió entonces al hijo de Taipán y lo asesinó. El mago que­dó desolado ante semejante pérdida y tras convocar a todos los miem­bros de su familia, los embadurnó con la sangre de su hijo antes de en­viarlos a residir en la Tierra, en cuyas profundidades pronto se uniría a ellos. Entre tanto, envió a sus dos hermanas al cielo y les dijo que añadieran la sangre roja de su sobrino al resto de los colores del arco iris, en el que aún se puede contemplar el color más intenso del espectro del arco de la vida, que simboliza la sangre regenerativa de la mens­truación.

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Prestigio masculino

Los hombres de Melanesia ostentaban un alto estatus social que reforzaban llevando unas bolsas que, en su opinión, sólo contenían mitos sobre su origen.

Este sistema casi masónico era común en toda Melanesia y tuvo como resultado la aparición de sociedades secretas que actuaban como pelda­ños para el asenso social, así como depositarias de la sabiduría popular.
Rodeados de misterio, sus procedimientos iban acompañados de ela­borados rituales con una orientación espiritual que, no obstante, a menudo traían consigo períodos de caos y de libertinaje.
En las islas Banks, el prestigio masculino giraba en torno a la Suque, una sociedad secreta que incluía varias jerarquías. Un iniciado podía ser propuesto por su tío (a cambio de un cerdo), quien más tarde celebraba un banquete para los miembros de la Suque. Cada ascenso en la jerarquía suponía el pago de altas sumas y la celebración de elaborados banquetes, hasta que el estatus del miembro quedaba claro para todos.
Esta práctica queda, reflejada en un mito protagonizado por un héroe lla­mado Ganviviris v su benefactor, el espíritu del mar Ro Som. Éste fomentó a su protegido de forma tan excesiva que en un único banquete pudo ascender dos grados en la jerarquía de la sociedad Suque. Gracias a su ayuda, Ganviviris conti­nuó ascendiendo mediante el regalo de fantásticos cerdos, cuyos colmillos for­maban círculos perfectos. Sin embargo, una vez que alcanzó el estatus más alto, dirigió su mirada a otros miembros de la sociedad, a los cuales Ro Som le había prohibido que se acercara. Se produjo el desastre: uno de los banquetes de Ganvivi­ris quedo interrumpido por la llegada de una mujer embadurnada de tierra roja y con colas de cerdo en el cabello. Los hombres contemplaron horrorizados cómo la aparición se dirigía al hogar de Ganviviris. Apenas franqueó la puerta, los hombres fueron tras ella, pero había desaparecido. Ganviviris, incapaz de mantener su esta­tus, fue expulsado de la sociedad Suque y murió cinco días más tarde.

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Los primeros tasmanios

El origen de los seres humanos no se aborda en la mayoría de las tradiciones aborígenes. De hecho, mantenían una relación tan estrecha con la naturaleza que podían considerarse un elemento más del paisaje. Uno de los relatos acerca de los orígenes del género humano procede de Tasmania.

Hace mucho tiempo, las dos estrellas más bri­llantes del firmamento eran Moinee y Dromer­deener. Rivalizaban por el dominio supremo del cielo, así que decidieron resolver la cuestión mediante una guerra después de un largo período de tensión y continuas discusiones. El resto de las estrellas observaron impo­tentes hasta que Momee fue finalmente derrotada y expulsada del reino celestial. Dromerdeener irrumpió en el ciclo siguien­do la estela de su victoria, mientras que su rival, sumida en la más profunda de las tristezas, caía a la Tierra y, más concreta­mente, en la costa del sur de Tasmania, en Sandy Bay donde aún se la puede ver con la forma de una gran roca. Sin embar­go, antes de morir, concedió un obsequio a su hogar terrenal al crear a los primeros tasmanios, que poblaron sus tierras vacías. Sin embargo, debido a las prisas, los dotó de colas como a los canguros y se negó a proporcionarles rodillas articuladas, de modo que tenían que pasarse la vida de pie, sufriendo lo indecible para tumbarse o agacharse. Pronto rogaron al cielo que se compadeciera de su difícil situación. Dromerdeener por fin oyó sus súplicas y a pesar de lo despiadada que era, se compadeció y, tras descender del cielo, les cortó las colas y embadurnó las heridas con hierbas curativas. Más tarde, en la mitad de cada pierna, añadió una rodilla, y a partir de entonces tuvieron libertad para aga­charse o tumbarse.

