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viernes, 1 de marzo de 2013

Pachacuti y la joven de ica

Pachacuti fue el soberano inca de mayor relevancia y el principal artífice del imperio andino. Este cuento popular, que conmemora el amor que sentía por su pueblo, narra cómo hizo gala de su generosidad a una de sus súbditas, incluso después de que ésta hubiera rechazado sus proposiciones amorosas.

Cuando era un joven príncipe, Pachacuti no era el heredero directo del trono, sino que subió al poder cuando un ejército de la vecina Chanca atacó la capital inca, Cuzco. Cuando el heredero legítimo huyó, Pachacuti lideró la resistencia y derrotó a los invasores con gran superioridad, y a partir de ese momento, nunca re­nunció al poder.
Aunque para levantar el imperio tuvo que derra­mar mucha sangre, lo cierto es que se ganó también una sólida reputación como gobernante humanitario. Cuenta una historia cómo, mientras viajaba por la provincia de Ica, que­dó impresionado ante la belleza de una chica que trabajaba en los campos. Los cortesanos corrieron hacia ella para comunicarle que había tenido el honor de ganarse el favor del soberano, pero, a pesar de todos los obsequios de valor que le ofrecieron, la joven rechazó las proposi­ciones del soberano, alegando que estaba enamorada de otro hombre.
Los asistentes del monarca esperaban que éste la castigara, pero ensalzó la constancia de la chica y le ofreció que eligiera la recompensa que deseara. La joven, en lugar de pedir oro o joyas, dijo que lo único que deseaba era agua para su aldea, que estaba situada en una región árida. Complacido, Pacha­cuti ordenó a 40.000 soldados que cavaran canales de riego para abastecer a la comunidad todo un año. O eso es lo que cuenta la historia, pues, en realidad, los canales precedieron a los incas en varios cientos de años.

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Los gigantes de la patagonia

La creencia en la gigantesca estatura de los habitantes de la Patagonia sobrevivió en Europa durante siglos, después de que Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes durante su expedición alrededor del mundo, escribiera un relato.

Cuando se aproximaba al extremo sur del subcon­tinente americano, la flo­ta de Magallanes se refu­gió en una cala para pasar el invierno. Un día, se sobresaltaron al ver a un gigante desnudo en la orilla, danzando y cantando, y arrojándose tierra y polvo sobre la cabeza mientras hada cabriolas. Desconcertados ante semejante ima­gen, Magallanes ordenó a uno de sus hombres que se aproximara al extra­ño y que imitara su comportamiento para tranquilizarlo y poder comunicare, con él.
El hombre cumplió las órdenes de Magallanes, y condujo al gigante a un islote, en el que el resto de la tripulación esperaba. Una vez en él talló una impo­nente figura, que prácticamente lo dobla­ba en tamaño, con un enorme rostro pin­tado de color rojo, con la excepción del área que rodeaba los ojos, en la que la piel era de color amarillo. El habitante de la Patagonia también quedó impresionado ante la apa­riencia de los visitantes, y comenzó a señalar con los dedos ha­cia el cielo, convencido de que eran seres celestiales. Al reflejar­se su rostro en un espejo, quedó tan horrorizado que dio un salto hacia atrás, tirando al suelo a cuatro miembros de la tri­pulación.
Más tarde, llegaron varios gigantes más y Magallanes decidió que se llevaría a algunos de vuelta a Europa como prue­ba de las maravillas con las que se había encontrado durante su viaje. Así, subió a bordo a dos de los más jóvenes, a los que suje­tó con cadenas, y, al poco tiempo, reempredió la travesía. Pero su traicionero comportamiento no le sirvió de mucho: los dos nativos murieron antes de que terminara el año, incapaces de sobrevivir a las terribles condiciones de su cautiverio.
Magallanes también murió durante el viaje, pero Piga­fetta sobrevivió para informar acerca de tan extraño encuen­tro. Expediciones posteriores confirmaron su relato acerca de una raza de gigantes que habitaban las tierras australes. Con el paso de los años, se exageró su descomunal estatura, hasta con­vertirlos en seres que superaban en cuatro veces el tamaño de un hombre corriente. Es posible que los gigantes a los que ha­cen referencia estas crónicas fueran los tehuelche, una raza de gran estatura que habitaba por aquel entonces en la región. Por desgracia, muchos murieron debido a la represión guberna­mental en la década de 1870, y, de acuerdo con el último censo realizado en la actualidad, tan solo viven algo menos de 60.000.

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Las mujeres valientes

Un mito del pueblo shavante, de la cuenca alta del río Xingú, en Brasil, habla de un tiempo en que las mujeres eran las responsables de atacar a otras tribus que se atrevían a atravesar sus tierras.

