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domingo, 28 de diciembre de 2014

Tidalik, el sapo gigante

En el tiempo de los sueños, cuando el mundo era tan joven como un bebé recién nacido, vivía en la llanura de Australia, cerca de un gran lago, un sapo gigante. Era inmenso, enorme, tremendo, más alto que el más alto de los árboles del bosque, más alto de lo que serían muchos árboles puestos uno encima del otro. Cuando caminaba, la tierra temblaba bajo sus pasos. Se llamaba Tidalik.
Un día entre los días, Tidalik se despertó con sed. Mucha sed. Muchísima sed.
-Siento que viene una gran sequía -dijo Tidalik. Debo asegurar mi reserva de agua.
Se acercó al lago y se bebió toda el agua hasta que se vio el fondo barroso, con plantas acuáticas y algunos peces moviendo desesperados las aletas. Después se tomó toda el agua de los ríos que desembocaban en ese lago. Después se bebió todos los lagos y los ríos y los arroyos y las lagunas y los estanques y los pozos del mundo. Después todo el agua del mar.
Los hombres y los animales, desesperados, se reunieron para buscar una solución. Si no conseguían que Tidalik devolviera el agua, toda la vida sobre la tierra moriría. El sapo ya no podía moverse de tanto líquido que guardaba en su estómago, pero de nada servía atacarlo. Las lanzas y los bumeranes eran inútiles contra semejante monstruo, rebotaban en su grosísima piel.
-Tenemos que hacerlo reír -dijo alguien.
Y todos estuvieron de acuerdo. Si Tidalik se reía, las sacudidas harían que el agua se derramara de su boca. Si conseguían que se riera mucho, tendría que apretarse el vientre con sus patas y el agua saldría todavía con más fuerza. Necesitaban a la cucaburra, el pájaro reidor de Australia. La voz de la cucaburra es una risa tan contagiosa que nadie se puede resistir.
Y allí fue la cucaburra, llena de ánimo y energía, dispuesta a reírse durante horas si fuera necesario. Por supuesto el primero en imitarla fue el pájaro lira, un ave capaz de reproducir el sonido de cualquier otra. Y cuando los dos se reían y se reían sin parar, poco a poco todos los demás comenzaron a contagiarse. Se reían los murciélagos y los perros dingo, los canguros, los koalas y los hombres. Todos reían y reían sin parar. Todos excepto el gran sapo Tidalik, que los miraba sin comprender, con cara de aburrido.
Agotados por tanta risa inútil, los animales trataron de inventar otras gracias. Los hombres hacían bromas. El dingo corría en círculos tratando de atrapar su propia cola. Los canguros saltaban y boxeaban entre sí de una manera desopilante. Cada uno de los animales intentaba una payasada todavía más cómica que la anterior. Y la cara del sapo estaba cada vez más triste. Ni la sombra de una sonrisa.
Noyang, la anguila, lo intentó también. Retorció su largo cuerpo en mil piruetas y finalmente se paró sobre la punta de su cola dando vueltas y vueltas como un tornado, tan rápido que casi no se la veía. ¿Quién puede adivinar lo que hay en la cabeza de un sapo gigante? Por alguna misteriosa razón, ver una anguila haciendo payasadas sobre la tierra parecía hacerle gracia al terrible Tidalik. Una débil sonrisa estiró su enorme boca de sapo y permitió que cayeran unas gotas de agua sobre las que se abalanzaron todos.
La anguila no se dejó tentar por el agua y siguió bailando locamente: tanto se movió y se retorció que terminó por caer sobre la arena convertida en un moño. El sapo lanzó una carcajada y el agua comenzó a salir de su estómago en grandes chorros. Ahora no podía parar de reír. Al principio toda la tierra se inundó y fue terrible: los hombres y los animales, que tanto habían clamado por el agua, estaban a punto de ahogarse hasta desaparecer para siempre. Pero las aguas fueron encontrando su cauce; poco a poco los ríos, los lagos, los pozos y los océanos comenzaron a llenarse, y la vida regresó a la tierra.
Dicen los que saben que a medida que el agua salía de su estómago, Tidalik se fue achicando hasta convertirse en un sapo común y corriente. En la meseta central de Australia viven hoy muchos sapos como ese. En tiempo de sequía beben y beben hasta inflarse como un balón, y luego se entierran en el barro. Cuando la sed los acosaba, los aborígenes australianos desenterraban estos sapos y se tomaban el agua que guardaban en su cuerpo. Esos son los descendientes del temible Tidalik.

0.080.4 anonimo (australia-aborigenes) - 059

Por que existe la muerte

En el tiempo de los sueños, cuando todo empezaba a ser, cuando la serpiente Arco Iris apenas había terminado de dar forma al territorio de Australia, y los animales eran todavía como personas, Adambara, la araña, y Arta-puda-puda (un insecto) se sentaron a discutir acerca del problema de la muerte. Cuando la gente enfermaba o sufría un accidente o era herida en combate y moría ¿qué debía suceder a continuación?
Arta-puda-puda, el insecto, estaba muy seguro. Afirmaba que cuando una persona se muere, su cuerpo debe quedarse en la tumba y pudrirse. Solo su espíritu sobrevivirá, y se levantará de la tumba tres días después del entierro.
Adambara, la araña, no estaba de acuerdo. Tenía su propia idea acerca de la mejor decisión, que guardaba relación con sus habilidades de tejedora. Cuando un hombre se moría, había que envolverlo en una red bien tejida y colocarlo en una tumba que tuviera una puerta trampa. Después, cerrando la puerta, había que dejarlo en esa especie de capullo durante tres días. En ese tiempo su cuerpo se curaría de cualquier herida o enfermedad y podría salir renovado para habitar la tierra otra vez, como sale una mariposa de su crisá-lida.
Discutieron y discutieron. Arta-puda-puda usó tan buenos argumentos y habló con tanta fuerza y tanta inteligencia, que ganó la discusión. Cada uno se fue por su lado. Adambara estaba muy triste y se sentía culpable por no haber logrado imponer su punto de vista.
Un tiempo después murieron el padre y la madre de Arta-puda-puda, y sufrió mucho. Pero cuando uno de sus hijos enfermó y murió, Arta-­puda-puda se dio cuenta de que, por más que su espíritu se elevara hacia el cielo, él ya no lo vería más en este mundo. Su dolor fue tan terrible que se arrepintió muchísimo de haber ganado esa estúpida discusión. Pero ya era tarde.
Desde entonces, avergonzado de su tonta propuesta, Arta-puda-puda, convertido en insecto, se esconde debajo de la corteza de los wida, los árboles de goma roja. En cambio, Adambara, la araña, sabiendo que hizo lo posible por salvar la vida de los seres humanos, no se oculta, y por eso se la puede ver por cualquier lado.