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Los hombres iguana

Las parejas de hermanos, tanto animales como humanas, desempeñan un papel muy importante en la mitología del Dreamtime. Kurukadi y Mumba, los hombres iguana, constituyen un buen ejemplo de la pareja mítica que con tanta frecuencia aparece en los relatos aborígenes australianos.

Existen varios mitos aborígenes cuyos pro­tagonistas son los hermanos Yuree y Wanjel, quienes acabaron ascendiendo al cielo nocturno como las estrellas geme­las conocidas en Occidente como Cástor y Pólux. Otras hablan de los perros legisladores de Melatji, dos perros salvajes que viajaron por el sur del conti­nente cavando abrevaderos y difundiendo por el cami­no el conocimiento de las leyes fundamentales de la naturaleza.
Es probable que la importancia de los hermanos en la mitología refleje en parte el hábito aborigen de utili­zar los términos «hermano» y «hermana» para referirse a la mayoría de los parientes cercanos de una misma genera­ción. Sin embargo, resaltaba también un dualismo recu­rrente en el pensamiento tradicional, Así, Kurukadi y Mumba no eran sólo hermanos, sino también identidades gemelas, en parte humanas y en parte lagartos. Según la le­yenda, viajaron al sureste desde la región de Kimberley dando nombre a las plantas y a las criaturas, y dando forma al paisaje de gran parte del desierto occidental. A medida que iban avanzan­do, iban arrojando sus bumeranes mágicos: mientras planeaban por las inmensidades, la tierra cobraba forma bajo su vuelo.
Se dice que el viaje de los hombres iguana no finalizó hasta que cruzaron todo el subcontinente, tras recorrer las tie­rras de numerosas personas. Como ocurre con tanta frecuen­cia en la cultura aborigen, cada tribu conoce su propia sección de songline («estela de sueños») sin saber la del resto de los clanes. Para el observador externo, se hace evidente, sin embar­go, que el mito de los hombres iguana constituye uno de los relatos que se extendieron por toda Australia, uniendo a sus diferentes pueblos de forma involuntaria.

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Las doncellas cisne

El relato de las doncellas cisne se extendió por toda Melanesia. El personaje principal, al que se le aparecían estos seres celestiales, podía ser uno de los héroes de las islas o, en ocasiones, como en el caso de este relato del pueblo efate de Vanuatu, un sencillo humano.

Existía una raza divina de mujeres que visitaban la Tierra disfrazadas de cis­nes. Descendían por la noche, cuando no había marcas, y se deshacían de sus alas para ir a pescar. Al amanecer, cuando la marea volvía, recogían las alas y alzaban el vuelo de vuelta a casa. Sin embargo, una noche, un hom­bre las vio trabajar, robó un par de alas y las enterró bajo su casa. Con la llegada del alba, las doncellas cisne volaron de vuelta a casa, con la excepción de una hermosa mujer que no pudo encontrar sus alas. El hombre la atrapó y la con-virtió en su esposa. Tuvieron dos hijos. ambos varones, cuyos nombres fueron Tafaki y Karisi Bum.
Sin embargo. llego el momento en el que el hombre se cansó de su esposa y comenzó a golpearía. La mujer lloró amargamente e hizo que sus lágrimas abrieran el suelo de tierra de la casa. Cuanto más lloraba, más se abría el suelo, hasta que un día vio las alas que su marido había escondido bajo tierra. Se las colocó inmediatamente y ascendió volando al cielo, no sin antes decir a sus hijos que intentaran encontrarla.
Con el tiempo, los chicos se convirtieron en unos hombres ricos e inteligentes, y tal era su poder que treparon por una palmera armados con porras con la intención de someter a los vientos. Aunque no lo lograron, consiguieron hacer que el siento del suroeste pasara al olvido.
Un día que estaban cazando, arrojaron una flecha a un ave que volaba alto en el cielo. Pero la flecha no alcanzó su objetivo, sino que impactó contra una higuera celes­tial de Bengala. Continuaron arrojando flechas, que fueron uniéndose hasta formal una cadena que unió el cielo y la Tierra. Tras trepar por ella, se encontraron no con su madre cisne, sino con su abuela ciega, que cuidaba de los ñames. Tras curar su ceguera, descendieron por la cadena de flechas con una cesta que contenía, como muestra de agradecimiento, cerdos, aves, ñames y todo tipo de plantas que pudieran servir de uti­lidad al género humano.

