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miércoles, 13 de marzo de 2013

Tomas de erceldoune

Tomás el Poeta, también conocido como Tomás el Sincero, fue una figura muy popular del folclore escocés, basada en el personaje histórico Thomas Learmont, un terrateniente del siglo XIII. Cuenta la leyenda que la reina de los elfos le concedió el don de decir siempre la verdad.

Tomás estaba descansando en el borde de un ba­rranco cuando vio a una mujer que cabalgaba en su dirección. Era tan hermosa que, cuando se acercó, le preguntó si era la reina de los cielos.
No -contestó-, soy la reina del país de los ellos. 
-Lue­go explicó que había venido para llevárselo a vivir con ella du­rante siete años, y que si él la besaba quedaría completamente encandilado.
Tomas se subió a toda prisa a lomos del caballo de la reina, y los dos colaron como el ciento has­ta llegar a un aromático jardín. Tomás deseaba comer algunas frutas, pero la reina de los el­fos le advirtió que contenían las plagas de todo el género humano y, a cambio, le ofre­ció pan y vino. Cuando ter­minó de comer, la reina le in­dicó los tres caminos que se podían tomar desde el jardín.
El primero, que serpen­teaba en medio de espinosos zar­zales, era el camino de la rectitud; el segundo, que recorría un campo de lirios, era el camino de la debilidad, y el tercero conducía a la tierra de los elfos. Pero antes de tomarlo, la reina le advirtió que no dijera una palabra mientras estuviese en su país o, de lo contrario, no podría regre­sar a su propia tierra.
Viajaron durante cuarenta días y cuarenta noches an­tes de llegar al jardín de la reina de los elfos y, una vez allí, ésta le ofreció una manzana que, una vez ingerida, evitaría que di­jera nunca una mentira cuando volviera a casa.
Tomas acabó quedándose en la tierra de los elfos durante siete años y, cuando regreso a su hogar, logró una gran reputa­ción como profeta, ya que todas las predicciones que llevaba a cabo se cumplían.

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Los relatos de edric el salvaje

La resistencia sajona frente a la conquista normanda dio lugar a numerosas leyendas por toda Inglaterra, entre las que cabe destacar las de la saga de los Fen de Hereward el Proscrito. En la frontera galesa otro noble despojado de sus tierras se levantó en armas contra los invasores.

En la vida real, Edric fue un noble sajón que se rebeló en contra de los normandos para defender sus tie­rras en Shropshire y Herefordshire. Tras liderar una campaña contra los invasores, se ganó los apodos de «Edric de los Bosques» y «Edric el Salvaje». Cuenta la historia que, tras tres años de lucha, logró alojarse con el rey Guiller­mo, y que incluso lo acompaño a una batalla en Escocia. Pero el acuerdo no fue duradero, ya que el Domesday Book (registro catastral compilado en Inglaterra en el año 1086) indica que acabó perdiendo la mayoría, si no todas, sus tierras.
Más tarde, la historia se olvidó de él, aunque la leyenda ha mantenido viva su memoria. Los cronistas medievales cuen­tan que, mientras estaba perdido en el bosque una noche, rap­tó a un hada, pero la perdió años más tarde al romper la pro­mesa de no hablar nunca de sus orígenes sobrenaturales. Tam­bién se dice que no murió, sino que vivió junto a sus hombres en las minas de plomo de Shropshire, y que estaba siempre dis­puesto a luchar cuando Inglaterra lo necesitaba. Otra historia cuenta incluso que legó su espada a un enorme pez, el cual se dejaba ver de vez en cuando en el lago Bowmere Pool, cercano a Shrewsbury, con el arma amarrada a un lado.

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Las reivindicaciones de una esposa fiel

Uno de los relatos que recoge Giovanni Boccaccio en su Decamerón narra la venganza de una esposa hacia el hombre que había puesto en duda su fidelidad. Y, a pesar de que tardó varios años en demostrarlo, cuando lo logró fue un momento muy dulce.