0.080.4 anonimo (australia-aborigenes adnyamathanha) - 059

El martillo de thor

Todos los dioses sabían que Loke era un bromista peligroso. Pero nunca pensaron que se iba a atrever a tanto: ¡cortar la dorada cabellera de Sif, nada menos que la mujer de Thor!
Cuando el poderoso Thor, el dios del trueno, llegó a su mansión y se encontró a su esposa escondida en sus aposentos, llorando desconsolada y completamente calva, su furia no tuvo límites.
-¡Has ido demasiado lejos, Loke, hijo de gigantes! ¡Si no le devuelves la cabellera a Sif, morirás!
Y Loke se dio cuenta de que hablaba en serio.
Había solo una raza en el mundo capaz de solucionar su proble-ma: los enanos. Ellos eran los dueños de las minas de donde se obtenían los minerales. En sus fraguas y talleres, ocultos en cavernas en las profundidades de la tierra, eran capaces de trabajar el metal con una combinación de arte y magia que producía las más asombrosas creaciones.
Loke decidió recurrir a sus amigos, los hijos de Ivald, enanos con extraordinarios poderes. El precio fue alto, pero los enanos cumplie-ron con el trato. No solo le entregaron una maravillosa cabellera dorada, capaz de crecer como pelo verdadero una vez que estuviera en la cabeza de la pobre Sif, sino que le dieron además otros dos regalos mágicos con los que Loke pudo jactarse en Asgard, la morada de los dioses.
-¡No hay otros enanos que tengan los poderes de los hijos de Ivald! -decía Loke, que todavía no había mostrado sus tesoros.
Brok, el enano, se sintió ofendido.
-No sé qué te han dado los hijos de Ivald. ¡Pero sé que mi hermano Eitin puede hacer eso y mucho más! Nadie como él es capaz de trabajar el oro, la plata, el bronce y el hierro.
-Te apuesto la cabeza a que tu hermano Eitin no consigue tres objetos mágicos mejores que los míos -dijo Loke.
-¡Acepto la apuesta! -le contestó Eitin.
Y se lanzó a buscar a su hermano por los oscuros caminos de túneles que unen las cavernas del mundo de los enanos. Encontró a Eitin trabajando en su fragua.
-Puedo superar cualquier cosa que hayan hecho esos tontos, los hijos de Ivald. Voy a necesitar tu ayuda. Será necesario soplar la fragua constante-mente con el fuelle, sin parar ni un instante. Pero después de esforzarme con el martillo para realizar cada uno de los trabajos, me veré obligado a descansar.
-Yo me encargo del fuelle -aseguró Brok, creyendo que sería muy sencillo.
Entonces Eitin martilló metal furiosamente sobre la piel de un cerdo, la puso en la fragua y se echó a descansar dejando a Brok a cargo del fuelle.
Pero mientras Brok trabajaba echando aire, un enorme mosquito entró y lo picó en la mano causándole gran dolor. A pesar de todo, Brok no dejó el fuelle y cuando Eitin se despertó, sacó de la fragua un misterioso y enorme jabalí de metal con cerdas de oro puro.
El segundo trabajo fue un anillo de oro y aunque el terrible mosquito picó a Brok en el cuello, no consiguió que dejara de soplar con el fuelle. Pero cuando el tercer trabajo, un martillo de hierro, estaba en la fragua, el mosquito gigante picó a Brok en el párpado y lo hizo sangrar, nublándole la vista. El enano aguantó valientemente todo lo que pudo, pero al fin tuvo que dejar de echar aire por un instante para enjugarse la sangre de la frente.
-¡Tonto! -gritó Eitin cuando se despertó. ¡Ese mosquito era Loke! ¿No sabes que el muy pícaro siempre se transforma para obtener lo que quiere? Por suerte el martillo estaba casi terminado cuando dejaste el fuelle. El mango quedó un poco corto, pero servirá. Se llamará Mjolnir.
Y llegó el momento de la gran decisión. En Asgard se reunieron los dioses, sentados en sus tronos brillantes, para decidir quién había traído los mejores regalos.
Loke presentó los objetos realizados por los hijos de Ivald: la cabellera de oro, una espada y un barco. Apenas Thor puso la cabellera sobre la cabeza de su esposa, el pelo empezó a crecer como si siempre hubiera estado allí. La espada se llamaba Gungner y jamás erraba un tajo.
Pero el barco..., ah, el barco era algo especial. Se llamaba Skid-bladner y tenía la virtud de ir siempre hacia donde dueño le ordenaba, aunque... no hubiera viento o con el viento en contra, aunque las mas fuertes corrientes marinas se opusieran a su ruta. Pero, además, el barco Skid­bladner se podía doblar como si fuera de papel y guardarse en un bolsillo.
Loke estaba muy contento y seguro de que Brok no podía traer nada mejor. Y sin embargo...
Brok mostró un anillo de oro puro. Parecía un anillo común, aunque muy valioso y pesado.
-Cada nueve noches -explicó, este anillo produce ocho anillos exactamente iguales a él. Empezando ahora mismo.
Y todos vieron cómo el anillo se reproducía extrañamente.
Después mostró el jabalí de metal.
-Este jabalí es capaz de correr más rápido que el caballo más veloz. Y no solo en tierra: también por el aire y por el mar, de día y de noche, iluminando la oscuridad con el brillo de sus cerdas.
Pero lo mejor de todo fue el martillo que Brok puso en las manos de Thor. Mjolnir jamás erraba un golpe. Era capaz de destruir cualquier cosa que se le pusiera delante, grande o pequeña, ya fuera un enemigo o una montaña. No importa cuán lejos se le arrojara, volvería siempre a la mano de su amo. Además, se hacía tan pequeño que se podía llevar escondido en la ropa.
El tribunal de los dioses decidió que Brok había ganado la apuesta. Loke debía pagar con su cabeza.
-Puedes llevarte mi cabeza -dijo Loke, burlón. Siempre que no toques mi cuello. Mi cuello no entró en la apuesta para nada.
El tribunal tuvo que aceptar que Loke tenía razón. Pero Brok, furioso con la burla del gran bromista, decidió coser sus labios con un punzón y una tira de cuero. Los dioses estaban un poco hartos de las bromas y las jactancias de Loke y pensaron que llevar la boca cosida por un tiempo no le vendría mal. De modo que le permitieron a Brok llevar a cabo su venganza. Y eso que todavía no sabían los males que el malvado Loke traería un día a Asgard, su resplandeciente morada.

0.079.4 anonimo (vikingo) - 059

Un cuchillo en el roble

El príncipe Ificlo era uno de los más famosos corredores de Grecia.
Se decía que podía correr tan velozmente por un campo de trigo que ni siquiera se doblaban las espigas a su paso: era capaz de ganarle una carrera al mismo viento.
Sin embargo, Ificlo no era feliz. No podía tener hijos y nadie sabía a qué se debía esa desgracia. Un día, su padre, el rey de Filacas, decidió consultar a un famoso adivino.
Melampo, el adivino de los pies negros (se decía que cuando era bebé su madre lo había olvidado un día con los pies al sol), tenía la virtud de comprender el lenguaje de los animales. Ordenó que mataran dos toros y los dejaran tirados en el campo, abiertos y despedazados, para atraer a las aves de rapiña. Los buitres no tardaron en llegar.
-¡Mmm, qué delicia de carroña! -comentó uno de los buitres.
-Sí, muy bueno -dijo otro. Pero... ¿por qué mataron estos dos toros y los dejaron aquí? ¿No será una trampa?
-No tengas miedo -explicó otro buitre. Es un sacrificio que hicieron por el príncipe Ificlo, que no puede tener hijos.
-¡Qué tontos! -se rio el buitre que había hablado primero. Lo que le pasa a Ificlo no tiene nada que ver con ningún toro. Sin querer, cuado era pequeño, cometió una ofensa contra los dioses. Su padre estaba castrando carneros y dejó el cuchillo junto a él. Asustado, el pequeño tomó el cuchillo y, para que su padre no lo encontrara, lo clavó en el tronco todavía tierno de un joven roble. ¡Nada menos que un roble sagrado! El árbol creció y a lo largo de los años la corteza fue ocultando el mango del cuchillo.
-¿Y cómo podría curarse Ificlo? -preguntó otro buitre, curioso.
-Fácil. Habría que encontrar el cuchillo, sacarlo con mucho cuidado de no dañar el árbol, y preparar una bebida medicinal con la herrumbre que lo recubre. Para curarse, bastaría que Ificlo tomara ese remedio durante diez días.
Melampo fue a ver a Ifclo con las novedades. El príncipe recor-daba perfectamente la impresión que se había llevado ese día y sabía cuál era el árbol en el que había clavado el cuchillo. Siguieron exactamente las instrucciones del buitre y un año después los habitantes de Filaca festejaban el nacimiento de un precioso bebé, hijo de su príncipe heredero.