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La mujer ñame y el hombre arruruz

Como producto básico de los aborígenes, el ñame ocupa inevita-blemente un lugar especial en la mitología. Cultivado y cocinado por las mujeres, tendía a identificarse con el principio femenino en general y con el embarazo en particular, como narra esta historia de la península del cabo York.

El pueblo wik munggan disfrutaba de un entorno rico en alimentos, al menos en comparación con el de los moradores del desierto del Red Centre. El ñame y el arruruz crecían allí de forma natural, y los aborígenes contaban una historia que no sólo conmemora­ba los orígenes de estas plantas, sino que, además, les recordaba a las personas donde encontrarlas.
Según este relato, en el Dreamtime, antes de que las co­sas hubieran adquirido su apariencia actual, el ñame era una mujer. A no mucha distancia de ella vivía el arruruz. por aquel entonces un hombre. Los dos se encontraron y se enamoraron, y vivieron juntos, pero su relación siempre fue problemática, y con el paso del tiempo, acabaron separándose.
Sin embargo, muy pronto, la mujer comenzó a sentir­se mareada e indis-puesta. Tras conocer que estaba embarazada, cavó un pequeño hueco en la tierra para sentirse más cómo­da, aunque se tenía que hundir cada vez más para alojar su enorme barriga, pero cuanto más se hundía, mayor era la claustrofobia y el calor que sentía. El sol golpeaba con fuerza y se sintió sedienta. Estaba desesperada por escapar, pero las paredes del hueco eran demasiado empinadas y no las pudo trepar. Al final, se resignó a continuar encarcelada como parte de su función reproductora: del hueco hizo brotar un gran nú­mero de ñames para que las mujeres del futuro los cocinaran como alimento. Mientras, sin los cuidados de la mujer ñame, el hombre arruruz envejeció y quedó imposibilita­do, de manera que apenas podía caminar sin bas­tón. Un día se dirigió cojeando a la orilla en busca de agua, pero se desplomó y fue tragado por la tierra. Todo lo que quedó de él fue su bas­tón, que sobresalía como el tallo de un arruruz, como recordatorio para las ge­neraciones venideras de dónde encontrar los tubérculos de esta planta con alto contenido en almidón.

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Hina, la anguila y el coco

Hina, que significa «mujer joven», era la diosa polinesia de las mujeres, así como de su trabajo. En una cultura en la que la escritura de poemas de amor y la iniciación del cortejo era una prerrogativa femenina, algunos de los relatos acerca de Hina eran prácticos y otros abiertamente sexuales.

A Hina le gustaba bañarse en una charca plagada de anguilas. Por lo general, éstas huían nada más verla, pero una, más atrevida que el resto, adquirió el hábito de acurrucarse entre sus pier­nas. La diosa la trataba como a una mascota, hasta que un día se transformó de forma mágica en un apuesto joven llamado Tuna. Los dos fueron amantes, pero Tuna volvía a adoptar su apariencia de anguila des-pués de cada visita para que nadie pu­diera sospechar de su relación.
Hasta que un día decidió acabar con su amorío. Anun­ció que se avecinaba una lluvia torrencial que provocaría una inundación hasta la puerta de la casa de Hina. Sin embargo, ésta no tenía nada que temer, ya que él nadaría hasta su casa y reposaría su cabeza sobre el umbral. Más tarde, ella tendría que cortarle la cabeza, enterrarla en un terreno elevado y es­perar a ver qué pasaba.
Todo ocurrió tal ycomo Tuna había previsto, e Hina hizo lo que su amado le había dicho. Cuando el nivel de las aguas bajó, aparecieron dos brotes verdes en el lugar en el que había enterrado la cabeza, que acabaron convirtiéndose en un cocotero. Para que las personas no olvidaran a su benefactor, sólo tenían que retirar la cáscara de un coco maduro para encon­trar unas marcas que se asemejaban a los dos pequeños ojos y a la boca de la anguila.