Hace mucho tiempo, antes de que existieran los jaguares, los hombres mas valientes del pueblo shavante habían muerto debido a los con­tinuos ataques entre tribus, por lo que las mujeres decidieron sustituirlos y se dispusieron a atacar a algunas personas de raza blanca. Aunque, en aquellos tiempos, los europeos vivían en tierras muy lejanas, las distancias eran más cortas y a las mujeres sólo les llevó unos días llegar a los hoga­res que pensaban que pertenecían a los blancos. Pero, al llegar allí, lo único que encontraron fueron espíritus de caras blancas y planas, y cuerpos cubiertos de plumas. Las mujeres no estaban seguras de si se trataba de gente blanca, ya que nunca la habían visto antes. Y sospecharon que podían tra­tarse de algo aún más peligroso. Ni los espíritus ni las mujeres sabían quién debía temer a quién, pero, al final, los espí­ritus huyeron a las mujeres saquearon su aldea y se llevaron las esterillas, las cestas y las armas, como se sigue haciendo en la actualidad durante la fiesta que se celebra para protegerse del demonio. Pero durante el camino de regreso a casa, enfermaron y les aparecieron forúnculos. Pensa-ban que iban a mo­rir v que estaban siendo castigadas por no haber pla­neado el ataque con el mismo cuidado con el que lo hacían los hombres. Sin embargo, cuidándose las unas a las otras y entonando cánticos que les dieran fuer­za, lograron regresar a la aldea, donde fueron veneradas por los hombres y perdonadas por no haber planifi-cado el ata­que correctamente.

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Las doncellas de las estrellas

Algunas de las historias de terror más populares de la región del Amazonas cuentan las relaciones amorosas entre hombres mortales e irresistibles doncellas que descendían de las estrellas. De acuerdo con este relato, un joven debe pagar un alto precio por sucumbir ante los encantos de una mujer sobrenatural.

Una vez, un joven del puehlo cherente alzó su mirada al cie­lo y quedó fascinado ante la belleza de la constelación de las Pléyades. Una estrella en particular llamó su atención, y quiso llevársela en su jícara. Cuan­do esa noche se fue a dormir, soñó con la estrella y, al despertarse, de repente se encontró a una bella mujer con ojos brillantes junto a él, quien dijo ser la estrella de sus sueños, e insistió en que la intro­dujera en su jícara.
Durante los días siguientes, miraba en su interior y veía sus ardientes ojos, mientras que, por las noches, la estrella salía para así poder admirar su belleza. Una noche, lo engatusó para que trepara por un árbol mágico, que transportó a ambos a un campo desolado en me­dio del cielo, donde la estrella le dijo que la esperara mientras iba a buscar comida. Tras quedarse solo en tan solitario lugar, de repente oyó una dul­ce melodía. Movido por la intriga, la siguió hasta llegar a un lugar donde había un grupo de cadáveres que danzaban mientras la carne podrida a he­dionda se desprendía de los esque-letos. El chico huyó aterrorizado, perse­guido por la doncella de las estrellas, quien le dijo que regresara. Ésta le echó en cara su desobediencia, pero el hombre no soportaba el mundo del cielo durante más tiempo y volvió a des­cender por el árbol hasta dar con suelo firme.
En su huida, oyó que la estrella le decía que regresaría muy pronto y, al llegar de vuelta a la aldea, apenas acabó de relatar su historia cuando cayó muerto.

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Las distantes tierras del paraiso

El pueblo huarochirí cuenta con historias de un tiempo en el que su hogar era un paraíso fértil, antes de que el dios Pariacaca los obligara a marcharse a tierras más yermas. Quizás esta tribu viviera en valles exuberantes más cercanos a la costa, pero los invasores los forzaron a retirarse al altiplano.

El pueblo huarochirí ocupaba la región de lo que en la actualidad es la capital de Perú, Lima. La mayoría de lo que conocemos de sus mitos proviene de un sacerdote español, Francisco de Ávila, quien reco­piló las creencias tradicionales de los huarochirí, la mejor torma de extirpar todo vestigio de la anti­gua religión. De manera irónica, sus escritos sirvieron para pre­servar las historias que se había pro-puesto destruir.
Los mitos que Avila recopiló sostienen que los huarochirí estuvieron gober­nados en tiempos remotos por dos dioses, Yana Namca Y Tuta Namca, hasta que un tercer ser divinno, Huallallo Caruincho, los derrotó y se hizo con el poder, imponiendo estrictas reglas. Así, a las mujeres sólo se les permitía engendrar dos hijos, y se las obligaba a elegir uno para que viviera y a entregar al otro para que fuera consumido por las llamas del dios, quien adoptaba la apariencia de una bola de fuego. En aque­llos tiempos, las tierras eran fértiles y estaban plagadas de papa­gayos y tucanes de intensos y vivos colores. Cada semilla que se plantaba germinaba en cinco días. De manera similar, cuando al­gún hombre o mujer moría, volvía a cobrar vida después de cin­co días. Sin embargo, vivían de manera diabólica. Su fácil existen­cia llegó a su fin cuando un nuevo dios, Pariacaca, emergió de cinco huevos sobre el monte Condor Coto, derrotó a Huallallo Caruincho y condujo a su pueblo tierra adentro.
De acuerdo con Ávila, las exuberantes tierras se deno­minaban Yunca o Ande (el primer término hace re­ferencia a los valles fértiles que se extienden hasta la costa). De acuerdo con otra ver­sión, se llamaron «antitierras», término gé­nerico que podría hacer referencia a los cálidos paisajes de las tierras bajas.