0.060.4 anonimo (grecia) - 059

La luz del dia

Hace muchísimo tiempo, cuando el mundo era joven y nuevo, los inuit de Alaska vivían en una noche. Era una vida muy perpetua. dura. En la oscuridad, estaban siempre expuestos a sus enemigos. Cazaban y pescaban a la débil luz de las estrellas. El frío era doloroso. Las lámparas de sebo que encendían en sus iglús era toda la luz de la que podían disponer.
Estaban acostumbrados a vivir así y como nunca habían conocido otra cosa pensaban que eso era lo normal. Pero un día llegó un cuervo que traía noticias asombrosas.
-Allá en el sur -les dijo- existe algo maravilloso. Se llama «luz del día» y quien no lo ha visto no puede ni siquiera imaginárselo. ¡Traten de pensar en millones de lámparas de sebo encendidas todas al mismo tiempo!
Los inuit no sabían pensar en millones, nunca habían necesitado tantos números. Algunos movieron la cabeza con desconfianza pensando que Cuervo lo había inventado todo. Pero otros escucharon con ilusión. ¿Entonces era posible? Y empezaron a pensar en todos los cambios que podría traerles la luz.
-Podríamos ver desde lejos cuando se nos está acercando un oso polar, y tendríamos tiempo de escapar corriendo -decía uno.
-¿Se imaginan hasta dónde podríamos llegar cuando saliéramos a cazar focas? Ahora no nos atrevemos a alejarnos de nuestros iglús, por no perdernos en la oscuridad.
Y le pidieron a Cuervo que les trajera un poco de esa maravillosa «luz del día» que todos querían conocer.
-Estoy viejo -dijo Cuervo. Ya no tengo fuerzas para llegar tan al sur y volver.
Pero tanto y tan desesperadamente le rogaron, que sintió pena de aquella pobre gente. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, voló una vez más hacia el sur.
Voló y voló en la oscuridad, cansado y hambriento, deteniéndose muchas veces a descansar. Por momentos, tenía la impresión de que la oscuridad jamás terminaría. Pero de pronto vio, a lo lejos, una rayita de luz brillando en el horizonte. Cuando llegó hasta allí, cruzó la línea del resplandor y se encontró de pronto bañado por la luz del día. ¡Cuánta belleza! ¡Qué estallido de formas y colores! Había pasto verde, árboles, flores... Se escuchaban cantos de pájaros y zumbidos de insectos. «Sin duda la luz del día es lo mejor del mundo», pensó Cuervo. «Pero ¿cómo se la llevo a mis amigos?».
Se detuvo una vez más para descansar en la rama de un árbol, cerca de una aldea. De pronto vio pasar a una muchacha que volvía del arroyo con un cubo de agua. Cuervo no era un pájaro común y se dio cuenta de que en esa chica había también algo especial. Convirtiéndose en una mota de polvo, cayó sobre el abrigo de piel que ella llevaba y así consiguió entrar en su casita de nieve.
Allí estaba el padre de la muchacha, que era el jefe de la aldea, y su hijo, un niño que tenía apenas cinco años. Pero lo más importante de todo fue lo que Cuervo vio en un rincón de la vivienda: una caja de cuero de la que salía un extraño resplandor. ¡Había conseguido entrar en la casa de los dueños de la luz!
Cuando la muchacha abrazó a su pequeño, la mota de polvo que era Cuervo aprovechó la oportunidad y se dejó caer dentro de la orejita del niño. Muy molesto, el chiquillo se puso a llorar y a frotarse la oreja, tratando de sacar ese cuerpo extraño que le provocaba dolor en el oído.
-¿Qué le pasa a mi tesoro? -preguntó el jefe de la aldea, que adoraba a su nieto.
En el oído del niño, Cuervo comenzó a repetir: «Quiero una bola de luz, quiero una bola de luz, quiero una bola de luz».
-Quiero una bola de luz para jugar -dijo el nieto.
-Hija, dale a mi nieto una bola de luz. Una de las pequeñas -ordenó el abuelo.
La muchacha fue hacia la caja de cuero, sacó una bola de luz no muy grande (¡pero qué brillante le pareció a Cuervo!), la ató con una tira de cuero y se la dio al niño. Entonces Cuervo empezó a molestarlo otra vez y el niñito volvió a llorar.
El abuelo y la madre estaban muy preocupados. Y Cuervo, adentro del oído del niño, comenzó otra vez a repetirle lo que tenía que decir.
-¡Quiero salir a jugar fuera! -dijo de pronto el chiquillo.
Lo había pedido con tanta desesperación que su abuelo no dudó. Lo tomó en brazos y lo sacó al exterior, para que jugara en la nieve con su bola de luz. En ese instante Cuervo saltó fuera de su orejita, volvió a tomar su forma de pájaro, le arrancó de un tirón la tira de cuero que llevaba atada la bola de luz, y se fue volando hacia el norte con todas las fuerzas que sus viejas alas le permitían.
A pesar de que ahora iba cargado, el viaje de regreso le resultó más liviano que el de ida. Se sentía feliz por el extraordinario regalo que llevaba para sus amigos.
Los inuit lo vieron venir desde muy lejos, por el brillo que daba la
bola de luz. Lo más brillante que habían visto ellos en su vida era la luna, y estaba siempre en el cielo. En cambio aquella luminosidad se les acercaba cada vez más. En cuanto Cuervo estuvo sobre la aldea inuit, abrió el pico y dejó caer su preciosa carga. La bola de luz se estrelló contra el suelo congelado y la luz del día se repartió por todas partes al mismo tiempo, dorada y hermosa. Entró a los hogares y tocó al mundo con su varita mágica.
Los hombres y mujeres no podían creer todo lo que veían sus ojos. El color y la alegría habían llegado a ese mundo de oscuridad. El blanco de la nieve y del hielo les resultaba cegador. ¡Ahora podían ver que había montañas a lo lejos! Los abrigos de pieles que vestían eran marrones, como el color de sus ojos. El cielo... nunca se habían imaginado que el cielo podía tener ese asombroso color azul.
Los inuit comprendieron que su vida había cambiado para siempre y se sintieron enormemente felices. ¿Cómo podían agradecérselo a su amigo Cuervo?
-No me agradezcáis tanto -dijo Cuervo. Apenas os traje una bola de luz de día de las más pequeñas. No tiene mucha fuerza y si tiene que iluminarlo todo al mismo tiempo, sus rayos se van a gastar rápidamente. Necesitará seis meses de descanso para volver a funcionar.
Y por eso los inuit de Alaska viven seis meses en la luz y seis meses en la oscuridad. Pero no les importa. Porque antes tenían pura noche durante todo el año. Y porque la oscuridad, a la que estaban tan acostumbrados, también tenía su encanto para ellos. Ahora, gracias a Cuervo, pueden disfrutar de las dos cosas. Y por eso, desde entonces, tienen un gran respeto y cariño por los cuervos. ¡No sea que se vayan a enojar y se lleven otra vez la maravillosa luz del día!