Un día en que Bernabó de Génova alardeaba de la fidelidad de su esposa Zinevra, un mercader amigo suyo, llamado Ambrogiuolo, se apostó 5.000 florines a que sería capaz de seducirla, alegando que no existía ninguna mujer casta. Al poco, lo enga­ñó diciéndole que había ganado la apuesta. En realidad, había logrado entrar en sus aposentos escondido en un baúl y, apro­vechando que la esposa estaba dormida, se había fijado en deta­lles de la habitación y de sus encantos para convencer a Berna­bó de que realmente su mujer le había sido infiel. Furioso, éste pagó la apuesta dio órdenes de que su esposa fuera asesinada.
Sin embargo, el criado encargado de llevar a cabo la eje­cución era muy bondadoso y, en lugar de matarla, la dejó esca­par. Disfrazada de chico, la desconsolada mujer se dirigió a Egipto y prestó servicios al sultán hasta lograr un puesto de autoridad en la corte.
Varios años después, el traidor Ambrogiuo­lo llego a Egipto en una expedición comercial. Al reconocer algunas de sus pertenencias entre las mercancías del mercader, Zinevra le sonsa­có la historia de su hipócrita comportamiento. Más tarde, mediante una estratagema para atraer a Bernabó desde Italia, reunió a los dos hombres ante el sultán y, bajo amenaza de Tor­tura, obligó a Ambrogiuolo a contar la verdad.
Bernabó quedó abatido por su sentimiento de culpa y se lamentó del horrible mal que le había causado a su esposa, pero en el momento en que Zinevra reveló su verdadera iden­tidad, los dos se reconciliaron.
En cuanto al malvado Ambrogiuolo, el sultán lo con­denó a sufrir una muerte horrible: cubierto de miel y atado a un poste bajo el sol, rodeado de moscas y mosquitos.

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Las cartas de alejandro a aristóteles

Las hazañas de Alejandro Magno sirvieron de inspiración a toda una serie de narraciones que alcanzaron gran popularidad en la Europa medieval. Algunos de los relatos más exóticos se presentan en forma de las cartas que Alejandro escribió a su tutor, el célebre filósofo Aristóteles.

Una de las misivas de Alejandro describe cómo, durante una visita a una región lejana, el ejér­cito del general vio una gran ciudad que pare­cía flotar en el aire, ya que había sido erigida por encima de los juncos que abarrotaban la ribera del río. Cuando probaron el agua, tenía un sabor nauseabundo y algu­nos de los hombres que intenta-ron bañarse en él fueron devo­rados por reptiles.
Más tarde, sedientos tras llevar acabo una larga marcha, se encontraron con un lago de agua dulce y decidieron acampar junto a él. Esa noche, aparecieron escorpiones y serpientes con cuernos del tamaño del antebrazo de un hombre que atacaron a los soldados. Por si fuera poco, feroces bestias acudieron a beber al lago, entre las que había unos animales con un aliento hedion­do y rostro de mujer, pero con mandíbulas y colmillos de perro.
Durante otra campaña, en la India, a Alejandro se le mos­tró un jardín sagrado rebosante de arboles parlantes. Mientras él y sus hombres permanecían en el centro del jardín, observaron cómo uno de los árboles, consagrado a un dios del sol llamado Mitora, hablaba tres veces al día, y cómo otro, el árbol de un dios de la luna llamado Mayosa, hablaba dos veces. Al atardecer, Alejandro oyó las palabras que salían del primer árbol, pero como se expresó en el idioma local, tuvo que acudir a un sacerdote para que le recelara lo que había dicho el oráculo. Le advirtió que muy pronto sería asesinado a manos de sus propios hombres.
Esa misma noche volvió al recinto, poco antes de que el árbol de la luna comenzara a hablar, y no se vio defraudado. Una profunda voz que emergía del árbol reveló nuevas y ate­rradoras noticias, en concreto que Alejandro iba a morir en Babilonia, lejos de su hogar. En realidad, los dioses estaban en lo cierto, ya que se enfrentaría a un amotinamiento que lo obligó a retirarse de la India, y en el año 323 a. C. Alejandro murió en Babilonia, aunque a consecuencia de unas fiebres, y no por una traición.