Los maoríes de Nueva Zelanda tienen un cuento simi­lar, pero con una moralidad menos edificante. De acuerdo con su versión, Hina era la esposa del embaucador Maui, quien des­cubrió que le era infiel. En venganza, construyó un canal re­pleto de obstáculos para las canoas y tentó a Tuna para que na­vegara por él. Tras atraparlo, cortó su cuer-po en pedacitos.

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El tordo y la inundacion

Las inundaciones siempre han representado un peligro en Australia, un país seco en el que períodos de sequía se ven de repente interrumpidos por lluvias torrenciales. La mitología ofrece muchas explicaciones para este fenómeno, y en la mayoría de ellas intervienen los seres del Dreamtime.

Algunos mitos hablan de la gran inundación que arraso el mundo original. Hay distintas versiones sobre su origen: de acuerdo con una de ellas, los wandjina, espíritus de la lluvia y de las nubes, la enviaron como castigo después de que unos niños capturaran y torturaran a un búho, un ave sagrada para los espíritus.
Otras leyendas populares presentan una resonancia más limitada. Una de ellas, en concreto del pueblo gunai, de la región de Gippsland, Victoria, culpa de un diluvio local a la rana Tiddalick, que una vez tuvo fiebre y bebió tanto que vació todas las reservas de agua del mundo. El resto de las criaturas no encontraban la forma de que expulsara el agua, hasta que alguien convenció al águila No-Yang para que bailara en su cola. El espectáculo era tan cómico que Tiddalick se echó a reír, de manera que el agua salió a borbotones de su boca y causó una terrible inundación en la que numerosas criaturas perecie­ron ahogadas.
Otra historia de Victoria culpa al tordo Kuboka por la primera riada del río Tambo. Después de un desafortunado día de caza, regreso al campamento con tan sólo un esquelético ualabí. Sin embargo, se dispuso a cocinarlo para compartirlo como de costumbre, pero sus compañeros desdeñaron su ofer­ta alegando que la carne era muy escasa.
Ofendido ante la ingratitud de sus amigos, el tordo se llevó la comida y les dijo que cazaran su propia carne. A conti­nuación, prendió un fuego sagrado y danzó alrededor de él du­rante horas hasta provocar una tormenta de aire y lluvia. Con­tinuó danzando y la lluvia no cesó, hasta que el país entero se inundó y todos sus compañeros perecieron ahogados. En la ac­tualidad, cuando el Tambo se deshorda, se dice que se debe a que Kaboka está recordando aquel arranque de rabia.

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El emu y el ocre

Numerosas historias aborígenes estaban concebidas para explicar las diferentes características del paisaje del interior de Australia. Una de ellas remonta los orígenes de un sendero de ocre de una ladera del sur del subcontinente a un incidente que tuvo lugar durante una partida de caza en pleno Dreamtime.

Cuando los europeos llegaron a Australia, una de las numerosas sorpresas que la fauna les tenía preparadas fue el emú, un ave no voladora de gran tamaño que había sobrevivido durante mi­lenios ante la falta de predadores, situación que cambió de for­ma drástica con la llegada de las armas de fuego: en tan sólo unas décadas, dos especies de la isla y las subespecies tasmanias se habían extinguido, aunque, por suerte, las de la región sub­continental lograron sobrevivir.
Antes de la llegada de los europeos, los aborígenes caza­ban estas aves, tal como ilustra una leyenda del Dreamtime, en que se cuenta cómo un día un hombre caminaba junto a sus pe­rros en la cordillera Flinders cuando los animales, de repente, se sobresaltaron por un crujido en el monte bajo. Lo había provo­cado un emú, que huyó aterrorizado a toda velocidad.
El ave recorrió a toda prisa colinas y montañas perse­guida por los perros y vadeó ríos. Poco a poco, los perros fue­ron ganando terreno a su presa, que se encontraba cansada. Sin embargo, en el último momento, el emú corrió en línea recta hacia una ladera, en la que ha continuado hasta la fecha, de ahí la grieta de color ocre que la decora.