0.036.4 anonimo (esquimal) - 059

Comida para los hombres

Cuando los primeros hombres fueron aplastados por un cataclismo que hizo desplomarse el cielo sobre la tierra, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, tuvo que crearlos otra vez y no fue nada fácil. Pero más complicado todavía parecía ser el problema de alimentarlos. Los demás dioses estaban preocupados.
-Has creado demasiadas personas -le reprochaban a Quetzalcóatl. Ahora tienen hambre. ¿Y qué van a comer?
Lo cierto es que nadie sabía adónde habían ido a parar los alimentos cuando se produjo la caída del cielo. Los nuevos seres humanos eran inocentes como recién nacidos, no entendían nada, no sabían hacer nada, había que explicarles cada cosa. Y ni siquiera quedaban suficientes animales como para que les enseñaran a cazar.
Quetzalcóatl buscó y buscó. La tierra estaba casi vacía. Gracias a sus poderes divinos, consiguió encontrar finalmente a una hormiga colorada que se estaba comiendo un grano de maíz. Si había un grano, en alguna parte debían de quedar otros. Con toda su majes-tad y su poder, el dios se manifestó ante la hormiga y le preguntó con voz tonante dónde estaba escondido el resto del maíz. La hormiga se hacía la tonta y no le contestaba. Si la mataba, Quetzalcóatl se quedaría sin la información. Ante las amenazas, la hormiga fingía señalar para dónde había que ir a buscar el alimento. Pero a veces señalaba para abajo, a veces para arriba, en fin, todo lo que hacía era solo para confundir.
Viendo que de nada valía tratar de asustar a la hormiga roja, Quetzalcóatl decidió cambiar de táctica. Y volvió caminando despacito, transformado en una humilde hormiga negra.
-Mmm, qué rico grano de maíz, hermana. ¿Dónde lo encontraste?
-Me extraña... ¿Qué me estás preguntando? ¡Si eso es algo que todas las hormigas sabemos bien!
-Es que me caí, hermana. Tropecé y me golpeé muy fuerte la cabeza. Por eso he olvidado dónde queda nuestro escondite.
Compadecida del accidente que había sufrido su pobre hermanita negra, la hormiga roja la llevó hasta el lugar donde se encontraba el Cerro de la Abundancia.
-Mira. Aquí quedaron guardados todos los alimentos, para prote-gerlos de la catástrofe cuando se cayó el cielo. No tenemos que compartirlos con nadie, ¿entiendes? Son solo para nosotros, los seres pequeños. Puedes comer todo lo que quieras.
-Pero así se nos acabarán tarde o temprano.
-No, porque el cerro es mágico. De todo lo que comas, volverá a aparecer otro igual. Tenemos comida para siempre. Pero eso sí, tened cuidado, tú y tus hermanas. No debéis horadar mucho, porque si el cerro se llega a romper, los alimentos no se volverán a repro-ducir por sí mismos nunca más.
Después de agradecerle mucho a la hormiga colorada y sin darse a conocer, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, tomó un grano de maíz y se fue de allí pensando en cómo podía beneficiar a los hombres con lo que había descubierto.
Primero pensó en la solución más sencilla: llevar a todos los hombres hasta el Cerro de la Abundancia. Pero los hombres eran demasiado grandes para pasar por el túnel que la hormiga roja le había mostrado. Tampoco eran hormigas para cavar en el cerro túneles de su tamaño. Y ni pensar en que pudieran alimentarse robándole su carga a las hormigas: comer maíz a un grano por vez no les serviría para calmar su hambre.
Lo que había que hacer era llevar el Cerro de la Abundancia a los hombres, y reventarlo como si fuera una piñata, para que todos los alimentos se derramaran. Así, los seres humanos podrían alimentarse hasta quedar satisfechos. Claro, tendrían que cuidarse de dejar suficiente grano para semilla. Y después tendrían que aprender a sembrar y a cultivar, porque una vez destruido el cerro, se perdería la magia y los alimentos ya no volverían a reproducirse por sí mismos.
Quetzalcóatl trató de cargar el cerro al hombro, pero no pudo. Después lo volvió a intentar con unas cuerdas, pero ni siquiera con todos sus poderes divinos logró levantar tan enorme montaña. Entonces fue a ver a una adivina, que arrojó sobre la tierra unos granos de maíz, y observó la forma en que caían. Así supo la adivina que había un solo ser capaz de realizar esa hazaña. Era Nanahuatl, el dios más fuerte del universo.
Hasta la morada de los dioses llegó la Serpiente Emplumada buscando a Nanahuatl y finalmente lo encontró. El dios de la fuerza aceptó el desafío. De un solo empujón, se cargó al hombro el Cerro de la Abundancia. Lo llevó hasta donde estaban los seres humanos. Y después usó su rayo para partirlo en dos.
En México, cuando un niño cumple años, se acostumbra a colgar una piñata bien llena de golosinas. Los niños la golpean con un palo hasta que se rompe. Todas las golosinas se desparraman por el suelo y los niños se lanzan a arrebatarlas. Eso fue lo que sucedió con el Cerro de la Abundancia. Con la explosión que produjo el rayo, empezaron a derramarse todas las semillas y las plantas comes-tibles: el maíz, el cacao, el cacahuete, el frijol, el camote y muchos otros alimentos que se siguen cultivando hoy.
Desde entonces los hombres aprendieron a cultivar y siempre tuvieron para comer. Desde entonces, las hormigas coloradas son grandes enemigas del hombre y tratan de robarle las cosechas de grano. Por cierto, libran también sus batallas contra las sospechosas hormigas negras.

0.017.4 anonimo (azteca) - 059

martes, 8 de abril de 2014

El origen del río amazonas

Hace mucho tiempo, cuando los hombres podían hablar con los animales, vivían en la selva dos hermanos mellizos con sus abuelos. Sus padres habían sido atacados por gente de una tribu enemiga y murieron, dejando solos a los pequeños.
En aquel tiempo, el agua escaseaba en la selva, pues todavía no existían ni ríos ni arroyos, ni lagunas ni quebradas. Apenas llovía. Solo el abuelo sabía de dónde extraer el agua y a nadie le decía el secreto.
Cada mañana, los dos hermanos mellizos acarreaban el agua hasta la casa. Un día, hartos de cargarla siempre, decidieron averiguar dónde estaba escondida la fuente y gastarle una broma al abuelo.
Uno de los hermanos se transformó en picaflor[1] y voló cerca del abuelo cuando este se fue a bañar. Descubrió entonces que un gran chorro de agua brotaba del interior del lupuna, que es un gigantesco árbol muy frondoso.
Cuando supieron el secreto, los dos hermanos reunieron a los animales roedores, como ardillas, conejos, ratones y pacas, y a las aves pica-maderas, como el pájaro carpintero, para que les ayudaran a talar la lupuna.
Después de un día de trabajo, cuando ya faltaba poco para que la lupuna cayese, decidieron dejarlo hasta el día siguiente. Pero al regresar a la mañana siguiente, encontraron el árbol seco y entero.
El segundo día sucedió lo mismo. Y el tercero también. El árbol casi talado aparecía siempre entero al amanecer, como si no le hubieran hecho nada.
Así que espiaron de nuevo al abuelo y descubrieron que, por las noches, curaba a la lupuna y la dejaba como nueva. Entonces, otro día, cuando de nuevo la lupuna estaba casi talada, uno de los mellizos se convirtió en alacrán y picó al abuelo en el dedo gordo del pie. En ese momento, el gigantesco árbol cayó con un gran estruendo al suelo y retumbó toda la selva.
Al desplomarse la lupuna, comenzó a brotar allí mismo una gran cantidad de agua. El tronco se convirtió en el río Amazonas y sus numerosas ramas se convirtieron en afluentes, riachuelos y quebradas. Las hojas y las espinas del árbol se transformaron en diferentes peces: primero, nacieron los paiches, después, las palometas y, más tarde, los motas, gamitanas, zúngaros, boquichicos y otros pescados que gustan mucho a los niños de hoy.
Y así es como lo cuentan.