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La valia de hynd horn

Si bien existían relatos que hablaban de un amor que traspasaba las distintas clases sociales, la mayoría de los romances tenían lugar entre personas del mismo estatus social. No obstante, en muchos relatos un caballero buscaba la gloria para ser merecedor de su amada.

Aunque noble de nacimiento, Hynd Horn no era rico y trabajaba como sirviente en la corte del rey. Un día, la hija del rey reparó en él y quedó a prendada, por lo que le rogó que se casara con ella a lo que él contesto que no era lo bastante rico como para contraer matrimonio con una princesa, y que sólo aceptaría si su padre, el rey, le nombraba caballero.
La joven convenció a su padre y, en cuanto Hynd Se con­virtió en caballero, le volvió a insistir para que se casara con ella.
Sin embargo, en esta ocasión, él alegó que primero debería demos­trar su valor en un combate, antes de ser merecedor de su mano.
Antes de partir, la princesa le entregó un anillo especial y le advirtió que, si perdía su brillo, querría decir que otro hom­bre la había hecho su esposa. Hynd viajó durante siete años por países extranjeros, comprobando el anillo con frecuencia, has­ta que un día notó que se había ennegrecido.
Mientras volvía a su hogar a toda prisa, se encontró con un mendigo, que le contó que la princesa se había casado hacía nueve días, pero que se había negado a acostarse con su marido hasta tener noticias de Hynd Hurn. Tras enterarse de la noticia, éste sustituyó su rico ro­paje por los harapos del mendigo y se dirigió al palacio donde residía la pareja.
En la puerta, pidió que la propia esposa le sirviera un trago. La mujer le llevó una copa y, después de apurarla, dejó caer el anillo en su interior. Ella le preguntó que quien le había en­tregado el anillo y él le contesto que había sido ella misma, hacía ya mucho tiempo. En ese mo­mento, la princesa lo reconoció y abandonó a su esposo para huir junto a Hynd Horn.

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La tragedia de raúl de cambrai

La leyenda del caballero francés Raúl de Cambrai, quien fue despojado de niño de su herencia por el hijo de Carlomagno, Luis I, es uno de los episodios más populares de la colorida obra épica francesa de finales del siglo XII, Los cuatro hijos de Aymon.

El conde de Cambrai murió cuando su esposa, Aalais, estaba embarazada de su hijo Raúl Luis in­tentó forzar a Aalais a contraer matrimonio con Gibouin le Manceau, pero ella se negó. Furioso, el rey se adueñó de toda la herencia de Raúl y se la entregó a Gibouin a perpetuidad.
Raúl creció hasta convertirse en un hábil caballero y en uno de los miembros favoritos de la corte, pero, un día, dos hermanos pequeños murieron bajo su supervisión y, aunque no iba a ser culpado de ello, su orgullo no le permitió contarlo, por lo que el padre de los niños, Ernaut de Douai, al enterarse, le declaro una eterna enemistad.
Raúl presionó a Luis I para recuperar su herencia, pero el rey se negó, ofreciéndole a cambio las tierras de¡ siguiente caballero que falleciera. Raúl aceptó estas condiciones, aunque la actitud de ambos no fue precisamente caballerosa.
Muy pronto falleció Herbert de Vermandois dejando a cuatro hijos mayores, de los cuales uno era el padre de Ber­nier, el escudero de Raúl. Éste exigió que Luis I cumpliera su promesa y el rey aceptó, pero con la condición de que ganara la tierra en una batalla.
Tanto Bernier como Aalais intentaron disuadirle de oca­sionar a otro el mal sufrido por él mismo, pero éste no atendió a razones y, tras una acalorada discusión con su madre, el orgulloso Raúl acudió a caballo completamente armado a las tierras de Ver­mandois. Bernier llegó a las manos con Raúl, pero huyó, herido, al campamento de su padre. Más tarde, Raúl luchó contra su eter­no enemigo, Ernaut de Douai, y contra Bernier. Mientras los tres luchaban, Raúl declaro que Dios no podría salvar a Ernaut, una blasfemia que marcó su destino, ya que fue asesinado por Bernier. Su cuerpo fue llevado con gran dolor de vuelta a casa.