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El color negro del cuervo

Al principio, sólo siete mujeres sabias entendían el misterio del fuego. Cuentan los aborígenes de Victoria que, durante el Dreamtime, guardaron su secreto con celo. Pero el astuto hombre cuervo no respetaba la propiedad ajena y decidió averiguar lo que sabían.

Tras congraciarse primero con las guardianas sagradas mediante halagos y regalos, pronto comenzó a ser partícipe de sus conversaciones y a ayudarlas en su tra­bajo. Se percató de que llevaban llamas de fuego en los extremos de los palos que utilizaban para excavar, y que les encantaba comer termitas, pero en cambio les horrorizaban las serpientes. Y así, tras esconder cuidadosamente un puñado de estas últimas en un nido de termitas, fue a visitar a sus nuevas amigas y las invitó a un banquete. Las mujeres lo siguieron con entusiasmo al montículo de las termitas y lo abrieron con gran júbilo, pero se horrorizaron cuando las serpientes aparecieron formando una masa retorcida. Tras atacarlas, aterrorizadas, las mujeres no advirtieron que las lla­mas habían caído de sus palos, momento que aprovechó el cuervo para recogerlas y avivar el fuego con algunas astillas de corteza. Ahora era él quien guardaba el secreto, negándose a compartirlo con nadie. Acosado ante las constantes preguntas de los hombres, que estaban ansiosos por obtener fuego para ellos mismos. su egoís­mo supuso prácticamente su ruina. Tras perder los nervios con un hombre que no estaba dispuesto a obtener un no por respuesta, le arrojó un pedazo de carbón ardiendo, pero éste no lo alcanzo y prendió fuego al sendero en el que se encontraba sentado el cuervo. Parece ser que las llamas lo chamuscaron, hasta que de repente vie­ron su enne-grecido cuerpo agitándose en medio del humo y huyen­do hacia un árbol cercano, desde el cine comenzó a graznar burlona­mente. Desde entonces, ha permanecido con las plumas tiznadas.

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El bumeran y el sol

De los aborígenes de la cordillera Flinders de Australia del Sur procede esta sorprendente historia acerca de cómo surgió la diferencia entre el día y la noche, ya que durante la infancia del mundo la luz de sol lo inundaba todo.

El problema comenzó un día en que el lagarto goanna y la salamanquesa descubrieron que sus vecinos habían sido masacrados. Al unísono pro­metieron vengarse de los responsables. Según pa­rece, la mujer sol y sus perros salvajes habían atacado y asesi­nado a la comunidad indefensa. Se trataba de una enemiga poderosa, pero el goanna y la salamanquesa no se dejaron in­timidar. Cuando la mujer sol bramó y los desafió, el lagarto arrojó su bumerán, e hizo que el Sol saliera disparado del cielo hasta caer en picado sobre el horizonte del oeste, lo que sumió al mundo en la más profunda de las oscuri­dades. Fue precisamente en ese momento cuando el lagarto y la salamanquesa se sintieron realmente alarmados tenían que hacer todo cuanto estuviera en sus manos por devolver a la mujer sol al cielo. El goanna tomó otro bumerán y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el oeste, por donde su blanco había desa­parecido, pero cayó al suelo, así que arrojó dos más al norte y al sur, pero también retornaron sin impac­tar contra ningún objetivo.
Desesperado, el lagarto tomó su último bu­merán y lo lanzó hacia el cielo del este, en dirección opuesta al lugar en el que había visto hundirse a la mu­jer sol, y, para su sorpresa, retornó empujando delante de él la ardiente esfera del Sol, que siguió la trayectoria del cielo antes de desaparecer. Así, a partir de ese día, mantuvo su curso, y sale por el este y se pone por el oeste, iluminando el día para trabajar y cazar, y oscureciendo la noche para dor­mir. Todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de una modificación ideal, y, desde entonces, los aborígenes de la cordillera Flinders están en deuda con el lagarto y la sala­manquesa.

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