0.185.4 anonimo (yagua-amazonas,peru) - 040



[1] Picaflor: colibrí.

Como se hizo el invierno

Pues cuentan los tehuelches que cuando el héroe Elal vivía al sur del país, en la Patagonia, todas las cosas estaban aún sin terminar. Elal, con sus poderes mágicos, era el que se ocupaba de acabarlas.
Como entonces no había estaciones del año, uno de los asuntos urgentes era arreglar el clima. Nunca se sabía cuándo iba a hacer calor y cuándo frío, o cuándo iba a nevar o si el sol brillaría todo el día. La vida era muy complicada de esa manera.
Así que Elal comenzó por el invierno porque, cuando hace frío en la Patagonia, sopla el viento y el hielo se apodera de todo y buscar comida resulta más difícil. Como era su costumbre, convocó a todos los animales para tomar las decisiones correctas. Enseguida llegaron el puma, el choique, que ahora todos conocen como ñandú, la mara, que es como una liebre, el gato, el zorro, los pájaros, el armadillo, la tortuga, el guanaco[1], y todos los insectos pequeños, como la cucaracha y las hormigas. Como eran muchos y todos querían dar su opinión, la discusión se alargó demasiado, y Elal se dio cuenta de que no llegaban a ninguna parte. Así que les dijo que él se retiraba mientras ellos seguían hablando del tema y que después le dijeran lo que querían hacer.
Al principio todos estaban de acuerdo en tener un invierno de tres meses, pero el choique dijo que era mejor que fuera de doce. Aquí se armó un gran alboroto, pues nadie entendía la razón por la que el choique quería un invierno eterno. Le suplicaron que recapacitara, que con tanta nieve y frío no iban a encontrar alimento, que les faltaría el sol, que... Pero choique seguía en sus trece. La mara, que en aquel tiempo tenía una cola larguísima, se enfadó y, viendo que choique no entraba en razones, corrió todo lo que pudo hasta Elal. Este le preguntó:
-¿Ya decidieron de cuántos meses quieren el invierno?
-¡De tres! -gritó la mara.
-Pues tres serán. Y se acabó el tema, que tengo mucho que hacer.
El choique, cuando se dio cuenta de lo que había hecho la mara, se puso furioso y la persiguió para darle un buen pisotón. Como los dos corren muy bien, siempre estaban a la misma distancia, hasta que en un despiste, la mara giró para entrar en su cueva. Cuando ya casi estaba llegando, el choique estiró una de sus largas piernas y le pisó la cola.
La mara tiró y tiró, hasta que al final se le cortó y se libró de esta manera del castigo.
Y desde entonces, las maras no tienen rabo y el invierno dura tres meses.

0.055.4 anonimo (tehuelche-argentina) - 040



[1] Guanaco: animal parecido al camello, pero más pequeño y sin jorobas.

La leyenda del condor jipiña

Pues cuentan que hace mucho tiempo un cacique[1] sabio gobernaba la ciudad de Corocoro con justicia y bondad. El anciano tenía dos hijos, un varón, que había heredado la prudencia y sabiduría del padre, y una muchacha, bella como nadie. Un día llegó un extranjero hasta la casa del cacique. Venía, según aseguró, de tierras lejanas y quería pedir la mano de la hija. El muchacho era fuerte y hermoso, y esperaba ser aceptado.
El cacique, sin embargo, le respondió de esta manera:
-Hermoso joven, tu petición me honra, pero eres un perfecto desconocido. Nada sabemos de ti ni de tu pueblo. ¿Puedes mostrar alguna prenda de tu origen?
Al muchacho, que no esperaba esta respuesta, las palabras del anciano le hirieron profundamente. Calló y, en silencio, abandonó el lugar sin que nadie en Corocoro se diera cuenta.
Pasó algún tiempo, y la historia del pretendiente de la hija del cacique se había olvidado. La muchacha estaba enamorada de un joven y con él subía hasta el cerro a charlar y a contemplar el paisaje. Un día de los que subieron, se dieron cuenta de que un cóndor volaba por encima de ellos y les observaba desde la distancia. Como el cóndor no se iba y volaba alrededor de ellos, la muchacha se asustó. Su enamorado le contestó:
-No te inquietes, mañana regresaremos con mi honda, y si aún está por aquí, le espantaré.
Al día siguiente, los jóvenes volvieron a subir al cerro, y al aparecer el ave, el muchacho hizo vibrar su honda y la lanzó con fuerza y precisión hacia el cóndor. Dentro había una piedra de oro. El cóndor recibió un impacto en el pecho y, volando como pudo, llegó hasta una roca donde se posó, moribundo. Wiracocha, dios de los dioses, lo transformó en roca.
Algún tiempo después, llegaron a Corocoro emisarios del imperio vecino: buscaban al príncipe Kuntur Mallku, que había salido de viaje por diferentes ciudades para buscar esposa y nunca había regresado.
Cuando llegaron donde el cacique, este les explicó que sí había pasado por allí, pero que, al no poder dar ninguna prenda de su procedencia, se había marchado.
Los hombres le contaron entonces que Kuntur Mallku era el único humano con el poder extraordinario de transformarse en cóndor. La hija, que estaba escuchando junto a su padre, al darse cuenta de lo ocurrido, se desmayó y vivió el resto de sus días con tristeza.
Al lugar donde el cóndor se transformó en piedra le llaman desde entonces «cóndor Jipiña» y, en aimara, esto significa `donde hace nido el cóndor'.

