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domingo, 7 de octubre de 2012

Freyr y el amor

Gerd era la personificación de los trigales. Retenida en las garras de los gigantes, era incapaz de prosperar y necesitaba la ayuda de Freyr, el dios de la fertilidad, para liberarse de su gélido encierro.

Un día, Freyr se sentó en el trono de Odín, prerrogativa que estaba prohibida para el resto de los dioses, para contem­plar el universo. Al rato se marchó muy afligido, pues se había enamorado de una hermosa mujer.
Se trataba de Gerd, la hija de dos gigantes que la habían recluido en una morada en las montañas, situada al norte. Se decía que cuando la joven alzaba sus brazos, todos los mundos se iluminaban con su belleza.
Freyr se encerró en sí mismo y nadie se atrevía acercarse a él. Un día, su padre, Njord, pidió al esclavo de Freyr, Skirnir, que representaba al sol, que intentara averiguar el origen de la tristeza de su hijo.
Freyr le confesó entonces a Skirnir que se hahía enamorado de Gerd:
-Y si no logro hacerla mi esposa, me temo que no podré seguir viviendo. Debes pedirle que se case conmigo y traerla de vuelta, esté o no su padre de acuerdo. Te premiaré con una gran recompensa. -Skirnir le pidió su magnífica espada, que luchaba por sí misma, y el dios de la fertilidad se la entregó sin dudarlo.
El esclavo de Freyr viajó hacia la morada de Gerd, pero, al llegar allí, vio que la joven se mostraba reacia a casarse con Freyr. Al principio, Skirnir le ofreció las manzanas de oro de la eterna juventud y el anillo de oro de Odín, pero eso no la hizo cambiar de opinión. Skirnir entonces la amena­zó con recurrir a la violencia, pero Gerd continuó negándose a casarse con Freyr. Finalmente, el enviado de este último le advirtió que podría emplear un hechizo y la ira de los dioses. En ese momento, Gerd cedió, y prometió acudir a Asgard después de nueve noches.
Cuando Skirnir volvió con la noticia, Freyr pensó que no podría so­brevivir tanto tiempo sin su amada, pero lo logró, y Freyr y Gerd se casaron.

0.079. anonimo (vikingo)

El triunfo de wolfdietrich

El relato germánico de Wolfdietrich constituye una leyenda heroica clásica, que incluye una infancia rebelde, una matanza de dragones, un período de exilio y una vuelta triunfal. Es posible que el personaje legendario esté basado en Teodorico el Grande, que subió al poder en Italia en el siglo VI d. C.

Wolfdietrich era hijo de Hugdietrich, empera­dor de Constantinopla, y la hermosa Hilde­burg, pero este matrimonio era secreto, ya que el padre de esta última, Walgund, no permitía que su hija tuviera pretendientes, y el niño nació mien­tras Hugdietrich se encontraba librando diferentes batallas. Una vez que la madre ocultó a su bebé, éste despareció y lo encontra­ron más tarde en un bosque cercano jugando con unos cacho­rros de lobo, incidente del que proviene su nombre.
Un día, Walgund se enteró del matrimonio y acabó aceptándolo. Wolf-dietrich se convirtió en un hombre refina­do, así como en el heredero idóneo para el trono en todos los aspectos. Sin embargo, una facción de Constantinopla se negaba a aceptarlo y divulgó el rumor de que no era hijo de Hugdie­trich. Cuando el anciano emperador murió, el grupo de disi­sentes expulsó a Wolfdietrich de la ciudad, haciendo que en su lugar subieran al trono sus dos hermanos menores.
A partir de ese momento, Wolfdietrich consagró su vida a recuperar el trono, para lo que tuvo que superar numerosas pruebas. Un día, cayó en las manos de una horrible bruja, Rauch­-Else, quien adoptó la apariencia de una osa, pero cuando acepto a regañadientes casarse con ella, la bruja se convirtió en una her­mosa princesa, con la que vivió felizmente durante numerosos años. Luego acudió a pedir ayuda a Ortnit, el rey de los lombar­dos, para que luchara por su causa, pero descubrió que su posi­ble aliado había sido asesinado por un dragón. Wolklietrich se enfrentó entonces a la bestia, a la que finalmente mató con la ayuda de una camisa mágica y de una espada templada con san­gre de dragón.
Al final, regresó a Constantinopla y derrotó a sus ene­migos. Más tarde volvió a Lombardía para ser coronado sacro emperador romano.