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La lucha de una mujer por hacer justicia

Una popular leyenda inglesa relata cómo una mujer hizo causa común con su pueblo. En una época en la que las mujeres disponían de escasa influencia política, tuvo que recurrir a la única arma a su disposición: su belleza.

En realidad, lady Godiva (para ser más exactos, God­gifu o «Regalo de Dios») existió, aunque no se ha encontrado ningún testimonio de su estancia en la ciudad de Coventry, por la que se hizo famosa. De hecho, el primer registro del evento aparece en la crónica de Ro­ger de Wendover, escrita más de un siglo y medio des­pués, y sitúa el suceso en el año 1057.
Según el relato de Roger, Godiva no de­jaba de insistir a su marido, el conde Leofric de Mercia, para que bajara los impuestos a los habitantes de Coventry, don­de ambos habían funda­do un monasterio en 1043. Cansado de sus incesantes ruegos, finalmente le dijo que cumpliría su deseo, con la condición de que cabalgara desnuda por el atestado mercado de la ciudad. Sin duda, su única intención era acallarla de una vez, pero juzgó mal a su esposa, ya que, llegado el momento, llevó a cabo lo que su esposo le había pedido, inten­tando cubrir su desnudez con su larga melena al viento.
El hecho de que ordenaran a los hombres de la ciudad que per­manecieran en sus casas con los postigos cerrados durante el pa­seo a caballo se añadió posterior­mente, y cuenta la leyenda que uno de los habitantes, Peeping Tom, desobedeció la orden y se quedó ciego debido a su descaro. Sin embargo, exis­ten pruebas de que los habitan­tes de Coventry pagaban realmente impuestos muy bajos a principios de la Edad Media, y de acuerdo con un documento datado a finales del siglo XIII, el único impuesto vigente era el que se aplicaba a los caballos.

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La comadreja y el bebé

Los bestiarios pretendían analizar el comportamiento animal en busca de valores morales humanos equivalentes. En numerosos relatos populares se establecieron paralelismos emocionales entre los seres humanos y los animales, como muestra este relato galés acerca de una comadreja.

La fascinación medieval por los animales se expresaba también mediante fábulas, un subgénero literario muy popular en aquella época. Geoffrey Chaucer incluyó el relato del ufano gallito Chanticleer, cuya vanidad hizo que acabara en las fauces de un zorro, en sus célebres Cuentos de Canterbury. Los zorros eran los antihéroes favoritos y, como tales, protagonizaron infinidad de cuentos por toda Europa. Muchas de las mejores historias se reco­gieron en la obra satírica titulada Ronan de Renart, realiza­da en Francia en el siglo XIII, si bien reúne material popular que data de una época muy anterior.
Gran parte del atractivo de Reynard reside en sus cómicas travesuras, basadas en el uso de un ávido genio para sacar el mayor partido de sus adversarios. Sin embargo, el compilador del Roman enmarca los cuentos en un supuesto juicio frente al Consejo de los Animales, estableciendo así un escenario para toda una serie de críticas satíricas de la sociedad de la época.
Con respecto a la astucia, el único rival del zorro era la comadreja, aunque por aquel entonces se consideraba vene­nosa. Sin embargo, como muestra un relato medieval, podía mostrar también emociones humanas. De acuerdo con Gerald de Gales, un día, un hombre encontró en su casa un nido de comadreja en el interior de un abrigo de piel de cordero y, con sumo cuidado, lo sacó con la cría de la comadreja aún en su interior. Cuando la madre regresó y comprobó que su cría ha­bía desaparecido, decidió vengarse, así que se dirigió a la jarra de leche del hijo del hombre y, de pie sobre sus patas traseras, echo veneno en su interior.
El hombre, al ver lo que hacía la comadreja, se apresuró a dejar el abrigo de piel de cordero en su lugar. Cuando la coma­dreja vio que su cría no había sufrido ningún daño, dio un grito de alegría, corrió hacia la jarra y la tiro para verter todo su conte­nido. Además, en señal de gratitud, prometió que se encargaría de que el bebé humano no sufriera nunca ningún daño.