0.016.4 anonimo (aymara-bolivia) - 040



[1] Cacique: señor de vasallos o jefe guerrero en alguna provincia o pueblo indios.

domingo, 31 de marzo de 2013

El arcangel miguel contra el dragón

Dios padre celestial todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, señor del universo y dador de toda vida existente, tenía muchos hijos, vástagos de su pensamiento que luego los hombres llamaron ángeles.
Y entre estos ángeles había uno, el más hermoso y el que contaba con más dones divinos. Su nombre era Luzbel.
Y a pesar de que Dios amaba a todos sus hijos por igual, era a este ángel al que le había dado la más alta jerarquía de entre todos los seres de su creación.
Luzbel poseía la más dulce voz, la belleza más extraordinaria, el oído más agudo y la vista más profunda. Pero sucedió que luego de algún tiempo comenzó a mirar a sus hermanos con desprecio, pues él era mejor que ellos. Sólo Dios lo superaba.
Fue entonces cuando comenzó a tener extrañas sensaciones que lo llevaban a alejarse cada vez más de su Padre.
Y Empezó a sentir envidia de Dios.
Y cuanta más envidia sentía más se alejaba de la luz de su Padre y hasta llegó a atreverse a cuestionar las decisiones y las creaciones del único. Un pequeño fuego comenzó a arder en su interior: el fuego del deseo de hacer lo mismo que hacía Aquel que lo había creado.
Y cada vez más se alejó del amor y de la luz de Dios. Y en la oscuridad comenzó a tener pensamientos impuros y vanidosos. En la soledad aumentaban los celos contra Aquel que le había dado la existencia, Aquel que lo había dotado con lo mejor de lo mejor.
Y en esa oscuridad se inició su transformación. Su figura comenzó a cambiar al estar alejada de la luz de Dios y a nutrirse de sus negros pensamientos y de sensaciones impuras.
La envidia, los celos, la soberbia y la ausencia de luz divina terminaron por convertirlo en una criatura horrenda. Fue así que su voz perdió la dulzura donada por Dios y se transformó en un grito de terror y su aspecto perdió la belleza de Dios, degradándose hasta herir el ojo que osara mirarlo, puesto que la belleza que tenía quedó convertida en la cosa más abyecta para insultar la creación de Dios. Su piel se había escamado y endurecido, sus alas blancas y puras se transformaron en una delgada piel correosa y repulsiva, su boca se llenó de colmillos rebozantes de veneno y de ella salían dañinas bocanadas de fuego. Por último, Luzbel coronó su cabeza con cuernos.
Y quedó convertido en un ángel abominable. El primer dragón del universo.
Y en su nueva apariencia se presentó desafiante ante el Creador.
Y los ángeles del cielo se atemorizaron ante su presencia, pues dada la pureza de sus corazones, no podían creer cómo Luzbel, que antes había sido uno más de ellos, incluso, el mejor, ahora se había transformado en un insulto a la Creación Divina.
Y fue entonces cuando Luzbel desafió a Dios.
Y sucedió lo inconcebible: un tercio de los ángeles, un tercio de los más puros hijos de Dios dudaron ante el poder y la majestad representados en el Dragón, con esos cuernos coronando su cabeza y sus duras escamas como armas y la fiereza de sus garras y el fuego de su garganta.
Y ya fuera por miedo, devoción o duda, un tercio de los ángeles fueron arrastrados a su cola para servir al rebelde, tal como antes lo habían hecho con Dios.
Un tercio de los ángeles de Dios se convirtieron en ángeles de tinieblas. Y la luz de Dios que había en ellos comenzó a apagarse y se llamaron a sí mismos "demonios".
Y aquel que había sido el más hermoso de entre los ángeles tomó el nombre de Diablo.
Entonces Dios habló y dijo:
-Sólo eres un imitador puesto que no tienes verdadero poder, ya que todas las cosas que hay en el universo a mí deben su existencia. Yo soy la Verdad y la Luz.
Entonces el Diablo, comprendiendo que las palabras de Dios encerraban la más pura verdad, se llenó de más odio y más envidia aún que antes. Y esos sentimientos contagiaron a sus demonios, quienes, ante una seña del Maligno, se lanzaron contra los hijos de Dios.
Y la luz y la oscuridad comenzaron a batallar en una guerra sin cuartel, que se extendió hasta la infinidad del tiempo y los confines del espacio.
Y hubo un arcángel de Dios que al ver lo que sucedía tomó la espada de la justicia y se interpuso delante del Diablo-Dragón haciéndole frente con su fe, coraje y lealtad.
Y ante las miradas estupefactas del Diablo-Dragón y de sus demonios profirió un grito de guerra:
-¿Quién como Dios?
Fue así como el arcángel de luz que enfrentó a la oscuridad recibió el nombre de Miguel (Mikael), que significa "¿Quién como Dios?".
Y se lanzó a la batalla para arrojar al Diablo-Dragón y a sus demonios del cielo, del lugar sagrado que ya no podían seguir compartiendo los leales con los rivales de Dios.
Y la fe y la lealtad de Miguel brillaron en su ser como una armadura de luz. Y él esgrimió la espada de la justicia con firmeza, pues la fuerza de Dios lo sostenía.
Y la luz de la lealtad de Miguel fue tan brillante que alcanzó a tocar los corazones de otros ángeles que aún dudaban o temían a las huestes de la oscuridad, y también ellos, con resuelto honor, se lanzaron feroces a la batalla, pues comprendieron que sólo la gracia de Dios era la única y verdadera.
Y el Diablo-Dragón arrojó sus fuegos contra Miguel para dañarlo, para doblegarlo a su voluntad, pero la de Miguel era inquebrantable. Y los fuegos diabólicos no hicieron mella en él, puesto que la armadura de la lealtad a Dios lo protegía.
Y los dos ejércitos celestiales pelearon en todos los infinitos rincones del universo, hasta que el Diablo-Dragón y sus demonios fueron cercados por los ángeles de Dios.
Y fue en ese momento cuando Dios les manifestó a sus huestes uno de sus designios inescrutables: Luzbel y sus demonios, que no podían ser exterminados, debían ser encerrados.
Y fue así como la tierra se abrió hasta sus honduras y dejó al descubierto el infierno ardiente de sus entrañas, donde la lava bullía con la misma intensidad que el odio que habitaba en el corazón negro del Diablo-Dragón.
Y entonces Miguel, junto con los demás ángeles de luz de Dios, arrojaron al Diablo-Dragón y a todos los demonios a las entrañas de la tierra y allí fueron encerrados hasta el día del juicio Final.

Y así hoy, cuando los hombres sentimos la presencia del mal en nuestra vida y en el mundo, cuando la oscuridad de los demonios azota nuestras almas, cuando el Diablo-Dragón llena nuestra vista y nuestros oídos con mentiras, nuestro cuerpo con enfermedades y guerras, nuestro corazón con miedo y angustia, podemos implorar a Dios. Y Él nos enviará a su ejército de ángeles y arcángeles -como Miguel, para hacer justicia con las luminosas armas de la Fe, la Esperanza, el Amor y la Verdad.