0.079. anonimo (vikingo)

El señuelo del collar

En cuanto lo vio, Freyja supo que tenía que apoderarse del collar de los Brisings, fruto de cuatro enanos célebres por su destreza para trabajar el oro, pero que no tenían la mínima intención de deshacerse de él.

Un día, Freyja se encontró por casualidad con cuatro enanos, cuyo oficio consistía en trabajar el oro, y vio que estaban creando un exquisito collar, el más hermoso que había visto nunca. Al verlo, sintió un enorme deseo de poseerlo, convencida de que una joya así solo podría adornar su cuello.
Propuso a los enanos comprar el collar, pero éstos le contestaron que no estaba a la venta, así que les ofreció todo cuanto tenía de calor, pero la decisión de los enanos parecía inamovible.
Pero cuanto más testarudos se mostraban los ena­nos, mayor era el deseo de Freyja por apoderarse del collar. Hasta que, por fin, fijaron un precio:
-Tenemos todo cuanto nesitamos, no existe objeto que puedas ofrecernos, Freija. Lo único que deseamos realmente es a ti. Si pasas una noche con cada uno de nosotros, te prometemos que te daremos el collar.
Horrorizada, Freija refle­xiono acerca de la propuesta de los enanos. Pero el deseo de poseer el collar era como un fuego ardiente, y para una diosa cuyo apetito sexual era la comidilla de Asgard, cuatro noches de lujuria no tu parecían un precio excesivo por poseer el collar para siempre: además, nadie lo sabría. De modo que aceptó el trato de los enanos. Freija cumplió su promesa, al igual que hicieron los enanos, y el collar se convirtió en una de sus más preciadas posesiones.

0.079. anonimo (vikingo)

El funeral de un dios

Balder era el más hermoso y amado de los aesires, así que, cuando murió, el resto de los dioses celebraron un espléndido funeral, ceremonia que solía reservarse para ocasiones muy especiales. El cuerpo del dios fue depositado en su barco, que fue lanzado, envuelto en llamas, al mar.

Seres de muy diversas naturalezas acudieron a la inci­neración de Balder, entre los que se incluían Odín con sus cuervos, Frigg con todas sus valquirias, Frey­ja con sus gatos y Freyr en su carro, conducido por el jabalí de oro Gullinbursti.
Los aesires tuvieron que mandar llamar a una gigante llamada Hyrrockin para que lanzara el inmenso barco de Balder tras dar un suave empujón con el codo, introdujo el barco en el agua mientras las gigantescas olas se elevaban y la Tierra tembla­ba. Thor estaba tan enfurecido por no haber sido capaz de em­pujar el barco sin ayuda que elevó su martillo para golpear a la gigante en el cráneo, pero el resto de los dioses intentaron en favor de ésta y lograron aplacar la ira de su irascible compañero.
Cuando el cuerpo de Balder era conducido en procesión solemne a bordo del barco, su esposa Nanna se derrumbó y mu­rió de dolor, por lo que la colocaron junto a su esposo en la pira. Los aesires prendieron fuego al barco y Thor lo consagró con su martillo, Mjollnir. Al mismo tiempo, un inoportuno enano llamado Lit se colocó delante de los pies de Thor, quien de una patada lo arrojó al barco en llamas, donde también pereció.

0.079. anonimo (vikingo)

El ardo de gefion

El origen de la isla de Zelanda, sobre la que se encuentra la actual Copenhague, se explica en un mito protagonizado por la diosa Gefion. Cuenta la leyenda que fue la responsable de la separación del territorio de Suecia después de haber embaucado al rey sueco mediante sus tretas y su magia.