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El misterioso caballero del cisne

En su lecho de muerte, el duque de Brabante dejó a su hija Elsa al cuidado de un temido caballero llamado Frederick, que deseaba convertirla en su esposa. Ella se negó, pero Frederick logró que el emperador le permitiera lograr su mano con pleno derecho, siempre y cuando derrotase al guerrero que Elsa eligiese...

Por más que lo intentaba, la hija del duque no encon­traba a nadie que estuviera dispuesto a enfrentase a Frederick. Sin embargo, su desdicha provocó que de forma mágica sonara una campana en la bendita tie­rra del Santo Grial. El sonido de la campana atrajo a Lohen­grin, el hijo del guardián del Santo Grial, quien acudió en ayu­da de la joven.
Cuando se disponía a montar en su caballo para partir, vio a un cisne en el río que tiraba de una pequeña embarcación, y de inmediato supo que era para él. Llegó el día del combate en Brabante y, a no tener rival, Fredecick se disponía a reclamar a Elsa, pero un pequeño barco transportado por un cisne apa­reció en la ribera del río, con Lohengrin durmiendo en su inte­rior. Al despertarse, saltó a la orilla y el cisne se alejó nadando.
Lohengrin luchó contra Fredeeick y logró matarlo, tras lo cual Elsa se le ofreció como esposa, entregándole también sus tierras. El joven aceptó con la única condición de que ja­más le preguntara de dónde venía.
vivieron felices durante varios años, pero después de que Lohengrin le rompiese el brazo a un caballero en un torneo, la esposa comenzó a preguntarle sobre su pasado. Cuando Elsa lo supo, lloró noche tras noche hasta que se atrevió a pregun­tar a Lohengrin de dónde venía. El se lo contó, pero el día si­guiente el cisne se lo llevó.

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El flautista de hamelín

El 26 de junio de 1284 un extranjero ataviado con coloridos ropajes se acercó a los representantes de la ciudad de Hamelín, situada en la región de Brunswick, y se ofreció para solucionar un problema que les estaba creando innumerables dificultades: una plaga de roedores había infestado sus des-pensas y sótanos.

Los habitantes de la ciudad aceptaron la oferta del ex­tranjero, de modo que comenzó a tocar la flauta de calle en calle, hipnotizando a los roedores para que fueran detrás de su música. Luego se los llevó a un río cercano, en el que todos se ahogaron.
El consejo de la ciudad quedó muy satisfecho al librarse de la plaga, pero se negó a recompensar al flautista por sus servicios. Así que, algún tiempo después, el misterioso músico volvió a la ciudad para llevar a cabo una horrible venganza, Una vez más, tocó su flauta, aunque esta vez entonando una melodía distinta, que provocó que todos los niños de la ciudad lo siguieran hasta una colina llamada Koppen, en la que los niños y el flautista de­saparecieron por sus laderas para siempre jamás.
La leyenda se consolidó de tal forma en Hamelín a fina­les de la Edad Media que los concejales fecharon documentos «en el año de la trans-migración de los niños» y prohibieron que los músicos tocaran por las calles. Los historiadores sugieren que puede que este suceso se confundiera en la memoria po­pular con la verdadera migración que tuvo lugar de Sajonia a Hungría, o incluso con la cruzada de los niños de 1212, durante la cual miles de niños partieron del valle del Rin para liberar Tierra Santa; muchos de ellos murieron de inanición o fueron vendidos como esclavos y, al igual que los niños de Hamelín, nunca volvieron a casa.