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Las criaturas que cambian de forma

Los espíritus condenados a vagar por el mundo de los vivos durante la eternidad tras cometer un pecado mortal eran seres humanos destinados a cambiar de forma y de voz de modo que pudieran imitar a la persona que quisieran. Podían ser hombres, pero las mujeres eran las más temidas.

Los «condenados» pertenecían a una categoría de fantasmas presente en distintas culturas, la de aque­llos atrapados entre los mundos de los vivos y los muertos.
Al no disponer de un hogar, deambulaban privados de compañía y despojados de toda esperanza de salvación. No es de sorprender, pues, que se enfadaran y buscaran venganza por los sufrimientos que debían padecer aquellos que habían corrido mejor suerte que ellos.
El clásico relato del condenado comienza con un joven que viaja solo por una solitaria ruta montañosa y que se sor­prende al encontrarse con una hermosa mujer, pero su sorpre­sa es aún mayor al ver que ésta se arroja en sus brazos y le ofre­ce su cuerpo para pasar la noche. El joven sucumbe ante sus encantos sin dudarlo y la pareja hace el amor de manera apa­sionada hasta el amanecer. Pero cuando sale el sol, la mujer le informa de que se trata de una condenada. Acto seguido desa­parece y, en cuestión de semanas, el desdichado chico se con­sume y muere.
En ocasiones, los condenados eran caníbales en lugar de seductores. Una truculenta historia cuenta cómo una jo­ven madre que aguardaba la llegada de su marido vio a una mujer vestida de blanco que corría a toda prisa por el sendero cercano a su casa durante el anochecer. La extraña parecía tener tanto frío que la mujer la invitó a su casa y, una vez den­tro, le pidió que sujetara a su pequeño de dos años mientras se agachaba para encender la hoguera. Pero al levantarse de nuevo y darse la vuelta, vio que la boca de la misteriosa mujer estaba manchada de sangre y que se había comido a su peque­ño hasta la cintura. La dueña de la casa pudo escapar escon­diéndose en una manada de vacas, cuyos bramidos asustaron al hambriento espíritu.

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La piedra que lloro lagrimas de sangre

Cuenta una leyenda de Cuzco que había una enorme roca más allá de los muros de la ciudad que lloraba lágrimas de sangre. Esta historia se basaba en una tragedia real que estropeó la construcción de uno de los mayores logros arquitectónicos de los incas.

Incluso en la actualidad, es difícil no maravillarse ante los extraordinarios lo­gros arquitectónicos de los incas, y la impresión que podamos tener hoy en día no es nada comparada con la que debieron de sentir los soldados españoles que   conquistaron el Imperio inca en el siglo XVI. La construcción que más les im­presionó fue la fortaleza de Sacsahuamán, que presidía la capital imperial de Cuzco. Erigida con enormes bloques de piedra, algunos de los cuales pesa­ban más de cien toneladas, maravilló a los conquistadores con su desco­munal mole, hasta el punto de que algunos la denominaron la octava maravilla del mundo. Sin embargo, una de las piedras destinadas a su construccibón nunca llegó a su lugar, sino que permaneció en una meseta frente a la fortaleza, tan agotada de su largo viaje desde las minas, según afirmaban los habitantes de Cuzco, que tuvo que detenerse a descansar y lloró sangre del esfuerzo realizado.
De acuerdo con el inca Garcilaso de la Vega, la realidad fue aún más trágica. De hecho, los tra­bajadores que la estaban transportando la dejaron allí en forma deliberada, después de que ocurriera un desastre durante el trayecto, cuando la enorme roca se soltó desde una montaña y aplastó a muchos de los que la arrastraban. De acuerdo con el historia­dor, eran estas víctimas (que sitúa en unas 3.000) quie­nes lloraban lágrimas de sangre, y la piedra permane­ció aislada fuera de la capital como monumento en su memoria.

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