0.178.4 Anonimo (biblico) - 016


Marduk contra el dragón tiamat

Seis antiquísimas tablillas, que contienen aproximadamente unos ciento cuarenta versículos, nos relatan la historia de la creación del mundo, según la cultura babilónica, es decir, la que se desarrolló en Caldea, en la baja Mesopotamia, región delimitada por los ríos Éufrates y Tigris.
Este poema de la creación recibe el nombre de Enuma Elish y se cree que fue escrito entre los siglos XIV y XVI antes de Nuestra Era.
En el principio, según estas tablillas, existían dos dioses: Apsu, que dominaba el agua y los abismos de la tierra, y Tiamat, una poderosa dragona que habitaba en el fondo del mar y poseía una fuerza incontenible.
Juntos se unieron como si fueran uno solo y engendraron a muchos dioses, entre ellos a Lahmu y Lahamu, luego a Anshar y Kishar, que superaron a los primeros.
Anshar engendró entonces a Anu, y Anu a Nudimmud.
Nudimmud era más fuerte, incluso, que su abuelo Anshar, y comenzó a vagar por el universo como si fuera el soberano de todos los dioses.
Apsu estaba enojado, pues no soportaba la conducta de sus hijos ni de los hijos de sus hijos, y se reunió con Tiamat para proponerle la destrucción de toda su descendencia.
A lo que la gran dragona le respondió:
-¿Crees que destruiré lo que ambos hemos creado?
Y entonces se distanciaron por mucho tiempo.
Pero Ea, el astuto, supo lo que Apsu tramaba y, acercándose a él, le arrojó un poderoso hechizo que lo sumió en un sueño profundo. Y cuando el gran dios estuvo completamente dormido, lo mató.
Pero en el corazón de Apsu un nuevo y poderoso dios fue engendrado. Su nombre era Marduk.
Tiamat, entonces -ya desde hacía tiempo sin la compañía de su consorte divino- se abrió las entrañas y dejó salir toda clase de criaturas horripilantes, monstruos y seres deformes que comenzaron a esparcirse por el mundo. La diosa madre se vengó, de este modo, enviando a sus hijos más poderosos y terribles a generar el caos. Una gran cantidad de monstruos comenzaron a atacar a los dioses, y éstos habrían encontrado su fin, si no hubiera sido por la decidida acción de Marduk.
En efecto, éste se presentó ante los dioses y les dijo que él se encargaría de destruir a todos los monstruos, si, a cambio, le entregaban el reinado del mundo.
Los dioses, a su vez, le propusieron una prueba para ver si era digno de tal poder. Le encomendaron que lograra sortear una constelación entera del cielo, entre ellos y Marduk.
El joven dios, entonces, habló y la constelación desapareció ante los ojos de todos los presentes, llegó hasta los dioses y él volvió a hablar y la constelación volvió a hacerse.
Los dioses, azorados, le entregaron el título de rey y Marduk se lanzó a combatir ese ejército de monstruos enviados por Tiamat.
Y así fue como, poco a poco, los fue destruyendo uno a uno. El nuevo rey montaba su carro, mientras utilizaba su maza y sus flechas mágicas que nunca erraban el blanco.
Mató a todos los monstruos hasta que sólo quedó viva Tiamat, la terrible dragona, cuyo poder era muy superior al de todos sus hijos juntos.
Grande fue el enfrentamiento entre Tiamat y Marduk, que conducía el carro de la tormenta. Combatieron por muchos días.
Él le arrojó todas las flechas que poseía, pero el cuerpo escamado de la diosa dragona soportaba el dolor de las heridas y trataba de apresarlo con sus anillos mientras le arrojaba fuego por sus fauces.
Entonces, Marduk le arrojó, a su vez, una red y la ató a los cuatro vientos. Pero la bestia le arrojó chorros de ponzoña desde sus entrañas. El héroe no cayó ante aquel ataque porque llevaba, entre sus ropas, una planta que lo hacía inmune al veneno y, siempre montado en su carro, comenzó a golpear a la terrible dragona con su maza.
Pero Tiamat era fuerte y seguía pegando sus terribles coletazos que hacían temblar la tierra. En un descuido de su contrincante, con un golpe feroz, arrojó a éste fuera del carro. Sin embargo, cuando Tiamat abrió la boca para devorarlo, Marduk le arrojó una flecha que le atravesó la garganta, le llegó al corazón y le desgarró las entrañas.
Tiamat cayó al suelo derrotada y Marduk le destrozó el cráneo con un golpe de su maza y luego partió el cuerpo de la dragona por la mitad. Una parte se transformó en la tierra y la otra en el cielo.
La sangre de Tiamat, que no dejaba de manar, corrió por la tierra y pronto cobró vida, muchas vidas... Es lo que hoy se conoce como la raza de los hombres.