Gefion era una figura de poca relevancía entre los aesires, y, en la Edad Media, era el símbolo de la castidad. Sin embargo, su más célebre proeza sugiere que en tiempos anteriores gozó de una reputación muy diferente. En un poema de la época vikinga, escrito por un bardo de la corte sueca, se narra cómo Odín la envió a viajar por el reino humano de Midgard, en el que en­contró por casualidad la corte del rey Gylfi de Suecia. Su belle­za dejó prendado al soberano y la diosa aceptó sus insinuacio­nes de buen grado. Tras mantener una placentera relación con ella, el rey la recompensó ofreciéndole una parte de su reino. Dado que desconocía sus orígenes divinos, le prometió que le entregaría todo el territorio que pudiese arar con cuatro bue­yes en el plazo de un día y una noche.
Gefion aprovechó la oportunidad sin eludirlo, tras par­tir hacia Jotunheim, el reino de los gigantes, utilizó sus poderes divinos para transformar en bueyes a sus cuatro hijos nacidos de un gigante, que fueron las bestias con las que decidió llevar cabo la oferta de Gylfi. Los cuatro animales araron con todas sus fuerzas, y aplastaron la tierra con tal ím­petu que la separaron de sus amarras. Luego la empujaron hacia el interior del mar Báltico y, tras dirigirse hacia al sur bordeando el extremo de Suecia, final­mente la depositaron a modo de isla, a la que Gefion dio el nombre de Zelanda.
Un enorme lago, conocido en la actualidad como Malar, permaneció en Suecia en el lugar donde la tierra fue arrancada de raíz, y hay quien sostiene que sus brazos coinciden en gran medida con las pe­nínsulas de Zelanda.

0.079. anonimo (vikingo)

La montaña viajera

Huishtínbaque [1], un niño shipibo, que vive desorientado por el mal comportamiento de sus mayores, abandona cierto día su vivienda con el propósito de pescar. Aborda su canoa en el embarcadero del poblado y la conduce por la quebrada de Cumancay. Observa que los peces, que están muy agitados, surcan el agua velozmente, como trastornados, y le resulta imposible dirigir sus flechas con acierto. La candente mirada de Bari [2] hace hervir el agua y revienta los frutos en las ramas de los árboles.
Huishtínbaque acerca su canoa hasta el árbol Nehue Rao [3] y ve que sus frutos estallan esparciendo sus semillas en el viento. Las que caen al agua son devoradas por los peces y éstos al instante rompen la superficie color turquesa y remontan vuelo por los aires caldeados. A los pájaros les sucede lo contrario: tan pronto comen las semillas se precipitan al agua y se sumergen como si fueran peces.
Huishtínbaque queda maravillado y, sin saber de qué se trata, tiene la certeza de estar recibiendo una señal espiritual.
Abandona su canoa, llega hasta el árbol y trepa. Alcanza la copa del Nehue Rao, llena con sus hojas y frutos el bolso que pende de su cuello y desciende.
Recobra su canoa y rema de prisa en dirección a su morada. Al verle regresar tan pronto y sin pesca, su madre se extraña, pero permanece en silencio. Lo ve extraer el contenido del bolso y triturar las hojas y frutos en un mortero de tronco de palmera, hasta transformarlos en una pasta amarillenta que diluye en una tinaja. Actúa con seguridad, como si supiera perfectamente lo que hace. La madre lo contempla intrigada y le pregunta qué está haciendo...
-Lo que ves -contesta el niño.
Le muestra la sustancia amarillenta que pugna por escapar de la tinaja y le relata paso a paso lo que ha presenciado.
-Y ¿qué te propones?
La madre no logra averiguar nada; Huishtínbaque guarda silencio, se aleja regando la sustancia por el frente de la vivienda y sigue haciéndolo por el terreno de las viviendas vecinas. La mujer se alarma y corre de casa en casa anticipándose al recorrido del hijo y advirtiendo a la gente:
-No abandonen sus viviendas por ningún motivo. Algo malo se avecina.
Su semblante y su voz trasmiten tanta angustia, que todos deciden obedecer. Huishtínbaque se interna entre los matorrales, desaparece tras los árboles y arbustos, resurge infatigable en la maleza rastrera regando el líquido. La gente lo contempla agrupada en los patios de las viviendas y nadie sabe explicar su extraño comportamiento.
-Pase lo que pase, no nos moveremos de nuestras casas -comentan.
-Una zoncera -exclama un joven, riéndose del miedo de la gente. Yo me voy a cazar al bosque.
Recoge su arco y flechas, pucuna [4] y virotes [5], cruza audazmente el lindero demarcado por el líquido y desaparece en la floresta.
Ahí no más se percibe un aterrador ruido subterráneo. Parecería que la tierra se esforzara en romperse sacudiéndose violentamente por donde el líquido ha sido vertido. Y lo consigue, y poco a poco va desprendiéndose de aquella que se encuentra fuera de la marca y permanece inalterable.
El ruido ensordecedor persiste cuando la gran circunferencia demarcada es una sola grieta. Los pobladores se aferran a los horcones y troncos cuando el gran bloque que contiene la totalidad de viviendas y árboles que les dan sombra se va elevando. Y sigue elevándose más y más, ante la consternación de la gente, que no atina sino a arrojarse de bruces sobre la hierba para evitar caer al abismo.
Aterrado por el estruendo que suena a sus espaldas, el joven cazador da media vuelta y regresa a la carrera por la trocha. El abismo detiene su avance. Su vivienda y las demás, y su familia y toda la gente están suspendidas en el aire turbulento, más arriba que los más altos árboles.
-¡Ea bihué cocá, ea bihué! (¡Ven a llevarme, tío; ven a llevarme!) -grita desesperado.
Y continúa gritando, al ver que aquella tierra desprendida se desplaza por los aires:
-¡Cocá, cocá! (¡Tío, tío!)
Y se eleva tras ellos convertido en el pájaro Cocá, que deja oír por vez primera su canto lastimero.
Cuentan los abuelos que en todo el Ucayali se vio con asombro, surcando el firmamento, algo que semejaba una montaña viajera. Y que estuvo a punto de caer en el paraje donde hoy se encuentra la ciudad de Contamana y aplastar a sus moradores. Y dicen que la montaña cobró altura y prosiguió su viaje, para finalmente descender con suavidad en un bosque pantanoso del Bajo Ucayali: ese gran cerro conocido con el nombre de Canchahuaya.
Los navegantes que arriman sus canoas a este cerro por los caños del pantano, escuchan sonidos de la vida cotidiana, murmullos imprecisos, rumores de las fechorías que se siguen cometiendo. Pero no logran distinguir a nadie porque se trata de espíritus, condenados a permanecer para siempre fuera del mundo de felicidad de los antepasados.
Se dice que la enorme cavidad que, al desprenderse, dejó la tierra de Cumancay, de la noche a la mañana se llenó de agua y se pobló con toda clase de animales acuáticos y peces: el manatí, la nutria, el paiche, la gamitana, el acarahuasú, el tucunaré, los bufeos.
De dónde vinieron, se siguen preguntando los pescadores shipibos que ingresan a esta gran laguna, alistando sus arpones y flechas para atraparlos. Pero antes contemplan con detenimiento el agua y las copas de los árboles; no sea que otra vez Bari esté haciéndola hervir y reventando los frutos del Nehue Rao.