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El cid y el leproso

Conservada en multitud de romances y crónicas medievales, la leyenda del Cid se inspiró en la vida del noble del siglo XI Rodrigo Díaz de Vivar. La generosidad del Cid ante un mendigo que encuentra en su camino es uno de los numerosos episodios que ponen de manifiesto la piedad y caballerosidad de tan célebre personaje.

El gran Cid galopaba a la cabeza de una compañía formada por veinte caballeros, con destino al san­tuario de Santiago para rendirle honores al santo
Al encontrarse a un leproso por el camino, que con voz débil demandaba caridad cristiana, detuvo su caballo, desmon­tó y ayudó al pobre hombre a ponerse de pie. Acto seguido, lo colocó en la silla de montar, se subió al caballo , y galopó junto a él compartiendo su propia montura.
Más tarde, se detuvieron en una posada para pasar allí la noche. Don Rodrigo tuvo que insistir para que permitieran la entrada al leproso, pero pudo incluso sentarlo a su mesa para co­mer. Cuando al final del día se encendieron las velas, el Cid condujo al leproso a su ha­bitación y allí compartió su cama con él.
En la oscuridad de la noche, el ca­ballero cristiano se despertó sobresaltado y sintió una fría respiración entre sus hombros. Saltó de la cama y pidió que encendieran las luces de la estancia; pero cuando se hizo la luz, no había rastro del leproso en la habitación.
Entonces, el gran guerrero cayó de rodillas al ver una aparición que resplan­decía con la luz del cielo. El espectro se presentó como Lázaro, el mismo que fue resucitado por el propio Jesucristo. Había ad­quirido la apariencia del leproso, cuyo sufrimiento el Cid había alviado el día anterior, y vaticinó un fantástico futuro para el guerrero, una muerte honorable y una vlda eterna en el paraíso. La visión entonces desapareció y, durante el resto de la noche, don Rodrigo permaneció de rodillas rezando a la Virgen María y a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Bradamante y ruggiero

En Orlando furioso, de Lodovico Ariosto, la casta Bradamante, que cabalgaba como la virgen guerrera vestida con una armadura blanca, se ganó el corazón del paladín pagano Ruggiero, aunque su romance estuvo plagado de no pocos avatares.

Se decía que Ruggiero era descendiente de Héctor de Troya. Tras ser cuidado durante su infancia por una leona, era pupilo del mago Atlas, quien lo protegía de todo peligro, dado que una profecía había augu­rado su prematura muerte.
Bradamante liberó a Ruggiero del castillo de Atlas, creado mediante conjuros, pero el mago lo volvió a recuperar montado en un hipogrifo, un caballo alado con cabeza de grifo. Más tarde, volvió a ser liberado por un caballero y viajó a lo largo y ancho del mundo, aunque Atlas siempre intentaba re­cuperarlo para ponerlo a salvo.
Un día, en un claro del bosque, Ruggiero se encontró a un gigante y a un caballero que luchaban. El gigante abatió a su oponente y, cuando se disponía a darle muerte, el casco del caballero se soltó y Ruggiero pudo comprobar que el pa­ladín caído no era otro que su amada Bradamante. Cuando avanzó para salvarla, el gigante la le­vantó, se adentró en el bosque con el caba­llero al hombro y condujo a Ruggiero a un castillo encantado, en el que éste buscó a su amada sin éxito, ya que Atlas se había vuelto a salir con la suya: la doncella parecida a Bradamante y el castillo habían sido fruto de su magia.
Llegó un día en el que la verdadera Bradamante se di­rigió al mismo claro del bosque y Atlas utilizó un fantasma con la apariencia de Ruggiero para atraer a la virgen guerrera a su guarida, quien, sin éxito, intentó buscar a su amado. Cuando se libraron del conjuro, Bradamante y Ruggiero se abrazaron apasionadamente. El caballero se convirtió al cris­tianismo para obtener su mano, y, finalmente, la pareja con­trajo matrimonio en la corte de Carlomagno, donde se eri­gieron espléndidos pabellones y los campos se decoraron con hermosas guirnaldas.

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