0.177.4 Anonimo (babilonia) - 016

Thor y el dragón midgard

Cuenta el mito que un día Thor, dios del rayo, del trueno y del relámpago, el más fuerte, valiente y ágil de los dioses escandinavos, hijo de Odín -el Zeus nórdico, creador de todas las cosas- y hermano del malvado Loki, vivió una aventura extraordinaria junto con su amigo gigante llamado Hymir, amo de las regiones árticas.
En esa oportunidad el poderoso Thor, acompañado por su amigo Tyr, había llegado, por primera vez, hasta la morada del gigante Hymir, que lo recibió con la mayor hospitalidad y lo invitó a compartir una opípara comida. Dado que los tres eran de muy buen comer y beber, se dieron un gran festín y se devoraron completos dos de los tres bueyes asados que habían sido servidos como plato principal. Al terminar tan brutal comilona, el gigante Hymir se quejó:
-Ya no tenemos qué comer, la despensa está completamente vacía, ¡vayamos a pescar!
El agasajado Thor, ante la invitación del gigante, no pudo menos que aceptar y decidió subirse a su gran embarcación. Los dos juntos, entonces, emprendieron un azaroso viaje por alta mar, siempre navegando hacia el norte mientras Tyr los miraba alejarse.
Luego de varios días de viaje el gigante detuvo la embarcación y dijo:
-Éste es un buen lugar para pescar.
Y sin decir ni una palabra más arrojó un anzuelo atado a un sedal a las gélidas aguas del Mar del Norte.
El poderoso Thor iba a hacer lo mismo pero se dio cuenta de que no tenía carnada; entonces, buscó con su mirada de ojos azules algo que le sirviera como sebo y decidió utilizar la cabeza del buey que había sobrado.
Al principio no ocurrió nada, pero de pronto el gigante Hymir sacó una gigantesca criatura, rica en carnes, y la depositó en cubierta.
-¡He pescado una ballena! -se jactó el gigante ante Thor, quien todavía no había sacado ninguna presa, y volvió a echar el sedal en las frías aguas, que se movían apacibles y con su ritmo natural.
El viento acariciaba los cabellos rubios del héroe, que permanecía, a su vez, a la espera ansiosa de la pesca.
De pronto, un nuevo tirón por parte del gigante Hymir sacudió el barco. Thor se dio vuelta y vio que su amigo depositaba otra ballena sobre la cubierta de la embarcación.
-¡Qué bien se pesca en este lugar! -exclamó el gigante burlándose del hijo de Odín.
El poderoso Thor, algo molesto, volvió a concentrar su mirada en las gélidas aguas del Mar del Norte, cuando, de pronto, algo mordió el anzuelo que sostenía y comenzó a tirar hacia abajo con una fuerza sorprendente. Sin perder ni un solo momento más, el dios se enrolló el sedal entre sus grandes y fuertes manos y tiró hacia arriba con todo su vigor. Por un instante pareció que la pesca iba a salir, pero el sedal volvió a hundirse y Thor, a pesar de todo su poder y su magnífica corpulencia, casi fue arrojado de la embarcación.
Hymir, ante tanto movimiento, sintió curiosidad, decidió abandonar su pesca y se acercó a ver lo que ocurría. Al aproximarse, vio que Thor colocaba los dos pies contra el borde de la embarcación de madera y comenzaba a tirar con todas sus fuerzas.
Poco a poco, el sedal fue emergiendo de la superficie de las aguas. Pero, repentinamente, volvió a hundirse con fuerza, y si no hubiera sido por el gigante Hymir, que sujetó a Thor entre sus enormes brazos, éste habría caído de cabeza en el mar.
Una vez repuestos los dos amigos y ya en equilibrio sus poderosos cuerpos, ambos comenzaron a trabajar para extraer a la superficie esa criatura que los había sorprendido por su tamaña fuerza y resistencia.
Mientras tensaba los duros músculos de sus piernas y brazos para pescar a la criatura -todavía invisible, Thor dijo:
-Cuando saque este pez del agua, cortaré su cabeza y me la llevaré a Thrúdvangar, mi reino, y elegiré alguno de mis quinientos cuarenta aposentos de Bilskirnir, mi palacio, para exhibirla en una de sus paredes, y así podré contemplarla cada vez que me plazca y recordar siempre este glorioso día.
No bien había terminado de decir esas palabras, empezó a emerger de las aguas un monstruo en forma de enorme serpiente: un dragón marino. De su gran boca poblada de colmillos como púas pendía el hilo de pesca.
Hymir no perdió tiempo y, empuñando una daga, cortó el sedal rápidamente; entonces, el gran Thor cayó al suelo de la embarcación.
Pero el dragón no volvió a hundirse (que era lo que el gigante Hymir esperaba); por el contrario, rebosante de ira le clavó a Thor su penetrante mirada, capaz de helar la sangre del cuerpo de cualquier mortal; pero el dios resistió y logró sostenérsela por unos momentos con sus ojos flamígeros. De inmediato el dragón le arrojó una nube de veneno. En cuanto el dios del rayo sintió la ponzoña en sus pulmones, aguantó la respiración y, con su mano cubierta por el mágico guante llamado larn Greiper, hizo uso de su poderoso martillo llamado Myolnir1 y lo descargó con furia sobre la inmunda cabeza de la criatura.
El gigante Hymir observó toda la pelea sujetando sus deseos de intervenir, pero no se atrevió a hacerlo pues el dios del rayo, del trueno y del relámpago se había transformado en un coloso de ira: el color rojo de su cabello estaba exacerbado como el cielo que anuncia la tormenta, de sus ojos se desprendían rayos fulminantes y de su barba brotaban chispas como las de piedras de pedernal.
El dragón, retorcido de dolor ante el golpe del martillo y con su gigantesco cuerpo estremeciéndose sin cesar, intentó envolver al héroe con sus anillos, pero los furiosos golpes del hijo de Odín se lo impidieron.
Thor redobló sus fuerzas activando su cinturón mágico llamado Megin Giórd, que también podía hacerlo invisible; sin embargo, no usó esta propiedad pues deseaba enfrentarse con la bestia cuerpo a cuerpo.
El gigante Hymir, quien ya había reconocido al dragón, le gritó:
-Amigo, ¡cuidado! ¡Te estás enfrentando con la terrible Midgard!2
En efecto, aquel monstruo también era llamado "La Serpiente del Mundo", que vivía en el fondo del mar y provocaba grandes catástrofes destruyendo diques y asolando los campos cultivados y haciendo temblar la tierra y agitando las aguas.
A lo que el hijo de Odín le respondió en un rugido:
-¡Nada ni nadie podrá detener la furia de Thor!
Y al terminar de decir estas palabras asestó sobre la inmunda cabeza del dragón un terrible golpe de martillo que lo derrotó por completo y lo hizo hundirse en las gélidas aguas del Mar del Norte.
Thor sonrió satisfecho y, junto con su amigo gigante, emprendieron el viaje de regreso.
Desde ese día, el dios del rayo, del trueno y del relámpago vivió muchas otras aventuras, pero en ninguna de ellas volvió a enfrentarse al maléfico dragón.
A su vez -y a pesar de los terribles golpes que había recibido, Midgard se había hundido en el mar pero no había muerto. El dragón sólo había sido derrotado y esperaba el momento de su venganza...
Y el momento llegó, ya que mucho tiempo después de ese primer encuentro entre Thor y el dragón, se desató una terrible y apocalíptica batalla que tuvo el nombre de Ragnarok, aunque también fue llamada "El Ocaso de los Dioses".
El malvado Loki -también hijo de Odín y hermano de Thor- reunió a los gigantes y monstruos del mundo. El gran lobo llamado Fenris3 logró romper la cadena que lo tenía sujeto y se unió al ejército.
Odín escuchó el llamado de la batalla y convocó a todos los otros dioses, y con ellos emprendió el camino a través del Arco Iris para enfrentarse a los espantosos enemigos.
Ya en plena lucha, Odín se enfrentó con el gran lobo Fenris. El siniestro Loki, con el gran Heimdal. El poderoso guerrero Tyr, con Garm, el perro de los infiernos.
Thor, por su parte, montó su carro de combate tirado por dos carneros barbudos, uno llamado Tanngnjóst y el otro Tanngrisnir, y se lanzó a la batalla. (El ruido que hacían sus ruedas al avanzar era como el del trueno.) Armado con su poderoso cinturón mágico, su guante y su martillo, enfrentó a gigante tras gigante y monstruo tras monstruo. Luego abandonó su carro, pues le impedía acercarse a sus enemigos cuerpo a cuerpo, avanzó a pie y continuó peleando, hundiendo cráneos y destrozando los cuerpos de aquellos que habían decidido enfrentarlo. Era terrible ver la furia de sus ojos, que despedían rayos y relámpagos, con los que también mataba a sus contrincantes.
Por su parte, el terrible dragón Midgard no había olvidado su enfrentamiento anterior ante el poderoso hijo de Odín y no dejó pasar la oportunidad de cobrarse su venganza. Entonces, emergió de pronto de las entrañas del mar y envolvió con su cuerpo a Thor, apretándolo con sus anillos, estrangulándolo cada vez más y contrayendo todo su cuerpo con tal fuerza que hizo temblar la tierra.
El héroe activó su cinturón mágico, que le redoblaba las fuerzas, y con su mano enguantada tomó su invencible martillo. Midgard lo apretó con más fuerza aún pues sabia que, si Thor lograba blandir su arma mágica, estaría perdido.
Pero el dios del trueno apretó los dientes, y de sus ojos y de su barba empezaron a brotar chispas y relámpagos que caían sobre los anillos del dragón, que aún lo mantenía sujeto. Pero el monstruo no tenía intenciones de aflojar la presión.
Poco a poco el poderoso Thor comenzó a sacar su martillo de entre los anillos de la bestia que lo mantenían sujeto, y ésta, al ver que su fin estaba próximo, abrió sus gigantescas fauces y le escupió en la cara todo el veneno que tenía en su cuerpo hasta agotarse.
Pero el héroe resistió y, haciendo un último esfuerzo, por fin pudo liberar la mano que tenía el arma divina y le asestó con ella un golpe mortal a la cabeza de la serpiente, que no pudo más que aflojar la presión que ejercía sobre Thor. El hijo de Odín avanzó sobre el dragón y volvió a enarbolar su martillo, pero el maléfico ser fue más rápido y hundió sus aguzados colmillos rebosantes de veneno en el hombro del bravo contrincante.
Thor, soportando un inmenso dolor, volvió a descargar su martillo con furia y con tan terrible golpe que hizo estremecer toda la tierra y a su vez, hundió la cabeza del dragón dentro del propio cuerpo de éste, que terminó cayendo fláccido cuan largo era.
Sin embargo, habiendo acabado de matar al feroz enemigo en bravo combate, Thor, el más fuerte, valiente y ágil de los dioses escandinavos, mortalmente herido, caminó nueve pasos y cayó muerto.

0.122.4 anonimo (noruega) - 016

1 El martillo, que a veces toma la forma de hacha o de una maza, también recibe los nombres, entre otros, de Miölnir, Thrudhamar y El Triturador.
2 El dragón también recibe los nombres, entre otros, de Midgards-chlange, Weltschlange, Midgardsorm, Midgardsworm y Jormungandr.
3 También recibe el nombre de Fenrir.