0.072.4 anonimo (peru)




[1] Huistínbaque: Vástago de estrella.
[2] Bari: El Sol, espíritu tutelar.
[3] Nehue Rao: Viento mágico.
[4] Pucuna: Cerbatana.
[5] Virotes: Dardos de la cerbatana.

El señor del espejo humeante

Entre los primeros cuatro dioses creados por Ometeotl se encontraba Tezcatlipoca Negro, una incansable y oscura deidad descrita como «todopoderosa e inigualable». Caprichoso hasta la saciedad, podía ofrecer riqueza, una larga vida y felicidad para luego arrebatarlo todo.

Uno de los aspectos más evocadores e inescrutables de Tezcatlipoca es su propio nombre, que significa «espejo humeante,, en alusión al espejo que llevaba detrás de la cabeza y, en ocasiones, al que sustituía uno de sus pies, arrancado cuando lo arrojaron desde el cielo por seducir a una diosa virgen. El relato del espejo de Tezca-tlipoca es tan oscuro como las imágenes de su superficie. Una levenda tolteca habla de un espejo cuya superficie era como el humo y que podía predecir el final de las sequías. Se decía que Tezcatlipoca había robado este espejo y lo había escondido, lo que prolongaba los epi­sodios de hambruna. El espejo era «ahumado» porque es­taba realizado con obsidiana, un cristal volcánico de color negro que reflejaba con oscuridad y, a menudo, distorsiona­ba las imágenes. Tezcatlipoca podía ver el futuro en él y en los corazones de su pueblo, circunstancia que lo convirtió en el mecenas de los chamanes.
Aunque era un dios impredecible que podía traer desgracias y humillar a los vencedores, también tenía su lado protector. De acuerdo con un relato, fue el responsable de guiar a los aztecas durante su búsqueda de una tierra en la que vivir. El oscuro dios los alentaba narrándoles las visiones que podía ver en su espejo sobrenatural. De ahí que, cuando los aztecas llegaron a Texcoco a tra­vés de las aguas de la que luego sería la capital de Tenochtitlán, los sacerdotes colocaran un espejo en el templo de Tezcatlipoca, en el que se podía contem­plar el sombrío y hermoso semblante de la divinidad.

0.010. anonimo (centroamerica)